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La vida al borde del abismo

Los residentes de la Loma del Sinaí ya no viven tranquilos. Los continuos deslizamientos de las tierras sobre las que están construidas sus casas los mantienen a la expectativa de un desastre en cualquier momento.

En este barrio levantado por invasión hace tres décadas, en las faldas del Cerro de la Popa todos tienen una historia tenebrosa que contar corroborada por las grietas que tienen las paredes de las casas y que las hacen lugares inseguros, con patios que son meros abismos, producto del desplome del terreno.
Aquí la mayoría de viviendas, de apenas una o dos alcobas, buena parte de ellas construidas de material y otras de tabla o zinc, albergan de a dos familias en adelante. En promedio, en un inmueble pueden vivir hasta diez personas, quienes en diversos casos tienen prohibida la movilidad en ciertos espacios de la misma casa. Por ejemplo, en el inmueble de Bercila Sáenz, madre de Rafael Pautt Sáenz, el adolescente fallecido el 22 de agosto a causa del desplome del plafón de la terraza, estaba prohibido terminantemente el paso a la cocina y al baño porque las grietas anunciaban a gritos que la desgracia estaba por venir.
“Nunca creímos que se caería el plafón de la terraza, el golpe lo esperábamos era en la parte trasera de la vivienda”, dice la mujer entristecida por la pérdida de su hijo y el desperdicio de 24 años de trabajo y sacrificio para construirle un techo a su familia.
Muchas son las experiencias para contar que tienen los residentes de aquí. Virgelina Sáenz, tía del fallecido, quien ya está reubicada en Flor del Campo, recuerda con angustia la noche del 27 de agosto de 2006 cuando el sueño de ella y de todos los que vivían en la casa fue interrumpido por el estropicio ocasionado al venirse abajo la cocina.
“Nos despertamos en medio del polvo y el agua. Las tuberías se partieron y todo nadó en la casa. Los niños lloraban y el desespero se apoderó de todos. Después de eso nadie más durmió tranquilo. Cuando llovía en la noche, desfilábamos hacia las casas vecinas a refugiarnos de lo que pudiera pasar. Fueron dos años viviendo en la incertidumbre hasta que nos reubicaron”, cuenta Virgelina, quien desde niña vivió en los alrededores de este sector.
En la Loma del Sinaí, las casas están construidas en escalinatas lo que agrava la situación de riesgo porque el derrumbe de una puede afectar a la otra. Hay poca arborización, el sol arrecia sin piedad y en época de lluvia las callejuelas se convierten en arroyos y barrizales que aumentan el peligro.
Vivir en este lugar exige buena condición física para subir y bajar las calles ya que resulta imposible el tránsito de motos, carros o cualquier otro vehículo. La entrada a la loma tiene un trayecto corto de escaleras en cemento y el resto del camino y calles adyacentes siguen según la topografía del terreno.

EL DÍA A DÍA
Pese a todo la vida continúa en este sector visiblemente marginado de la sociedad. Aquí desde chicos a adultos conocen o han escuchado a hablar de Yacamán (Juan Yacamán Torres), el director de la oficina distrital de Atención y Prevención de Desastres en quien tienen puestas sus esperanzas de una pronta solución aunque no todos le guardan confianza debido a los repetidos testimonios que hay en la comunidad de citas y promesas incumplidas por parte de diferentes administraciones.
Un arriendo en este lugar puede costar desde $15.000, una habitación, hasta $70.000 la casa completa, con todos sus achaques y un terreno se puede comprar desde $200.000 en adelante.
Aquí cada quien se gana la vida como puede porque la mayoría no cuenta con un trabajo estable lo que para algunos pesa a la hora de decidir irse para los barrios donde el Distrito ofrece reubicación (Flor del Campo y Colombiatón, en La Cordialidad, a la salida de la ciudad), sin que esto les merme el deseo de vivir en un sitio donde sus hijos puedan correr sin riego a caerse en un abismo.
“Sería ilógico decir que no quiero estar en un mejor sitio, pero la parte positiva de vivir aquí es que estamos cerca al Centro, podemos irnos caminando a Daniel Lemaitre o a Crespo, donde vive gente más acomodada que uno, donde uno puede ganarse un día de trabajo y resolver así la comida de sus hijos. Pero si nos vamos para un barrio en el que todos tenemos la misma situación económica y alejado de otros sectores mejores que uno, ya no tendríamos esa gabela”, comenta Mayuris Polo Pérez, madre de dos niñas.
La misma opinión la tiene Albeiro Beltrán Rosario, oriundo de San Andrés de Sotavento (Córdoba), quien vive alquilado en el sector hace once años. Su oficio y el de otros dos paisanos que viven con él en la misma casa es vender tintos en Crespo. “De aquí salimos a las 6 de la mañana y regresamos a las 10; reposamos hasta las 2 de la tarde y salimos nuevamente para regresar a las 8, 9 ó 10 de la noche, dependiendo como estén las ventas o si uno decide quedarse abajo tomándose unos tragos”.
Otros, como Jeyson “el Mudo” han encontrado la forma de ganarse unos pesos en la propia limitación que tiene el sector para movilizarse. A sus 16 años lleva ya cinco años de ser el “proveedor” de las tiendas que quedan en la parte más alta de la loma.
A pie descalzo y a pleno sol, se echa al hombre un saco de 45 kilos de arroz y lo sube en menos de nada para bajar en busca de otro, pero trayendo de vuelta una o varias canastas de gaseosa o cerveza vacías.
Empezó haciéndole mandados sencillos a los vecinos que viven en la parte más alta, pero a medida que fue creciendo y la fuerza de su cuerpo le fue permitiendo cargar más peso fue haciéndose cargo de subir y bajar cosas más pesadas. Por cada bulto de arroz le pagan $1500 y por cada canasta de cerveza, $1.000.
“Él es el encargado de subir hasta cuarenta o más canastas de cerveza cuando hacen fiesta arriba (en la parte más alta de la loma)”, cuenta Ronald Amador, quien afirma en medio de la risa que emborracharse en la Loma del Sinaí es una cuestión de aventura. “Sea arriba o abajo que uno se tome los tragos apenas empieza el camino para subir o descender la loma, la pea se pasma o de no es una matada (caída) segura”.
En medio de todo, la mirada fresca de los niños, que también a diario suben y bajan para ir de sus casas al colegio, haciéndole el quite al cansancio, al calor o a la lluvia, son luces que mantienen viva la esperanza de que la situación cambie pronto. Muchos, de ellos, como Naidu Flórez, de 13 años, dice que lo que más extrañará al irse de este lugar será el horizonte que pueden apreciar desde lo alto, la vista panorámica que tienen del mar, la Ciénaga de la Virgen y las pistas del aeropuerto, además de la brisa fría que corre por las noches y lo bonito que se aprecia desde lo alto los amaneceres y atardeceres que los hacen olvidar por momentos el presente que están viviendo.

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