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Las dos vidas de Jonathan

Jonathan* mueve frenéticamente los dedos sobre el control y sus ojos absortos en la pantalla apenas se percatan de que estoy observándolo jugar. El sonido de los botones parece ir en armonía con la banda sonora y efectos de sonido que retumban en las paredes de su cuarto, su campamento, su trinchera, su reino, el lugar donde nadie lo juzga y si lo desea puede convertirse en una criatura mitológica con solo presionar un botón.

“No te puedo hablar ahora, estamos por vencerlo”, me susurra con la incomodidad que le representa salir por un instante de ese mundo fantástico para reconocer mi existencia en el lugar. No respondo, solo guardo silencio y me siento a su lado para darle apoyo moral, reconozco lo importante que es para él vencer a ese enemigo virtual y la concentración que necesita para lograrlo.

Un solo vistazo a la pantalla me bastó para reconocer el videojuego y me pregunto si su mamá habrá visto alguna vez la carátula del juego con la leyenda “Diablo III” y la ilustración dantesca que lo acompaña. No tardé mucho en despreocuparme por el contenido, después de todo, a los mismos 13 años que tiene Jonathan jugué la primera entrega de esa franquicia en un computador de pantalla gorda y hoy no me dedico al satanismo, mas bien soy un periodista interesado en los videojuegos de un muchacho que a los ojos del mundo es “tímido” pero a los ojos de sus amigos virtuales es un gran estratega y líder.

“Diablo es muy difícil de derrotar a este nivel”, le comento con el volumen justo.

Jonathan aprieta el botón para desbloquear el micrófono de su diadema y de ese niño sale una orden comparable a la de un comandante del ejército: “¡Carlos! Ábrete de ahí que te vas a morir, Marcos vete pa’ la derecha y distráelo, agrúpense a la izquierda para recuperarnos”, audios apagados se escucharon desde su auricular y las ordenes de Jonathan se materializaron en la pantalla.

Jonathan giró la cabeza mientras invocaba un hechizo de sanación y me dijo:

“Es difícil mas no imposible. No hay nada que temer yo confío en ellos y ellos confían en mí, solo dame cinco minutos y verás cómo derrotamos por décima vez a ese monstruo”.

La primera vez que conocí a Jonathan, me estrechó la mano sin fuerza y bajó la mirada con el respeto ya no tan habitual de los niños hacía sus mayores. No pasó mucho tiempo hasta darme cuenta que detrás de esa capa de timidez había un niño con pasiones que podía expresarse tan elocuentemente como cualquier orador profesional. 

Cuando el juego reprodujo una cinemateca de victoria, Jonathan felicitó eufóricamente a sus amigos y se despidió con la excusa de que iba a atender a un amigo.

Una doble vida

Jonathan es un estudiante como todos que se levanta todas las madrugadas para ir al colegio con su hermano menor, espera con ansias el recreo, adora las clases de historia y español y detesta las matemáticas, aunque sus notas en aritmética demuestren todo lo contrario.

Lo único que lo diferencia de todos los demás niños es que se sienta en el último puesto, habla estrictamente lo necesario y trata de evitar las confrontaciones a pesar de que sus profesores, en un intento de que no sea tan callado, lo animan a participar sin darse cuenta que esto lo único que hace es aumentar las burlas y risas que debe aguantar a diario de sus compañeros.

“Antes sí lloraba mucho y solo en mi cuarto. Pero ahora que tengo mis amigos en los juegos ya no es tan importante para mí lo que piensen ellos.  Es más, he notado que ya no me molestan tanto, supongo que no es tan gracioso cuando no te importa que se burlen de ti”, me confiesa al preguntarle por los abusos que debe sufrir en la escuela.

El solo espera con paciencia sus momentos de juego para transformarse en un sabio hechicero, un valeroso guerrero, un veloz elfo, un soldado intergaláctico, un aventurero digno de Indiana Jones o un plomero italiano en busca de una princesa… todo depende del juego que elija para esa noche.

En su casa las reglas son claras: es libre de jugar por dos horas luego de cumplir sus deberes y comerse toda la cena durante días de semana. Los fines de semana solo puede jugar medio día después de ayudar a su mamá en cualquier oficio y si no hay compromisos familiares, debe buscar una actividad diferente como jugar con su hermanito, leer, ver alguna película o serie, armar legos o montar bicicleta.

Su mamá insiste en que Jonathan tiene un problema de autismo debido a que no le gusta relacionarse mucho en persona y aunque los médicos lo han negado en repetidas ocasiones este diagnóstico (según me cuenta el papá de Jonathan en confidencia) es muy evidente que Jonathan es solo un niño con una personalidad muy reservada y una madurez emocional envidiable.

-“Él es un niño muy bueno, educado, responsable y se porta muy bien. Pero a veces quisiera que tuviera más amiguitos reales”, me dice su madre con cara de preocupación.
-“¿Sabe? Yo era como su hijo”, le digo y le sonrío mientras me despido de Jonathan.
-“¡Imposible! Si eres de las personas más sociables y chistosas que conozco”, me mira con asombro.
-“Pa’ que vea”, le respondo mientras me voy alejando.

*Nombre cambiado para proteger la identidad del menor.



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Comentarios

Me gusto mucho este articulo.

Me gusto mucho este articulo. Mi hijo le gusta mucho estar en esos juegos pero yo le tengo reglas. La verdad soy como la mamá de ese niño me gustaría que fuera mas popular. Que tuviera mas amigos reales.