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La última partera de Arjona

Una vez me tocó atender a una muchacha que esperaba trillizos. ¡Vea!, eso parecía que una puerca estuviera pariendo y uno sacando a los “puerquecitos” -lo dice con cariño- y poniéndolos en un lado para sacar el otro enseguida. Todos tres están vivos... No me pagaron nada, me gané fue un golpe porque la cama se partió y me cayeron las tablas en el pie, pero yo no lo hacía por plata.

Con tocarle la barriga sabía si el ‘pelao’ estaba de cabeza, de nalga o de pie.

Yo examinaba a una embarazada y enseguida sabía si podía parir o si había que mandarla para el hospital para que le hicieran cesárea. Si ya la muchacha había parido antes me arriesgaba a atenderle el parto, pero si era primeriza no, no me podía arriesgar a que pasara algo... Nunca, gracias a Dios, tuve ningún inconveniente.
No pisé ninguna universidad. Comencé a inyectar a los pollos y los perros. Vivía en Maríalabaja, donde una hermana, y había una “pollera” -muchos pollos- con moquillo... me busqué una jeringuilla y me puse a inyectar a los pollitos para salvarlos. Un día, un doctor de apellido Mendoza llegó al pueblo. Él tenía mucha clientela y no tenía enfermera, ya yo estaba casada, tenía como 16 años, y le dije que lo podía ayudar aunque no me pagara nada. Así empezó todo...

María del Pilar Herrera de la Cruz tiene 83 años. Es la última partera tradicional, reconocida, que queda en Arjona, aunque hace más de 20 años se alejó de esa labor que ha sido marginada y muchas veces subvalorada por este mundo ingrato, “iluminado por la academia y la ciencia”, que olvida que durante años estas matronas fueron la única opción en muchos rincones y todavía lo son en otros.

En el Pacífico, por ejemplo, más de 1.600 mujeres se dedican a este oficio que, en octubre de 2016, el Ministerio de Cultura incluyó en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial del Ámbito Nacional a los Saberes Asociados, a la Partería Afro de esa zona de país. Pero en muchos pueblos de Bolívar el panorama es otro, parece que este saber ancestral ha ido desapareciendo en nuestro departamento. “Ya eso se ha perdido”, es la respuesta que se obtiene cuando se pregunta por una comadrona en varios pueblos.

“En Arjona ya no hay parteras, eso se acabó. Aquí éramos cuatro parteras reconocidas: Ana América Díaz, Rosa Carmona, Ana Dolores Atencio y mi persona... ya ellas murieron”, cuenta María del Pilar, después de narrar la anécdota del día que fue atropellada por una moto en la puerta de su casa y el proceso que vivió en la clínica para recuperarse de una fractura en la pierna derecha. Es una mujer jocosa y muy conversadora. “A mi mamá hay que tocarle el dedo porque cuando empieza a hablar y a echar sus cuentos no termina”, expresa Nelson Rincón, uno de sus diez hijos.

Son tantas anécdotas que conserva María del Pilar en sus recuerdos, así como los centenares de criaturas que recibió con sus humildes y prodigiosas manos. “Ya yo perdí la cuenta de cuántos partos atendí”, dice. “Como tres mil”, anota su hijo entre risas y ella replica: “¡Uff! por ahí pasé, yo parteaba aquí, en otros pueblos... hasta en Barranquilla”.

“El primer muchacho que recibí fue en el monte, en una finca... eso fue en Turbaco, cerquita a Cañaveral. Yo me iba para esos lados a vender medicinas, y ese día me dijeron que una muchacha embarazada estaba con un dolor, cuando llegué la encontré en una troja, acurrucada. Me percaté de que estaba pariendo pero la partera de por ahí no estaba. La senté y noté que se le estaba saliendo como una bolsa, así como un globo, supuse que era la fuente y la rompí. Salió un chorro de agua que me cayó encima pero eso no me aguantó y lo único que le decía era ‘puja, puja’... y salió ese ‘pelao’. Ese fue el primer parto que atendí. No había tijera, ni nada. Lo único que había era una cuchilla usada que me tocó pasar por candela para desinfectarla”, cuenta mientras está sentada en una mecedora en la sala de su casa y con un viejo maletín de médico sobre sus piernas, que aún conserva con instrumentos quirúrgicos.

“No me va a creer algo. Gracias a estos espéculos no me atracaron a mí. Yo venía de partear del monte, por la carretera estaban unos tipos y le dije al muchacho que me traía que nos iban a atracar, pero se me ocurrió sacar un revolver del maletín. Abrí y saqué el espéculo y ellos apenas vieron el brillante salieron corriendo”, relata enérgica y entre carcajadas.

Y sigue con su historia. Está llena de esa gracia que capta la atención de cualquier persona durante horas, durante el tiempo que ella desee: “A mí siempre me llamó la atención la partería, tenía que aprender eso y lo aprendí, observando y trabajando con médicos... Imagínese que cuando iba a parir a mi tercer hijo, yo misma me hacía el tacto y cuando estuve lista entonces sí dije: búsquenme a la comadrona, que ahora sí voy a parir, y así fue... Algunas enfermeras de profesión se molestaban conmigo y se ponían celosas porque los médicos siempre me llamaban, pero lo único que yo hacía era un favor a la humanidad, porque no trabajé por dinero”.

María del Pilar, aunque ya no lo hace, asegura que todavía tiene fuerzas suficientes para ejercer ese oficio milenario y tan bonito con el que escuchó cientos de llantos inocentes y vio sonrisas llenas de felicidad y amor. “Ese fue el don que Dios me regaló y todo lo que hice... siempre lo puse en sus manos”.



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