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La última familia de la Media Luna

Rosario Román Pájaro me enseña un pequeño dibujo estilo rupestre de un galeón en la pared de su casa. La imagen es un tesoro que puede tener más de 200 años, más o menos el tiempo que su familia tiene en esa gigantesca casona. Son cinco generaciones entre estos muros y esta es la última estirpe que se resiste a salir de la calle de la Media Luna, en Getsemaní, Centro Histórico de Cartagena.

Hijo de una pareja de españoles, el abuelo de Rosario nació en uno de los cuartos de esa casa. Ahí, jugó y creció hasta mudarse a la calle del Cuartel, para vivir en sus tiempos de estudiante universitario y luego se convirtió en el reconocido médico Manuel Pájaro Herrera. Entre otras cosas, se le recuerda por ser profesor y rector de la Universidad de Cartagena, en tiempos en que las promociones de medicina no superaban los diez graduados. Por ayudar a construir el anfiteatro del Hospital Santa Clara, para que sus estudiantes practicaran. Y por enseñarle a sus alumnos que cada muerto por alguna enfermedad endémica en Cartagena, como la tos ferina, la viruela o la varicela, tenía un olor particular. Él terminó por heredar una parte de la vivienda y comprar la otra. Se casó tres veces y tuvo cinco hijas. De su último matrimonio, con Leonor Virginia Falcón, nació Concepción, la madre de doña Rosario.

Rosario hoy tiene 80 años y es la memoria viva de la Media Luna. De ojos vivaces y prodigiosos recuerdos, como ella misma lo dice, es la ‘última sobreviviente’ de una calle cuya esencia se ha transformado. Antes de las discotecas, hoteles, hostales y de su agitada vida nocturna, incluso antes que se llenara de prostitución, la calle de la Media Luna era como cualquier otra, de numerosas familias y de cálido movimiento barrial. Rosario recorre cada cuadra, cada casa, en sus recuerdos.

“Mi familia era numerosa. Vivíamos aquí con mis abuelos. Cuando mi abuelo se fue a estudiar medicina quisieron vender la casa pero él no lo permitió. Al tiempo regresaron acá, a la Media Luna. Mi abuelo tenía aquí una de las bibliotecas más grandes de Cartagena. Esta casa se comunicaba con una vivienda vecina por una puerta en el patio. Todo el mundo se conocía con todo el mundo, desde esta esquina hasta el Club Cartagena. Unos ayudaban a otros, eran muy bonitos aquellos tiempos”, explica.

Las casas ocupadas por comercios eran antes el hogar de familias de las que hoy solo la de Rosario permanece en la Media Luna. “Los Puello y los Correa vivían aquí cerca, donde ahora hay unas bodegas desocupadas, también una señora que era modista y se metió a monja en el Eucarístico, cosía muy bonito, se llamaba Petronita Camacho. Donde está la discoteca Bembé vivían los Marrugo. El edificio Murra era hogar de muchas familias. Donde está La Habana, vivían las Raad, tenían un negocio de vestidos bonitos. En esta misma acera existía un pasaje donde residía gente pobre, no recuerdo cómo se llamaba, también estaban las familias Carrasquilla y Rodelo. La Más Barata era un almacén de cosas a buen precio. La esquina que ahora está desocupada era de las Valiente, después seguía la tienda El Escándalo y, donde ahora están haciendo un hotel, era el Colegio Biffi. Las Tres Estrellas era otro almacén. Había las farmacias Noel, Haydar, La Blanca y La Economía, en la misma acera, todas seguidas. Todo eso fue desapareciendo con el tiempo, creo que la familia Mondol fue de los últimas en irse”, se lamenta.

Rosario recuerda que la calle de la Media Luna fue por muchos años escenario festivo y de juegos infantiles. “La infancia de nosotros fue espectacular, porque era de puertas abiertas de par en par. Aquí jugábamos al velillo, a la cuerda floja, a las cuatro esquinas, todos esos juegos que ya no se ven. Por aquí pasaba el bando cuando las fiestas del 11 de Noviembre, lo veíamos paradas en la puerta. En ese tiempo venían orquestas famosas, el gobernador obligaba a que le tocaran una hora al pueblo, entonces se usaba el capuchón y ahí bailábamos con todos los artistas que llegaban. Eran otros tiempos, no había la maldad que hay ahora”, recuerda.

Sin embargo, la vida barrial se fue apagando. Se dice que, después del traslado del mercado público de Getsemaní y con la extinción de una zona de tolerancia conocida como Tesca, en la Media Luna comenzaron a aparecer hace más de 30 años bares de mala muerte, comenzó a ser frecuentada por trabajadoras sexuales y por sus clientes, tornándose sombría y peligrosa.

Esto habría incidido en que las familias comenzaran a salir hacia otras zonas. A lo mejor, huyendo de hombres maliciosos que tendían a intentar propasarse o seducir a jovencitas de las familias al confundirlas con prostitutas. “En ese tiempo las casas no valían nada, las compraban por nada. Nosotros no hemos vendido y no hemos querido vender nuestra casa.Yo no voy a vender esta casa”, anota Rosario, sobre su herencia.

Ella me explica que parte del dibujo del galeón en la pared, puede estar en la casa desde que fue construida y que es una reliquia histórica, que el experto restaurador Salim Osta les recomendó preservar. Luego de mostrarme las fotos de su abuelo, de su boda, hace 57 años con Jaime Gómez Polo, unión de la que nacieron sus hijos, y de otros familiares en otra de las paredes, Rosario se despide, no sin antes contarme que en esa misma casona familiar ella preparaba las mejores tortas y pasteles de Cartagena y que su empleada doméstica, de más de 20 años, ya casi le coge la sazón.

Epílogo

Aunque todavía se observa algo de la prostitución que alguna vez imperó en ella, hoy la Media Luna es distinta, está inmersa en una agitada movida nocturna, hoteles y restaurantes han abierto sus puertas y es una calle atractiva para el turismo. Por su parte, Rosario dice que nunca se irá de su casa y en su familia, los Gómez Román, vivirá siempre el recuerdo de lo que alguna vez fue aquella callecita de Cartagena.



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Orgullo de nuestra Cartagena de Indias.

Doña Rosario Román orgullo de nuestra ciudad Cartagena de Indias. Bastión inquebrantable de nuestras tradiciones Cartageneras. Larga vida para ella.