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"Las palenqueras no mantenemos ningún marido"

Las seis palenqueras estaban indignadas.
Sentadas en el atrio de la iglesia de San Pedro Claver, habían perdido de repente el esplendor de la sonrisa, y la dura talla en madera se había resquebrajado en un silencio de rabia.

¿Desde cuándo en la vida, las palenqueras mantenemos a nuestros maridos? ¿Quién se inventó eso?

Las seis mujeres protestaron y responsabilizaron a los guías de turismo de ser los responsables de esa difamación. “Ellos le dicen a todo el que llega aquí, que nosotras trabajamos duro para mantener a nuestros maridos”.

“Eso no es cierto”, dice Lorenza Herrera Miranda, indignada, una mujer de Palenque, de 59 años, quien tiene 40 años de vender frutas y 18 años de estar en el Centro histórico.

¿De dónde sacaron eso los guías de turismo? - se pregunta Lorenza.

“Eso es un atropello a un pueblo que es Patrimonio Cultural de la Humanidad y contra el grupo de mujeres de Palenque que desde hace más de medio siglo vende sus frutas y sus dulces en la ciudad amurallada”.

“En mi caso, mi esposo Pedro Salgado Cásseres es vendedor de gafas en Cartagena, y yo jamás lo he sostenido.

“Lo que pasa es que nosotras salimos a vender nuestras frutas y dulces, mientras ellos se dedican a la siembra u a otros oficios. Pero cuando usted ve sentado a un palenquero, es porque ya ha sembrado o recogido la cosecha desde muy temprano”, explica Lorenza, quien a punta de frutas ha aportado al estudio de sus cinco hijos.

“Tengo dos contadores, un abogado, un patrullero y una masajista profesional”.
Lauriana Cassiani Cásseres, de 58 años, tiene 44 años de vender frutas, tiene cuatro hijos profesionales y es madre soltera.

“Hay un atropello contra nosotras las palenqueras, no solo con esa difamación de que mantenemos maridos, sino que además, nos hacen fotos, se ríen de nosotras, y muchas veces alguien hace negocio con nuestras propias fotos, sin pagarnos derecho de nada”, dice Lauriana.

Patrimonio amenazado

Narcilia Valdés Salgado es pariente del difunto Paulino Salgado y José Valdés Simanca, tiene 42 años, madre soltera, 22 años vendiendo dulces en Manga y en el corazón amurallado de Cartagena.

“A nosotras nada nos regalan. Hasta los uniformes que tenemos puestos lo compramos. Nos salen en más de cien mil pesos, porque nos vale 60 mil pesos la tela, y nos cobran 45 mil por la costura.

Los turistas muchas veces no tienen la delicadeza de decirnos: ¿Puedo hacerle una foto? Sino que van haciendo la foto sin pedirnos permiso. A veces, los mismos turistas que han escuchado la difamación en boca del guía, vienen hasta nosotras con risita burlona creyendo en verdad que estamos trabajando para que un marido esté tirado en una hamaca rascándose las que sabemos, pero eso no es así. Si ellos están en Palenque están cuidando, sembrando o atendiendo la siembra. Si están en Cartagena, también están trabajando en otras cosas, para sostener a la familia.

Palenque en Cartagena
 

La diáspora palenquera se vino a vivir a Cartagena, a principios de siglo XX. En 1930 había muchas familias de palenqueros en los barrios de invasión en Pueblo Nuevo, Pekín y Boquetillo, más tarde, en Chambacú, Torices y Nariño.

Otros emigraron hacia Barranquilla. Pero en Cartagena, el germen palenquero está desde los tiempos de Benkos Biohó y el proceso de resistencia de los africanos esclavizados.

Palenque conservó una lengua ancestral con resonancia yoruba y hoy se habla en la comunidad, gracias a la capacitación de los linguístas y sociólogos palenqueros, y al desarrollo de la etnoeducación que han liderado desde hace más de treinta años, que culminó con la declaratoria de Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
 

Somos patrimonio

Las mujeres recuerdan ahora que hasta la alegría con coco y anís fue difamada en un programa de televisión, en los labios de una mujer irresponsable que contó que las alegrías se hacían con millo, coco y anís, pero con un buche de agua se pegaban.

“Arremeten contra el patrimonio y los que deben informar, cuentan lo que no es a los turistas”, reclaman Rita Cásseres, María del Carmen Cásseres y Lida Cásseres, quiene se integraron al debate esquinero en la plaza.

“Nosotras no hemos tenido tiempo de firmar un manifiesto de protesta contra todas estas infamias, porque estamos trabajando”, dice Lorenza Herrera.
“Nosotras no tenemos descanso. Descansamos una sola vez al mes. Un lunes o un martes, pero todo el tiempo estamos con estas poncheras de frutas o dulces”, dice Lorenza.

¿Quién podrá escucharnos esta queja?- se preguntó Lorenza al ver al cronista. Su mirada se adelantó para decir: “siéntese en ese banquito, que le vamos a contar esta situación que nos tiene con rabia”.

Las mujeres dejaron sus palanganas en el atrio de la iglesia y empezaron a hablar con su cadencia musical, salpicada de irreverencia, honestidad y reclamo público de derechos vulnerados.

Lauriana no es una foto

Lauriana está ofendida porque la foto enorme de su rostro y su cuerpo delgado apareció estampado en un suéter que se vende en las tiendas de Bocagrande. Fue la primera sorprendida al verse reflejada en ese suéter.

Lauriana vio entrar a la iglesia de San Pedro a una joven mujer de Cali con un suéter que tenía estampada su rostro.

¿Cómo fue a parar mi fotografía a ese suéter?- le pregunté a la turista. Y ella me dijo que no tenía la menor idea porque había comprado el suéter por 200 mil pesos en una tienda de Bocagrande. Pero a mí nadie me ha pagado nada ni me ha pedido permiso para utilizar mi fotografía como algo comercial. A nosotras nos vive pasando eso y esto es un atropello. Las fotos se convierten en obras de arte, imágen de vasos, suéteres, adornos, pero nadie paga derechos de autor. Eso se hace sin pedirnos permiso de nada”.

No se explica que un patrimonio cultural que empieza por la vida, sea atropellado de esa manera. Que alguien haga negocio con su propio rostro. Que alguien se beneficie con su imagen.

Los maridos trabajan

Sí, los maridos palenqueros trabajan, dice Lorenza. La fama de que no trabajan es un invento que se multiplica. Hay palenqueros como Sikito, que nunca salieron de Palenque y aprendieron una tradición de yerbateros y médicos ancestrales.
“Es un mito eso de que trabajamos durísimo para mantenerlos, y es otro mito, de que los queremos descansados a nuestro regreso a casa. Todos trabajamos a pulso”, recuerda Lorenza.

Epílogo

Las seis mujeres dicen que se preparan para regresar a Palenque en octubre, a la Fiesta de los Tambores.
“Solo regresamos cuando hay una novedad. Cuando se muere alguien, vamos al entierro y al lumbalú. Pero mientras tanto, estamos acá en Cartagena, trabajando. Estas frutas las compro aquí en la ciudad desde muy temprano”, dice Lauriana.
Ahora Lauriana luce su sonrisa ancha y luminosa para esta Facetas.

Su collar tiembla a ritmo de tambor y corazón



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