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Lamentos vivos al pie de los muertos

Dicen que en los cementerios suceden cosas extrañas. Dicen. Para quienes batallan contra la superstición, las historias de terror no son más que inventos, casualidades explicables por la ciencia, banalidades.

Pero si se le pregunta al cuidador del cementerio de Manga, dirá que en las tardes, justo antes que anochezca, le lanzan una almendra magullada, en una banca, al frente a la tumba de John Jairo Díaz Sayas, ‘el Sayayín’. Se ha cansado de buscar quién le juega la broma, pero no hay más nadie que él. Él y los muertos. Y el único árbol de almendras del camposanto no está cerca del sepulcro del cantante de champeta.

Podemos preguntarle a María Mercedes, narrará con detalles la fisonomía de aquella joven exageradamente bella, de cabellos negros, tez blanca, fileña, esbelta y de pies descalzos, que un día se le apareció para advertirle que sus compañeras rezanderas le robaban los clientes para los rezos.

Aquella joven se esfumó de las manos de María Mercedes, cuando la abrazó fuertemente para agradecerle por la advertencia. “Salí gritando de ahí y no volví al cementerio en muchos días. Esa era una muerta. Pero tenía razón en lo que me dijo. Me estaban robando los clientes”, recuerda la señora de 87 años.

También, podríamos indagar con Enrique, el sepulturero delcementerio de Albornoz. Responderá que lo más ‘caliente’ en siete años en el camposanto han sido los sepelios de pandilleros, cuyos acompañantes siembran físico horror. Del resto, sus manos, repletas de anillos plateados, nunca han temblado a causa de algún fantasma. Puede haber personas sensibles para percibir entes del más allá, pero él no es una de ellas, dice.

Sin dolientes
Quizá, hoy, 2 de noviembre, el día del año en que parte de los cementerios del mundo están repletos de visitantes, el de Albornoz sea uno de los menos visitados de Cartagena, por lo pequeño y porque  parte de los muertos allí sepultados no tienen dolientes, absolutamente nadie que les llore, los visite, o les lleve una flor. No tienen nombres.

En esas lápidas, en un costado desmontado e inclinado, no hay nombres escritos. Es el cementerio de los Nomen Nescio, expresión latina que significa nombre desconocido: N. N. Del otro lado, a la izquierda del camino principal, están otras tumbas de personas sí identificadas, pero la mayoría de ellas sin lápidas, a cuyos familiares seguramente el dinero no les alcanzó más que para dibujar en el cemento fresco, el nombre de su difunto, número del sepulcro, algún epitafio y la fecha. Sin más ni menos.

En aquel silencio sepulcral, acaba de sonar ‘La Cama Floja’, una champeta de Jeyvi Dance. Una mujer de cabellos despeinados sacó una ‘tablet’ y puso la canción favorita de su hijo. “Porque a él le encantaba la música”, dice ella, Juana. Intenta mantener viva la llama de un par de velas que el viento amaga con extinguir. Ruega fortaleza y espera que su hijo se la envíe desde donde quiera que esté.

“Era un joven enfermo, estaba en una silla de ruedas que le regalaron por medio de Q’hubo. Se llamaba Juan Carlos. Estaba así desde pequeño, una atrofia muscular, murió a los 22 años. Yo le digo que lo extrañamos mucho, que nos cuide y cosas así”, nos explica y arregla un poco las flores artificiales amarillas antes de marcharse.

Una explicación
Las tumbas en Albornoz están muy lejos de ser ostentosas, igual que en el cementerio de Olaya Herrera, donde hoy, en el Día de los Muertos, decenas de vivos llegan para visitar los despojos mortales de algún ser cuya alma trascendió. Familias, como la de un joven que murió a los 24 años, por tomar un ejemplo, llevan horas ahí.

“Va a cumplir un año de muerto el 5 de noviembre. Cuando vinieron a avisarnos que lo habían matado, ya estaba en la clínica, una bala perdida, no sabemos bien qué fue lo pasó. Yo, como la esposa, fortaleza es lo que le pido todos los días, fortaleza donde él esté. La única pregunta es que nos aclare qué fue lo que le pasó ese día. Dejó tres niños, estos gemelos que ves aquí conmigo, son dos, no los alcanzó a conocer, estaban en la barriga cuando él murió”, explica.

En la lápida, hay una foto del finado, mensajes y el nombre del joven, cuya muerte, en su momento, las autoridades relacionaron con un atraco en el que supuestamente participaba. El lamento atragantado de su compañera, se suma al de una tía y otras parientas que hoy se reúnen para recordarlo.

-Nosotros vivimos en la otra calle, venimos aquí cada vez que queremos. Ven, tómale una foto a la tumba, para que salga en el periódico-, comenta entre dientes, una de ellas.

Muy cerca, en otra hilera de tumbas, Dormelina llora y también se hace preguntas, mientras un rezandero lanza un responso. “Me vine de Venezuela porque mi mamá me lo pidió. Me dijo que me trajera a mi marido que está enfermo, que ella me ayudaba a cuidarlo, pero ella murió al mes de yo estar aquí. Tenía 82 años”, se lamenta.

“Ahora no me he podido regresar, aquí no tengo a nadie. Ahora trabajo en el mercado de Bazurto, vendiendo pescados, gano de 10 a 20 mil pesos. Le hago preguntas a mi mamá, porque yo vine para acá a cuidarla a ella no para que me dejara sola aquí”, agrega.

“No me hizo caso”
Varias de las fotos en las lápidas del cementerio de Olaya son caras jóvenes. Al azar, nos acercamos a una mujer, al pie de una tumba, nos dice ser la madre de Víctor. “Era mi hijo mayor, me salió torcido, porque uno tiene que decir la verdad, yo le hablo y le digo: ‘papa’, si tú me hubieras hecho caso a mí, no estuvieras aquí metido. Uno como madre nunca quiere el mal para sus hijos”.

- ¿Cómo murió?
- El 28 de septiembre, me lo mató un policía, tenía 22 años. Le dio un solo tiro en la cabeza. Si hubiera sido que estaba robando, yo misma digo: estaba robando, uno tiene que ser consciente de lo que su hijo hace, pero en ese instante mi hijo no estaba haciendo nada.

Y a unos cuantos metros, también al azar, encontramos a Aurora. A su hijo mayor, Jainer, de 23 años, lo asesinaron hace cinco años en Nuevo Porvenir. Ella solo se limita a decir que fue en un caso de sicariato. “Vengo siempre a visitarlo”, asegura.
Muy cerca está otra madre, Marelvis. Se nos acerca y pide justicia por la muerte de su hijo, Gabriel, asesinado en la calle 14 de Fredonia, el 24 de marzo de 2014. “Yo solo les pido fortaleza a él y a Dios”, comenta.

Dicen que en los cementerios suceden cosas extrañas. Se oyen lamentos de dolientes que, incrédulos o no, piden fortaleza y respuestas a seres que ya no están en este mundo. Al fin y al cabo, de cierta forma, ellos sí creen en que existe vida después de la muerte.



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Lucas 9:59-60 " Y dijo a otro: Sígueme. El le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios."