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La Rebelión Auriverde Norte deja la voz en la tribuna

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El 28 de noviembre de 2008 el silencio se apoderó de las gargantas de los integrantes de la Rebelión Auriverde Norte (RAVN). Ellos, acostumbrados a cantar en coro por el cuadro Real Cartagena, se enteraron que Fabián Rodríguez, uno de los más fieles barristas del conjunto heroico, murió siguiendo al equipo.

Fabián era un barrista neto, aferrado a la pasión por el equipo de la casa. No se perdía ni un partido del Real. Ni uno. Nunca importó el lugar, hora o momento de la vida en que se encontrara. Y menos esta vez, que era la final de ascenso del fútbol colombiano y Real se enfrentaba a Rionegro. Siempre conseguía que las tractomulas lo acercaran a su destino con éxito. Pero ese viernes de hace 8 años, en la Troncal del Caribe, se le acabó el partido. El conductor de la “mula” perdió el control del vehículo cuando iba por Marialabaja, en el Norte de Bolívar, y al volcarse, cayó encima de Fabián. El equipo ganó, pero los barristas despidieron para siempre a uno de los suyos.

Esta trágica muerte, según Johnatan Mutis, líder de RAVN, unió más al grupo, a la barra. Fortalecieron las relaciones y se enamoraron más del escudo, de la bandera, de la institución. El suceso fue una razón más, para alentar con el alma.

¡Con la barra!
Cuando llegué para encontrarme con ellos en la Biblioteca Jorge Artel, estaba prevenida. Imaginé que serían mal hablados, pero no, se expresan bien y son organizados. Tan organizados que conformaron la Asociación de Hinchas del Real Cartagena (ASRC) y el Club Deportivo Hacer por Cartagena.

Ese grupo de 700 muchachos y muchachas de la ciudad y de algunas poblaciones cercanas que se reúnen martes y jueves, que dejan su aliento en el estadio cada vez que juega el Real, tiene su historia. Ellos son más que cantos o grafitis; más que aguante, banderas y trapos.

El líder Mutis es uno de esos que canta 105 minutos sin parar, desde antes de la salida de los jugadores al terreno de juego, hasta poco después que el árbitro decreta el final del partido. Se detiene a tomar agua y sigue. A esa capacidad, ellos le llaman aguante. “Esa es la característica principal de un barrista, manifestamos el amor a lo nuestro, a lo que nos identifica. No se puede ser cartagenero y olvidar al equipo”, afirma.

A ellos los une el compromiso por los colores de la bandera amarilla y verde, la heroica: por encima de todo está el equipo.

Esa es la filosofía de un barrista. No les interesan las cifras, ni los resultados del partido. Que si el Real Cartagena tiene el récord de ganar en tres ocasiones el ascenso a la máxima división del fútbol profesional colombiano desde la Primera B, o que si tiene el récord de más descensos (1992, 2002, 2007 y 2012), ¡nada! Eso es lo de menos para el hincha. Lo del barrista es alentar y punto.

La Rebelión no es la barra más antigua, pero sí la más entusiasta y la que alienta de principio a fin. Estos “pelaos” llevan al equipo en el corazón y en la piel. Entre las manifestaciones más fuertes de amor, según Mutis, está tatuarse el primer escudo original, el que el equipo tuvo hasta hace dos años. Mutis, por ejemplo, lo lleva en su espalda. Sus compañeros se han tatuado los nombres de los amigos de la barra que han fallecido, la bandera... en fin, todo lo que tenga que ver con el Real Cartagena.

Y el imaginario
colectivo, ¿qué?
“Nosotros no podemos tapar el sol con un dedo y decir que somos unos ángeles. Ninguna barra puede decir eso. Lo que está claro es que nosotros no buscamos peleas, ni incentivamos violencia. Lastimosamente, la violencia aquí llega sola porque no hay tolerancia. El respeto mutuo a veces se pierde y se olvida el derecho a la vida”, agrega  Mutis, recordando, entre otros hechos, la monumental riña que dejó destrozos en buena parte del estadio de fútbol Jaime Morón León, en septiembre de 2012, cuando se perdió una esperanza más de ver al Real en la A.

Y es que a la barra también llegan jóvenes excluidos por la sociedad, drogadictos, con problemas familiares, a quienes algunos llaman desadaptados. “Nosotros recibimos a todo el mundo. Aquí no hay distinción de credos, ni razas, todos somos uno. Buscamos dentro de los y las jóvenes de la barra y miramos qué los lleva a ser violentos y les ayudamos”, comenta.

Mutis es un ejemplo claro. Me dice que por el cariño con el que lo recibieron, se quedó en la barra un año después de que la fundaran. No lo señalaron. Se sintió aceptado.

¿Hace cuánto usted y yo dejamos de escuchar quejas de la barra del Real? Hace mucho, porque se han preocupado más por ganar espacios de participación en la ciudad y en el país.

Andrés Pianetta, otro juicioso líder de la barra, me dice que en lo local participan con voz pero sin voto en la Comisión Nacional de Fútbol, el espacio donde se toman las decisiones previas a los partidos. Participaron en la construcción del plan decenal de fútbol, en el Colectivo Barrista Nacional, en el Colectivo Barrista Futbolero, y otros.

“Esto es el reflejo de espacios grandes que se están abriendo. Cualquier persona puede ser barrista, pero no cualquiera está para hacer de este un estilo de vida”, precisa Pianetta.

La Rebelión Auriverde Norte conoce las necesidades de la ciudad y trata desde su núcleo formar parte de la solución. En diciembre dan regalos a los niños de escasos recursos. Han llevado alimentos no perecederos a la Cruz Roja Colombiana para los niños desnutridos de La Guajira.

El pasado viernes cumplieron quince años de fundación, en los que admiten que han crecido en número y también en el arraigo de la ideología realera.

Sin duda, al escuchar hablar a los chicos de La Rebelión, uno se siente más cartagenero, más heroico, y sin duda, Fabián está alentando desde el cielo al equipo de fútbol y al de amigos que tienen los mismos colores en el corazón.

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