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Llegando al cuarto piso

Por: Eva Durán

Especial para El Universal

Me propuse desde muy joven no negar nunca mi edad y no preocuparme por la celulitis.

Tuve mi única, apocalíptica e histórica crisis de la edad a los 25 años.

La mayoría de la gente tiene un cataclismo interior mucho después, al atravesar la década de los 40 o 50 años: los hombres se vuelven viejos verdes a la caza de jovencitas; y las mujeres se estiran, se rellenan, se quitan, se inyectan y operan hasta los genitales (literalmente) para rejuvenecer lo que nunca volverá a ser joven.
Pues bien, a los 25 años me dio un colapso existencial propio de mejor causa: me sentí acabada, vieja y que no había hecho nada con mi vida. Que depresión tan jijuemadre!! Y mirándolo en perspectiva, qué imbécil que era yo en ese momento!

Mi vida era fantástica: tenía el amor de un buen hombre, una relación estable, un buen trabajo, había escrito mi primer libro y tenía buenos amigos y actividades que me llenaban emocionalmente. Igual a cuando estaba en la escuela y me daba un ataque de rabia e impotencia no quedar en primer lugar o haber fallado en alguna actividad, tarea o trabajo.

Así es siempre. Pasan los años y te das cuenta de que esas catástrofes espantosas, esas horribles frustraciones que te quitaban el sueño y que hasta lágrimas te sacaban no eran importantes en lo absoluto, y que la vida siguió y que nada por lo cual te desvelabas valía la pena.
Tuve una tía a la que amaba mucho y que me enseñó valiosas lecciones de vida con el sistema de la anti pedagogía. Una de las más importantes: a no preocuparme nunca por la celulitis.

La pobre vivió toda la vida tan patológicamente obsesionada con el tema, que me curó de espanto del asunto. De hecho, el 50% del tiempo no hablaba de otra cosa sino de los tratamientos para la celulitis, la dieta para la celulitis, los libros sobre la celulitis, los centros de estética corporal para la celulitis.
Fue siempre tremendamente infeliz con el asunto, totalmente desgraciada en su lucha perdida contra la piel de naranja en sus piernas. Y siempre, después de una temporada suicida, pasando hambre y sometida a anoréxicos y a millonarios regímenes que le bajaban la talla y le aumentaban la neurosis, volvía en poco tiempo a su estado original de naranja, porque si no sigues esos tratamientos eternamente, no has hecho nada.

Por eso decidí enamorarme de mi celulítica herencia y  liberarme de tajo de toda esa tremenda estupidez y toda esa tontería.
Pues sí, tengo una sexy celulitis en piernas, brazos y pancita. ¿Y qué? Y vieran los novios guapos, cachondos, musculosos y despampanantes que he tenido toda la vida.
Así que ahora que me asomo al umbral del cuarto piso. Y están a punto de llegar las arruguitas, las canitas y lo que tenga que venir, serán bienvenidas.
Estar vivo es una maravilla y una oportunidad, y así como abrimos los brazos al asombro de la niñez, al alboroto, a la alucinación, a las aventuras, a la sicodelia y a las locuras de la adolescencia, a las decisiones, golpes, errores, aciertos, decepciones y  triunfos de la edad adulta, ¿por qué perderse la madurez?
Las cicatrices y arrugas son invaluables, porque son nuestra prueba de supervivencia.

Son la prueba de que sobrevivimos a la vida,  a las enfermedades, traiciones, malquerencias, a las falsas amistades y a esos amores tremendos que mientras duran y azotan son lo mejor de nuestra vida.

Las cicatrices y arrugas son la prueba de que no pudieron con nosotros, son el trofeo a la verraquera de una vida vivida a fondo, con ganas y sin lugar a arrepentimientos.

No cambiaría nada de mi pasado, porque, incluso, las cosas más dolorosas, tortuosas y terribles, me han ayudado a ser lo que soy ahora.
Ahora tengo las certezas, las  amistades y los amores definitivos de mi vida, esos que se construyeron con los años y que siguen intactos tras duras pruebas, infernales dolores, separaciones, muertes, nacimientos y viajes.

Amigo verdadero es ese que dejas de ver por diez años y al reencontrarlo sientes el mismo amor, la misma complicidad y la misma fiesta en tu alma que la última vez que lo viste.

Me falta tan solo un escalón y medio para llegar al cuarto piso, y lo hago caminando de la mano de gente extraordinaria, cuya amistad y compañía son para mí un tremendo honor y un inmenso orgullo. Ha valido la pena.

*Dedicado a Sergio Naranjo Donado y a mis amigos Defensores de Animales.



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