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Las palabras se metieron en el alma de Edwin Calvo

Edwin Calvo es un sanjuanero que encontró en su pueblo el lugar ideal para ser lo que siempre quiso: médico y escritor. Lo curioso es que sus libros no hablan de medicina o de enfermedades, en ellos relata todas esas leyendas e historias cotidianas, muy propias de la provincia en la Costa Caribe colombiana y se fascina con ellas como quien las escucha por primera vez.

En su consultorio, Edwin no solo atiende a sus pacientes. Hasta ese lugar, lleno de libros, diplomas y fotografías también llegan a contarle anécdotas de San Juan Nepomuceno.

Siempre se apasionó por la lectura y la escritura, desde muy niño. En la escuela Normal Diógenes Arrieta, donde cursó la primaria, participaba en concursos de gramática y ortografía. Dice que sus profesores fueron indispensables para desarrollar esa habilidad con la que nació y que con el paso del tiempo se le convirtió en una necesidad espiritual.

“También fui afortunado al tener una tía, Rita Calvo, profesora de literatura, gramática y ortografía, era muy especial, le enseñaba mucho a sus estudiantes... y como sobrinos queríamos estar a su altura. Eso me sirvió para estudiar y a estudiar, porque cuando íbamos a hablar con ella había que hacerlo de la mejor manera”.

Su incentivo
Cuando se fue a estudiar el bachillero a La Esperanza, en Cartagena, otra institución los invitó a participar a un concurso de cuento. Sus profesores sabían de su inclinación hacia la literatura y lo eligieron como representante del colegio. Esa era una prueba de fuego, así que comenzó a escribir.

“Aquí, en San Juan, hubo un sacerdote que se llamaba Daniel Sanfeliú. Era muy dado a trabajos de campesinos, rústicos, de albañilería y andaba con su sotana que le llegaba hasta los tobillos y no tenía que ver para coger un machete y ponerse a limpiar. Él caminaba un poquito torcido, pues era un hombre alto, como de 1.90 -metros-, entonces lo apodaron ‘el Cura machete pando’ desde que vino hasta que se fue... Resulta que una vez, en el pueblo se presentó una bandada de golondrinas y precisamente escogieron la iglesia. Él dando la misa y las golondrinas volando dentro del templo. Él andaba con una escopeta con la que comenzó a hacer tiros para matarlas. Después en el pueblo se empezó a decir que el cura iba a pagar por cada golondrina que le llevaran muerta y efectivamente la gente comenzó a matar golondrinas y se las tiraban en el atrio de la iglesia... yo me acordé de esa anécdota y, como conocía bien al personaje, comencé a escribir. Llené como tres páginas y titulé: Un verano de golondrinas caídas”.

Ganó el concurso. El premio: el libro La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. “Ese fue el incentivo más grande. Cuando comencé a leer ese libro veía que, al igual que en los libros de García Márquez, las cosas eran igualitas a lo que nosotros teníamos en nuestro medio. Cosas que también se vivían en San Juan, entre una especie de magia y realidad que muchas veces uno no sabe lo verdadero o lo falso... Desde ese momento comencé a sentir esa necesidad espiritual de seguir escribiendo”.
Ernest Hemingway y su libro El viejo y el mar, y también Gabriel García Márquez con su obra El coronel no tiene quien le escriba, le alimentaron el alma y lo motivaron a seguir leyendo y a no dejar de escribir jamás, ni en sus extenuantes jornadas como estudiante de medicina de la Universidad de Cartagena.

Su primer libro
Cuando se graduó de medico se propuso publicar un libro de cuentos en el que recogería la tradición oral del “San Juan de sus amores”.

“Tenía un tío, le decían ‘el Rañao’. Él era muy buena persona pero era un jugador empedernido. Era bohemio. Cantaba tangos argentinos y boleros mexicanos y pasaba de parranda en parranda. Tiene tantas anécdotas... ya falleció y todavía le salen historias. Ese personaje me dio para escribir más de 50 cuentos y cuando ya tenía varios los organicé y decidí publicar un librito que titulé: Un santo diablo anda suelto en las calles de San Juan. Cuando la gente se dio cuenta que yo estaba escribiendo esas anécdotas venían a contármelas. Lo publiqué, no tenía casa editorial ni nada y estaba aquí en San Juan, así que lo saqué anillado y lo vendí. Hice como 400 libritos de esos y la gente los compraba. Tiempo después, por medio del profesor Roberto Arrieta, conocí al doctor Abel Ávila, dueño de la editorial Antillas. Me dijo que fuera a Barranquilla y él me publicaba los libros... y ese librito anillado me lo publicó en un libro de verdad”.

Calvo ha escrito los libros: San Juan Nepomuceno, cien años de amor y olvido (1997), La Última Matrona (1999), Un santo diablo anda suelto en las calles de San Juan (1999), Los cuentos del Mono Sirio-Libanés (2000), Tío Conejo en la montaña de los Colorados (2001), Desamores del más acá (2004), con el que participó en la versión 17 de la Feria Internacional del libro en Bogotá. La leyenda del pavo negro (2005), El niño y el mochuelo y una biografía  sobre el político sanjuanero Felipe Angulo Bustillo. Dentro de una pequeña vitrina de madera y vidrio que pende de la pared, en su consultorio, conserva cada uno de sus libros como un tesoro.

Escribe porque le gusta, por “amor al arte”, porque sus libros los costea con sus propios recursos, con lo que gana como médico. Al final vende algunos y regala muchos más. Su ilusión... en este medio donde muchas veces prima el interés económico de los dueños del negocio, es que los escritores “no sean menospreciados o tratados con indiferencia” y sean tenidos en cuenta por el valor de sus obras.

¿Y por qué, si le gustan tanto las letras, estudió medicina y no literatura? -pregunté-.
Edwin no encontró una respuesta concreta para mi duda, pero al final supo hacerme entender que ama ser médico porque le permite trabajar en su pueblo y para su pueblo. Las historias llegan solas a su consultorio y, cuando no van, él sale a buscarlas. La medicina es esa llave que abre las puertas de todas las casas de San Juan. Y la literatura le abre las puertas de los corazones.

 

 



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