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Laura Restrepo, para quitarse el sombrero

Laura Restrepo vive en una casa del siglo XIV en los Pirineos, en España, y sus vecinos no saben que es la escritora colombiana más premiada y traducida en el mundo. Su conversación con los vecinos alude las hortalizas que siembran en este lugar del universo, pero jamás se refiere a su tarea silenciosa y misteriosa en la que ha estado atrapada desde que era una niña.

“Estoy sumergida en la naturaleza y en la vida campesina, sembrando berros en la huerta de esa casa antigua, encendiendo la chimenea en días de nieve, y paseando con mis perros. Es una vida grata, junto a los pastores de una naturaleza impresionante”.

Es curioso escucharla contar cómo vive, y la reacción que tiene su familia cuando ella se acerca y entonces se silencian, porque todo lo que están hablando puede convertirse en materia prima de un cuento o una novela. “Cállense que ya viene Laura”, dicen en voz baja. “Cada ser humano es una novela. A mí me cuentan una novela cada vez que escucho a alguien. Veo una novela en cada vida”.

Laura vino a Hay Festival de Cartagena, con su nuevo libro publicado por Alfaguara: Pecado(2016), que podría leerse como una serie de cuentos enlazados,  con un universo común: el infierno y el paraíso, los límites entre el bien y el mal que habitan El jardín de las delicias, de El Bosco, pero replicados en la vida contemporánea de criaturas que han conocido el horror, la guerra, el rencor, la venganza, el miedo, el amor y el desamor, y la nostalgia de un paraíso extinguido.

“Cuando uno inventa un personaje es como conocer a alguien a un ser humano de la vida real”, dice Laura, ante el público de Arjona que ha venido a escucharla.

“Eso puede durar muchos años, es esa la razón por la cual yo me demoro escribiendo mis libros, porque los personajes van corrigiéndolo a uno mientras los escribe. Y el personaje va cobrando una vida, y uno tiene que meterse en los zapatos de su personaje. Como un alfarero que da forma a su arcilla, el personaje va cobrando una vida, hasta convertirse en un ser humano, en un personaje tan cercano a los seres que uno conoce”.

Pude preguntarle por el destino de Colombia en este proceso de paz, ella que fue testigo de las negociaciones de los años ochenta y noventa, por su cercanía con líderes de la izquierda colombiana y latinoamericana, pero solo conversamos de cotidianidades, y en un instante de la incertidumbre que vive el mundo con los nuevos fundamentalismos que impone el gobierno norteamericano, en un planeta que no se repone de los discursos nefastos de la intolerancia, la exclusión y la guerra.

Laura me cuenta que su paraíso estaba muy cerca de este Caribe, en los Montes de María, en cercanías a Sucre, en donde su familia tenía una casa cerca al mar. Ir a ese lugar donde todo el mundo se conocía y era solidario, era para ella, una forma suprema de la felicidad y una versión de su paraíso personal, hasta que el conflicto armado, primero con la guerilla y más tarde con el paramilitarismo, obligó a prescindir de ese refugio.

“El libro que me impactó siendo muy joven fue la novela Lolita, de Nabokov. A mí me dio fiebre leer ese libro. Pero el milagro latinoamericano, fue descubrir a los grandes escritores que nos enseñaron de sorpresa en sorpresa, cómo era la vida del continente. Ese lenguaje nos reveló el continente en el que vivíamos. Me refiero a Pedro Páramo, de Juan Rulfo, las novelas de Vargas Llosa, y por supuesto, la obra de García Márquez, de quien tuve el privilegio de ser su alumno cuando trabajamos juntos en la revista Cambio. América Latina fue una avalancha prodigiosa de novelistas. La novela que me deslumbró y me sigue impresionando como la primera vez es Memoria de Adriano, de Margueriye Yourcenar, escrita en primera persona”.

Laura es una viajera insaciable que recorre el mundo, desentrañando el espíritu de los seres humanos. Viaja con Médicos sin fronteras, a Siria, Etiopía, África. Ella es testigo de los desplazamientos forzados en Colombia y en el mundo. Ella es testigo de cómo el mundo se desangra. Cree que las tendencias en la literatura en el mundo buscan la diversidad, y en la diáspora, la literatura recrea los mundos vivenciales del arraigo y el desarraigo. Cuando un libro logra hacer feliz a un niño, esa felicidad lo acompañará toda la vida.

Las historias de Laura
Muchas de las historias que cuento en mi nuevo libro, fueron experiencias periodísticas como“Amor sin pies ni cabeza”, que integra Pecado: había leído la historia de una mujer en Bogotá que había asesinado su marido, y lo había descuartizado dispersando en bolsas su cuerpo por la ciudad, y la mujer fue encarcelada en el Buen Pastor, y calificada por los medios como un ser monstruoso. Fui a la cárcel a hablar con la mujer y a escuchar su relato. El reportaje lo transformé en ese cuento que aparece en el libro”.

El tono del cuento es éste: “En todo caso esa sangre ya se iba secando, como pegados los charcos al piso, y eso ya se iba quedando así. Ya luego le miré las manos, para verificar si se le habían deshinchado. Quería fijarme en la argolla, la que habíamos intercambiado cuando yo todavía pensaba que eso era una historia de amor. Ya te digo, es que yo soy muy romántica, ésa fue mi perdición, ¿Entendés? Le vi la argolla a Isidro y ahí como que me arrepentí, me entró una como ternura y hasta le pedí perdón. Luego pensé entre mí: Qué pecado dejar esa argollita ahí. Y traté de quitársela, era de oro de dieciocho, cuánto creés voz que podría costar?”.

El personaje Emma de su cuento encontró un esposo alcohólico que la maltratada cada noche. Y una noche que ella se arreglaba el rostro, él la insultó diciéndole puta. La historia reconstruye los pocos instantes de amor, la condena por matar al marido en defensa propia, y luego, con frialdad espantosa, la alevosía brutal de descuartizarlo. Una historia bien contada, como la del amante que cuarenta años después intenta encontrarse con el fantasma de su amor, como un paraíso que solo está en su memoria, en ese bello cuento Olor a rosas invisibles, que enriquece el conjunto de estos textos magistrales sobre el pecado.

En algunos apartes de su libro Laura, precisa que “el castigo es la otra cara del pecado. Placeres y tormentos son iguales, como si el amor y el castigo fueran la misma cosa”.



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