Leo Matiz atrapó el mundo con sus ojos

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El hombre bonachón y sonriente que llevaba unos pantalones anchos, la boina romántica de una revolución perdida, y el desenfado de quien luego de haber visto todas las cosas de este mundo, las seguía mirando con la curiosidad insaciable de un explorador, era Leo Matiz.

Llevaba una enorme cámara Rolleiflex que me devolvió a la nostalgia de los viejos y ambulantes daguerrotipos de la ciudad amurallada. Vino con Policarpo Bustillo Sierra, su amigo, empresario, artista y sibarita, que llevaba en el cuello un colmillo de tigre y entre sus cosas, el libro taoísta del amor y del sexo. Todo aquello me pareció singular, porque tanto el fotógrafo como el empresario venían con unas muchachas jóvenes que parecían sus discípulas. Aquello fue el comienzo de una doble amistad tanto con Policarpo como con Leo Matiz.

Habían llegado los cuatro a visitar la casa del odontólogo Jaime Gazabón, que era el dentista casi secreto de García Márquez, y después lo fue del mismo Leo Matiz. Los dos de Aracataca. Matiz había nacido diez años antes, en 1917. Le propuse entrevistarlo una y dos y tres veces.

Una foto suya de Fidel Castro, embriagado en una mecedora, mientras celebraba el triunfo de la Revolución, me generó conflictos familiares por conservarla y enmarcarla como imagen insólita.

La conversación se prolongó días y días, mientras caminábamos por el Centro de la ciudad, y Leo Matiz se detenía para pedirle a una muchacha que se quedara quieta un momento mientras le hacia una foto. La conversación empezó con su infancia hasta este instante. Matiz había hecho a sus 22 años, la mejor fotografía artística del país en 1939, La red o Pavo real de mar, una foto en la que pescador y mar parecen ser uno mismo, no se sabe si la red atrapa al mismo tiempo al pescador, al mar y al cielo.

Leo me contó su infancia embrujada en Aracataca y su exploración de la aldea a caballo y a pie, cruzando ciénagas y atravesando los últimos macondos del Magdalena Grande que habían sobrevivido a la masacre de las bananeras y a los largos años de expoliación económica de la United Fruit Company. Leo fue uno de los primeros en el país en fotografiar los macondos y los personajes casi invisibles de Aracataca.

Era dibujante, caricaturista y un fotógrafo inusitado en la historia del arte en Colombia. A sus dieciséis años publicó sus primeras caricaturas en los periódicos y revistas del Caribe colombiano y el país. Fue caricaturista de El Tiempo, pero antes de los veinte años inició su peregrinaje por el mundo, recorriendo Centroamérica. El 20 de agosto de 1940 llegó a México, el mismo día en que asesinaron a León Trotsky. Llevaba una carta del pintor colombiano Ignacio Gómez Jaramillo dirigida al pintor y muralista mexicano David Alfaro Siqueiros.

Un día vio a una mujer, casi una niña, que era como una musa escapada del olimpo de los dioses griegos: María Félix. Y le propuso hacerle una sesión de fotografías. Nadie la conocía. Leo la hizo visible con sus fotos artísticas. Y quedó seducido por la belleza de la joven: en el cuarto oscuro ocurrieron los milagros y se reveló la pasión del colombiano con la joven estrella.

Las fotos que trajo Leo en su equipaje, guardaban el rostro de la muchacha y otra en la que aparecían juntos, él de saco oscuro y corbata, y ella, con su cabellera desenvuelta cayendo casi sobre los hombros de Leo y sus manos enguantadas, entrelazadas a las suyas.

La pregunta estaba en mis ojos, pero no tuve que hacerla porque su picardía, ya estaban en los suyos. “Por supuesto, pero no lo digas. Esa mujer era una belleza salvaje, posesiva y tormentosa a la vez, una doña Bárbara”.

Leo hizo las mejores fotos de María Félix, la otra musa de Agustín Lara, a quien alcanzó a hacerle varias fotos, antes que una prostituta le hiriera el rostro con una navaja. Agustín Lara fue captado por Leo, con su rostro al cielo y las manos cubriendo sus mejillas. Luego, fotografió a Frida Kahlo, mucho antes de su fatal accidente que la dejó postrada en una cama hasta su muerte. La captó caminando bajo la luz del barrio Coyoacán, con sus polleras estampadas y sus cejas encontradas, sola y acompañada de Diego Rivera. Retrató a Siqueiros, a José Clemente Orozco, a cada uno de los muralistas que señalaron un destino en las artes de América. Una noche mexicana se tropezó con su amigo, el poeta Porfirio Barba Jacob.

Conoció al cineasta mexicano Gabriel Figueroa y participó como fotógrafo en algunos de sus rodajes, y se hizo amigo del genio del cine español, Luis Buñuel, que se impactó, para su filme Los olvidados, con las fotografías sobre niños desamparados que hizo el colombiano en México. Pero él fue más allá con sus imágenes: retrató a las mujeres mayas, una de ellas, tenía el rostro ensombrecido mientras preparaba el hilo de la palma para tejer sombreros. La mujer parece salir de la oscuridad más profunda. Lo único que brilla allí son las palmas que van cayendo y la túnica blanca de la mujer. Con un permiso, se camufló como prisionero de la cárcel de Mazatlán, para fotografiar la vida secreta de los prisioneros y sus condiciones en el penal.

Su reportaje conmovió a los mexicanos. Hizo series sobre niños trabajadores, ancianos, sembradores de agave, artistas, paisajes, el volcán Paricutín, erupcionando ante el fotógrafo que esperó aquel instante, retrató gente desvalida, y algunas de estas fotos participaron en una exposición en el Palacio de Bellas Artes de México, que contó con las palabras del poeta Pablo Neruda. Así que Leo también fotografió a Neruda, a Buñuel, a Mario Moreno “Cantinflas”, entre innumerables personajes. Retrató a México por dentro y por fuera, pero la vida empezó a depararle sorpresas cuando Siqueiros, en un embeleco, le pidió que le vendiera una de sus cámaras y le enseñara a fotografiar. El hombre no dio bolas para eso. Entonces le pidió a Leo que le hiciera varias fotos a él. Algunas eran, intencionalmente, materia prima para el venerado muralista. Leo le hizo una en la que Siqueiros aparece casi desnudo, en interiores, encaramado en un árbol.

En otra, buscaron un modelo masculino que se desnudó para la foto, de frente y de espaldas. Tanto el modelo como Siqueiros posaron para la cámara de Leo, con las manos, monstruosamente abiertas. Tanto esas fotos, como la serie sobre un perro con mal de rabia, cuyos ojos luciferinos, atrajeron a Leo, le sirvieron a Siqueiros para una exposición de pinturas y murales. Fueron más de seis obras que hizo basadas en la obra del colombiano, y la sorpresa de Leo Matiz fue que, al entrar a la galería, no vio ninguna alusión a su obra. Ni en el catálogo ni en ninguna parte. Leo se enfureció y enfrentó al endiosado Siqueiros. Y éste le dijo que lo contrató para las fotos, y le pagaría por eso, pero no le daría ningún crédito. La obra intelectual de Leo se vio vulnerada por este gesto inesperado del artista. Leo lo denunció por plagio en los periódicos mexicanos, y mostró las fotos que había utilizado para sus ya célebres murales. Siqueiros se defendió con un abogado y empezó a acorralar a Leo Matiz, acusándolo de haberse infiltrado en México en representación del imperialismo yanqui. El estudio del fotógrafo colombiano apareció un día en llamas. Leo tuvo que salir huyendo de México.

A su regreso a Colombia, en aquel abril fatídico de 1948, tenía una cita para almorzar con su amigo Jorge Eliécer Gaitán, a las 2 de la tarde. Irían Fidel Castro y Rómulo Betancourt. Cuando Leo iba a cumplir la cita, asesinaron a su amigo, alcanzó a hacer la foto de él en el suelo y luego, en el hospital, pese a que le arrebataron la cámara, y salió a prestar una en medio de aquel caos. Siempre que había un terremoto en México, averiguaba si aquel pequeño estudio incendiado que había suyo durante siete años, se mantenía en pie. Y fíjate, me decía riéndose, es lo poco que no se ha hundido con el paso del tiempo. No me he atrevido a regresar a México, después de lo vivido. Se han ido muriendo todos. Ahora solo me queda mi amigo Gabriel Figueroa, a quien quiero ver antes que sea tarde. Ese mismo año de la muerte de Gaitán se fue para el Medio Oriente como reportero del conflicto entre judíos y palestinos. Tres años después, en Bogotá, abrió una galería y la inauguró con pinturas de un joven que sería un mito: Fernando Botero.

El maestro se quedó un buen tiempo en Cartagena, refugiado en La Boquilla, con la que parecía ser una joven discípula. Los dientes se le estaban cayendo y le propuso a Gazabón que le arreglara la dentadura, pero le preguntó si podía pagarle con fotografías, y el odontólogo dijo que sí. Le pagó con su mejor fotografía de 1939: La red, y unas de María Félix. En aquellos días, conocí a Alejandra Matiz, la hija del maestro, que en este 2018, ha cumplido cuarenta años de estar inventariando, protegiendo y promoviendo la obra de su padre, que sobrepasa el medio millar de imágenes. Ella preside la Fundación Leo Matiz, cuya sede está en México, está a tres cuadras de la casa museo de Frida Kahlo, en Coyoacán. Ella se convirtió en su segundo y en su tercer ojo cuando al maestro, en un asalto en Colombia, le robaron su cámara y lo golpearon.

De aquella golpiza, perdió uno de sus ojos. El otro ojo con cataratas, era su antena para seguir atrapando el mundo. Y el ojo de Alejandra. Leo alcanzó a regresar a México en el ocaso de su vida, para hacer un nuevo libro sobre ese país. Se reencontró con el fantasma de aquellos años terribles de hacía medio siglo, y se abrazó con su amigo Gabriel Figueroa.

Epílogo

Su hija Alejandra Matiz ha vuelto a Cartagena y me dice que después de cuarenta años trabajando con la obra de su padre, su tarea está cumplida.

“Empecé en 1978 a cuidar de su obra, después que él perdió un ojo”, me dice. Ahora su obra está en todos los museos de cinco continentes. Al cumplir cuarenta años como restauradora de arte, protegiendo ese legado, creo que la fundación prosigue en Cartagena, impulsando los talentos artísticos”.

El Palacio de Bellas Artes de México le ha rendido los máximos honores a Leo Matiz en el centenario de su natalicio en 2017. En Aracataca, la casa del Comisariato de los gringos se convertirá en la Casa Museo Leo Matiz. Alejandra está conmovida porque al ver la foto de García Márquez abrazando a su padre, la escena ha vuelto a repetirse en su sobrino Gabriel Torres García, hijo de Rita y Alfonso, en este noviembre de 2018. No cree en casualidades. Ella es del 6 de abril de 1952. Y Gabriel es del 6 de abril de 1966. Alejandra ha compartido algunas de estas vivencias en una tertulia organizada por el Museo La Presentación. Dice que junto a su padre caminó por todo Italia, y se detuvieron en una calle que tenía el nombre de Matiz.

Leo Matiz me dijo al culminar una de las entrevistas que un día se metió en Chambacú a retratar los rostros de sus habitantes. Leo viene de La Boquilla junto a la joven que lo acopaña y le pregunta de cuartos oscuros y de milagros que se revelan. Leo Matiz trae para mí, un regalo. Una foto del Portal de los Dulces reflejado en un charco de lluvia, en aquel invierno que tiene la edad de mi nacimiento.

El maestro Policarpo Bustillo Sierra, suspira, y el colmillo de tigre tiembla en su pecho. Antes de que el sol se hunda en el mar, me entrega algo que conservo como un tesoro, después de recorrer con perplejidad estos recuerdos: el libro taoísta del amor y del sexo.

Epílogo

Su hija Alejandra Matiz ha vuelto a Cartagena y me dice que después de cuarenta años trabajando con la obra de su padre, su tarea está cumplida.

“Empecé en 1978 a cuidar de su obra, después que él perdió un ojo”, me dice. Ahora su obra está en todos los museos de cinco continentes. Al cumplir cuarenta años como restauradora de arte, protegiendo ese legado, creo que la fundación prosigue en Cartagena, impulsando los talentos artísticos”.

El Palacio de Bellas Artes de México le ha rendido los máximos honores a Leo Matiz en el centenario de su natalicio en 2017. En Aracataca, la casa del Comisariato de los gringos se convertirá en la Casa Museo Leo Matiz. Alejandra está conmovida porque al ver la foto de García Márquez abrazando a su padre, la escena ha vuelto a repetirse en su sobrino Gabriel Torres García, hijo de Rita y Alfonso, en este noviembre de 2018. No cree en casualidades. Ella es del 6 de abril de 1952. Y Gabriel es del 6 de abril de 1966. Alejandra ha compartido algunas de estas vivencias en una tertulia organizada por el Museo La Presentación. Dice que junto a su padre caminó por todo Italia, y se detuvieron en una calle que tenía el nombre de Matiz.

Leo Matiz me dijo al culminar una de las entrevistas que un día se metió en Chambacú a retratar los rostros de sus habirantes. Leo viene de La Boquilla junto a la joven que lo acopaña y le pregunta de cuartos oscuros y de milagros que se revelan. Leo Matiz trae para mí, un regalo. Una foto del Portal de los Dulces reflejado en un charco de lluvia, en aquel invierno que tiene la edad de mi nacimiento.

El maestro Policarpo Bustillo Sierra, suspira, y el colmillo de tigre tiembla en su pecho. Antes de que el sol se hunda en el mar, me entrega algo que conservo como un tesoro, después de recorrer con perplejidad estos recuerdos: el libro taoísta del amor y del sexo.

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