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Las historias detrás del circo

-¿Usted es la periodista? -pregunta el señor bajito de la entrada, se llama Juan.
-Sí, mucho gusto.
-Entre, entre.

Esquivo el charco que ha dejado la lluvia en Chambacú y entro.

-Espere a… ¿cómo es que se llama el payasito? -se pregunta Juan en voz alta.
-Pulgarcito -responde un chico.
-Eso, a Pulgarcito, él te lleva a los camerinos y te lleva a donde Valentino.

Valentino es, ni más ni menos, el dueño del balón o, en este caso, del circo.

Antes de entrar al escenario, todo es color: el rosado tenue del algodón de azúcar, el amarillento de las crispetas, los perros calientes, el rojo de las manzanas acarameladas… La voz chillona que repite de cuando en cuando Circo de los hermanos Valentinos, el más grande que ha llegado a Cartagena. Los hijos de los dueños se parecen a los ángeles de las invitaciones de primeras comuniones, tienen los cabellos y los ojos rubios, y corren como si nunca hubiesen visto un circo.

-¿Puedo entrar, mientras llega Pulgarcito?

Juan asiente con la cabeza.

Camino al escenario donde, por ahora, habita la soledad. Afuera llueve. Escucho miles de gotitas caer sobre la carpa multicolor, miro a mi alrededor y solo encuentro sillas, algunas verdes y otras plateadas, pero todas vacías. A veces las luces son verdes, a veces azules o rojas y al fondo, más allá de la lluvia, oigo una voz chillona… Circo de los hermanos Valentinos, el más grande que ha llegado a Cartagena… Detrás del telón rojo, espeso y brillante, hay dos voces, camino hacia ellas y encuentro de nuevo a los niños y a un dinosaurio.

-Ven, tócalo -dice él.

Ella se niega con la cabeza y abre los ojos como si no pudiese creer lo que está viendo.

-Pero si el dinosaurio es de mentiritas…

Me devuelvo. ¿Habrá llegado Pulgarcito o Valentino?

No, pero ahí hay un muchacho…

-Hola, ¿tú eres Pulgarcito?
-No.
-¿Eres Valentino?
-No, ninguno de los dos ha llegado.
-¿Entonces quién eres, qué haces?
-Soy Javier, y me encargo del sonido.

Me confirma con palabras lo que ya su acento me ha dicho: es venezolano. Este mes cumple 20 años y ha vivido siempre en el circo porque sus padres son artistas, el papá es uno de los encargados de armar el circo.

“Nunca estamos aburridos, siempre estamos de un lugar a otro, conocemos bastante. Yo, por ejemplo, conozco muchas ciudades de Colombia y de Venezuela. Había venido a Cartagena hace diez años”, me cuenta.

Javier suda y suda y apenas le digo que me responda una pregunta sencilla frente a cámara, se limpia la frente y se pierde tras el telón.

Veo a un moreno con una cresta amarilla. Tampoco es Valentino. Se llama Juan de Dios Ricci y también es venezolano, esta vez de Caracas. Es motociclista y malabarista en este circo, pero si le toca es “multiusos”: acróbata, payaso y equilibrista, y apenas tiene 23 años. “Prácticamente nací en el circo y he vivido en el circo. Mis papás son artistas también. Estudié, pero me dediqué al circo porque es lo que realmente me gusta”, me cuenta.

Parece que el destino se ha empeñado en que la vida de los Ricci gire en torno al circo, la esposa de Juan de Dios también trabaja acá. Ella se proclama la única motociclista mujer que se atreve a meterse en el ‘globo de la muerte’. Se llama Alexandra, es flaca y bajita. Hace cuatro años es artista de circo y hace dos motorizada. Cuando no está montada en la moto, está vendiendo deditos de queso en la entrada. Puede ser payasa, vendedora, equilibrista... en fin.

Se acerca a nosotros un muchacho alto, de ojos claros... No creo que sea Pulgarcito, ¿será Valentino? Nada, es otro motorizado y se llama Francesco, otro venezolano. Empezó como a los 10 años y ya tiene 32. Su papá y su abuelo eran circenses también. “Por más profesional que seas tú, estás dependiendo de una máquina, nos metemos cuatro o cinco motos en un globo metálico, y por más profesional que seas, si uno cae, todos caen”, explica.

¡Ahora sí llegó Pulgarcito! ¡Aleluya! Se llama Geovanni, es de Pereira y hace siete años anda en los circos. Payaso solamente. “Me gusta trabajar para los niños, no se me ha hecho nada difícil”. Me lleva a los camerinos, pero no me deja entrar al suyo, tendría que arreglarlo... Mejor entro al de las bailarinas, todas venezolanas. Las chicas, súper maquilladas, me dicen que ganan muy bien y que disfrutan paso a paso, día a día. La función empieza a las 7:30 p. m., y ya son las 7:15. ¿Valentino nunca va a llegar? Sigo con las bailarinas, que se maquillan, calientan, hablan, bailan... Ahora son las 7:28 y un señor de blanco pasa frente a mí.

-Ese es Valentino -me dicen.

Entra rápido a otro camerino y sale vestido de negro. En dos minutos arranca la música y Valentino está en el escenario.

-Señoras y señores, sean ustedes bienvenidos al circo más grande que ha llegado a Cartagena.

Comienzan los actos: malabares, payasos, más malabares, Valentino tirando cuchillos contra dos bailarinas sonrientes, y llega ‘el globo de la muerte’, el show de las motos. ¡Dios mío! Solo me falta comerme las uñas, un error milimétrico bastaría para que se chocaran y... Pasa ‘el Hombre más fuerte del mundo’, que, para variar, es venezolano. Llega la bellísima Campanita, que puede montar bicicleta sobre una cuerda y cantar como los ángeles, vuelven los malabaristas, y Valentino cierra la noche dando las gracias al público e invitando a que hablen del espectáculo.

Camina y se pierde tras el telón. Corro por las escaleras alternas y llego a su camerino. Ahora sí:

-Usted es Valentino, ¿verdad? Llevo rato buscándolo.

-Sí, soy Rodolfo Valentino Fuentes Gasca. Somos italianos y hemos pasado toda la vida en Latinoamérica por eso hablamos perfectamente el español. Hemos recorrido más de 20 países. Mi tatarabuelo, mi abuelo y mi papá también eran del mundo circense, así que en mi familia llevamos cuatro generaciones en esto.
-¿Cuántos años tiene usted?
-Tengo aproximadamente 40 años -responde y reímos. Llevo toda mi vida en esto, incluso desde antes de nacer.

En Valentino habitan el artista que se balancea en las alturas y el administrador que coordina el trabajo detrás del show: más de setenta personas trabajan todos los días para que el espectáculo de dos horas sea espléndido, hay sonidistas, iluminadores, choferes, electricistas y artistas que han llegado en 30 camiones a Cartagena.

Al final de la noche Valentino cuelga su vestuario, las bailarinas se quitan las pestañas postizas y Pulgarcito se despoja de su nariz. Los personajes ‘mueren’ solo por hoy, mañana ‘resucitarán’.

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