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La vida de ‘El Gato’ es una canción

No hace falta una gran producción, luces y maquilladores, para que se sienta como un artista en medio de la fama.

Lejos de tantas cámaras y micrófonos, y de fanáticos detrás de su ídolo, sus vecinos son los que miran con insistencia, como si trataran de curiosear lo que pasa en aquella casa pequeña y humilde, hecha de madera y pintada de azul aguamarina, en la Calle 12 del barrio Fredonia.

Orlando González Torreglosa está sentado frente a su casa contando su historia, una historia que ha transcurrido entre calles y la pobreza, pero a la que no le faltan los sueños. ‘El Gato’, como también lo conocen, es un joven de 22 años que, como muchos, tiene todas las ganas de salir adelante y cambiar la situación de su familia, de su madre y de su abuela, de 101 años.

‘El Gato’ es muy conocido en el sector de La Castellana, en la avenida Pedro de Heredia. Su popularidad ha crecido por su particular manera de vender chicles, y más desde que grabó la canción ‘El spray’ con el cantante de champeta Mr. Black.

Se ríe poco. Nada parece emocionarlo o sorprenderlo. Su semblante refleja seriedad, aparenta ser poco jocoso, aunque, tal vez, se muestra de esa manera porque cree que así debe comportarse para la entrevista. Lo que sí deja claro es que no le gusta sonreír mucho, al menos para las fotos. Finalmente, lo hace ante la insistencia de su madre y de su abuela, y mientras imita poses de los artistas que admira, afirma: “No me río para ninguna foto. No me gusta. Si me río pierdo puntos”. No sé a qué se refiere exactamente, infiero que es su estilo.

Orlando argumenta que el apodo ‘El Gato’ obedece a su habilidad para maullar como los felinos. “Ahora me llamo ‘The Boy Love’. Me di cuenta de que muchas personas querían que hiciera así y me sentí mal porque me tenían de burla, por eso decidí cambiarme el nombre artístico y ahora veo más respeto hacia mí”.

Su infancia en las calles
Desde los ocho años, Orlando empezó a escaparse de su casa. Cuenta su madre, Yurai Torreglosa Figueroa, que sufría cada vez que esto sucedía. “Nos tocaba salir a buscarlo porque se nos perdía. Se iba para Bocagrande y allá se ponía a vender collares y artesanías. Le cantaba a los turistas. También se ponía a pedir en las calles. Después desaparecía por dos o tres días y lo encontrábamos en hogares de paso. Él mismo se internaba. Lo que más agradezco a Dios es que cuando se perdía no hacía cosas malas... se le ocurría era a trabajar o pedir, no meter vicio, ni nada”.

Dice que la angustia más grande la vivió una vez que su hijo completó ocho días de desaparecido y le avisaron sobre el cadáver de un niño que encontraron por el sector de ‘La Cuchilla’, debajo de un puente. “Todavía me acuerdo y me asusta. Yo rogaba que no fuera él. Hasta que no vi ese cuerpo no se me quitó el desespero. En esa ocasión, estaba internado por Daniel Lemaitre, en una fundación. Los psicólogos me dijeron que todos los ocho días los pasó allí. Hicimos todo el papeleo hasta que me lo entregaron y desde entonces empezó a vender chicles. Ya no se pierde y cuando va para alguna parte siempre nos dice, ya cuenta con la opinión de nosotros.

Yurai tuvo siete hijos, fallecieron dos: una niña de dos años y una melliza, compañera de Orlando, que murió al nacer. A los cinco que le quedaron los levantó con la ayuda de su hermano y su abuela, en medio de carencias y pocas oportunidades. “Así los crié a todos. Tengo buenos y tengo malos. Unos han buscado para lo bueno y otros para lo malo... Tengo fe en Dios que las cosas van a mejorar”.

“Cuando me iba para la calle no pensaba en la preocupación de mi mamá porque eran vainas de ‘pelao’”, justifica Orlando. Y continúa: “Ahora grande fue que me di cuenta de eso y que me estaba portando muy mal con la vida... Antes de vender chicles limpiaba vidrios, terrazas, a veces pedía a la gente en las calles, y también dormía en las calles porque no quería hacerle caso a mi mamá... No me daba pena pedir. Para mi concepto, es mejor pedir que robar, porque si uno roba no le va bien. Yo prefiero pedir que robar, porque he visto que muchos amigos han muerto por eso. Me internaba porque veía que ahí (en los hogares de paso) apoyaban a los niños y quería componerme, no porque andaba en las drogas o haciendo cosas malas, sino porque andaba en la calle”.

El día que conoció a Mr. Black
Aunque ‘rapea’ para convencer a sus clientes potenciales de que le compren los chicles, Orlando asegura que le gusta cantar champeta y que admira a Mr. Black. Por eso, el día que lo vio por primera vez no dudó en acercarse.

“Ese día, yo estaba trabajando cuando el Míster llegó a un puesto de comidas rápidas en la Avenida,  varios vendedores se acercaron donde él y no lo convencieron y llegué yo y le vendí 10 cajas de chicles. Me acerqué con seguridad y confianza, porque cuando voy a venderle a alguien lo miro, voy con la seguridad de que voy a vender y trato de ganarme su amistad. Él estaba con su esposa, sus hijos y yo le vendí los chicles mientras le rapeaba y le bailaba”, narra.

Al recordar la retahíla que emplea para dar a conocer los sabores de sus gomas de mascar, desvía por un momento la conversación y trata de convencerme de que es un poeta: “Quiero que me diga un color/para decirle algo bonito/no ha nacido el hombre en su vida/que se lo haya dicho”.

Y luego de decirle el nombre de cualquier color y escucharlo por unos minutos, su madre lo interrumpe y le pide que hable sobre una canción. Él obedece: “Yo tenía la canción, que se llama ‘El spray’ -admite que Mr. Black también compuso unas partes y le hizo los arreglos-, le dije que quería ser cantante. Me preguntó dónde vivía y un día llegó aquí -a su casa- y me dijo que me alistara para ir a grabar”.

Y así fue, grabaron juntos. Su anhelo de estar en un estudio de grabación se cumplió, aunque todavía le faltan otras metas por cumplir. Terminar el colegio, pues llegó hasta cuarto de primaria; construir una mejor vivienda a su mamá y convertirse en cantante.

“Mi sueño es ser el mejor cantante y ser la persona más querida del mundo. Voy a demostrar a la gente que no cree en mí que sí puedo, porque muchas personas aquí en mi barrio no creyeron en mí. Ahora me tratan mejor, antes no querían estar al lado mío”, sostiene. Y presume: “Muchas pela’s no me prestaban atención y ahora me escriben”.

Orlando reconoce que fue un niño “travieso”. Por fortuna, su vida no tomó un mal rumbo y, por el contrario, se convirtió en un joven soñador, optimista, que a pesar de vivir en medio de la escasez agradece a su madre por su vida. “Si robara o estuviera metido en el vicio, seguro no se me hubiesen presentado estas oportunidades... La meta mía siempre es dar lo mejor de mí, demostrar que no me rindo, que puedo tener lo que quiero. Demora’o, pero seguro y vamos pa’ lante”.



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Comentarios

Que siga pa lante porque tiene talento.

A veces lo que se necesita es un empujoncito, el talento y la perseverancia son los otros ingredientes para el exito, siga pa lante y lograras tus metas. El requetonero Don Omar no era nadie, tuvo el apoyo de Tito "el Bambino" y Hector "The Father" y mira ahora donde esta, ha tenido mas exito que sus padrinos. A Mr. Black mi reconocimiento, su labor es bastante loable.

Felicitaciones al Universal

Felicitaciones al Universal por este tipo de notas. Ojalá lo hicieran más a menudo con historias de nuestra gente en todos los ámbitos, dando a conocer sus historias de vida y de superación que además sirven de buen ejemplo para aquellos que todo lo quieren fácil y por los caminos de la delincuencia; y para otros que lo tienen todo y aún se quejan.