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La vida después de aquel incendio en Tiquisio

El fuego, aquella tarde de enero, destruyó la casa de la familia Guarín y, de alguna forma, mucho tiempo después aquel incendio sigue consumiendo sus vidas.

De cualquier lugar de Tiquisio, Bolívar, podía verse el humo negro en el cielo. Incluso, hasta el vecino municipio de Guaranda (Sucre), a unos 32 kilómetros, y en algunas veredas cercanas, se alcanzaba a observar aquella humareda, que ennegreció el panorama y trastocó la vida de 40 personas.

En la calle primera del barrio 11 de Noviembre, el 13 de enero de 2018, se libraba una batalla. Desde pozos, tanques y albercas salían baldes de agua, también los vecinos removían con palas la tierra de la vía destapada, para extinguir las llamas. 

En el pueblo no hay un Cuerpo de Bomberos y vencer a ese monstruo que era el incendio no sería fácil.

En la casa de Enor
De por sí, las cosas no eran sencillas para Enor Guarín y su familia. Su vida se ha dividido en dos, desde ese 13 de enero. Pasó de tener un rancho de madera y zinc en ese humilde barrio del lejano Tiquisio, a no tener nada.

Mientras él va al campo, su esposa Rosiris Salas lo espera, cuida de sus siete hijos. El mayor tiene 14 años y el menor 3. “Sí, es verdad, nuestra casa se quemó”, me cuenta la esposa de Enor, al otro lado del teléfono. 

Se dice que esa tarde Tiquisio se paralizó y que cerca de 400 personas llegaron hasta el lugar de la emergencia, de donde salía aquella columna de humo.
El centro, la génesis de todo, fue ese pequeño rancho. Dicen que un cortocircuito desató la llamarada incontenible. “Porque por acá la luz es muy mala, los postes son de palo y al parecer hubo una subida altísima del voltaje, una chispa saltó del poste a la casa”, recuerda Enor.

Quienes llegaban a ver prestaban sus manos para ayudar y sus hombros para consolar a los damnificados. El fuego se extinguió, unos 20 minutos después de haberse iniciado. Para entonces, la casa pequeña de los Guarín ya no existía, tampoco las guadañas con las que Enor trabajaba, ni la nevera que tanto ahorró para comprar, ni las camas, ni las sillas, ni la ropa. Por fortuna no hubo heridos, porque esa tarde Enor estaba en una finca con sus siete hijos y su esposa.

El fuego se apagó pero Rosiris me cuenta que, casi siete meses más tarde, las nefastas consecuencias del incendio continúan. Eso de sentirse sin nada y desprotegidos, les duele en el alma. “Dijeron que nos iban a ayudar con eso pero no hemos podido reconstruir nuestra casa, ha sido muy difícil volver a conseguir nuestras cositas. Nos pagaron un subsidio de arriendo, pero no tenemos nada, solo una estufa con cilindro que nos regaló la comunidad. Tenemos dos cuarticos, con las colchonetas en el suelo”, narra.

Y su esposo complementa: “Al comienzo, nos iban a ayudar con todos los útiles escolares y los uniformes de los niños que estudian, pero nada de eso llegó, van al colegio con uniformes viejos que la gente les regaló y los pocos útiles que hemos podido comprar. Me siento con las manos atadas, porque se perdieron todos mis implementos de trabajo. Ni un lápiz nos han dado”, se reprocha. 

-¿Cómo les ha cambiado la vida desde entonces?
- Pues, ya usted se imaginará. No sé, estamos a la expectativa siempre. La vida ha sido mucho más difícil desde ese día, ¿cómo hace uno para construir su casa de nuevo, si no tiene de dónde, dígame usted?

Sin calma
Después del incendio, la calma no regresa. No para Enor y su familia. Ni para la familia de Calixto Urzola, ellos tampoco tienen casa por culpa del incendio. “Esa se quemó de segunda. De ahí el fuego pasó a la mía, que fue la tercera en quemarse. Yo no estaba, cuando llegué del trabajo alcancé a ver el fuego e intenté apagarlo. Las llamas era muy grandes”. El recuerdo es de Luis Enrique Díaz Palencia. Él, su esposa y ocho hijos ahora viven arrendados en otra calle del barrio 11 de Noviembre.

“Terrible”, responde, así fue su primera noche sin casa. “Dormimos tirados en el piso, como animales, en unas colchonetas que nos dieron. Hubo compromisos de las autoridades, que en el plazo de un mes empezarían a construirnos nuestras casas nuevas, pero ahorita mismo estamos sufriendo porque estamos sin nada. Esto está muy duro por acá, no hay mucho trabajo”, se explica. Y otra preocupación les atormenta: “La Alcaldía está pagando un subsidio de arriendo a los afectados, vivimos en una casa bastante deteriorada, pero no han pagado los últimos meses, y ya nos están atacando los dueños de las casas, para sacarnos de ahí, por el arriendo”. 

Para que aquella multitud de curiosos, que había llegado al barrio 11 de Noviembre, evitara una tragedia mayor, debieron derribar una cuarta casa. Así lo recuerda su dueña, Maribelci Díaz: “A mi casa la desbarataron para que la candela no siguiera, quedó toda flojita, la mitad se había quemado, la otra la tumbaron y lo que no se quemó se dañó. Teníamos muchos proyectos, íbamos a construir un local para levantar un negocio. Ahora no hay nada, hay es un solar vacío”.

Son cuatro familias, unas 40 personas, a las que les cambió la vida después de ese 13 de enero. Todavía no logran reponerse, por ese accidente del destino, que los dejó en la calle y por el que siguen sufriendo, cada día, todos los días.



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