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Los dones no envejecen

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Caminan a paso lento y respiran con toda la paciencia que sus años les permiten.

Los hay por el mundo, deambulando, sin refugio ni comida. Otros son maltratados hasta el punto de estar casi mudos y algunos son desechados como tenedores plásticos a la basura, cuando por alguna enfermedad, sus parientes sienten que ya no sirven para nada.
Ellos son reales. De carne y hueso. Han sentido el paso de tiempo en sus espaldas y por eso se han doblado. De tanto reír, su cara se ha llenado de pliegues y de tanto sufrir quizá, esos mismos rostros esconden profundas cicatrices.

Los más afortunados, unos pocos, encuentran una mano amiga, y descansan bajo el amoroso cuidado de sus pares. 
En la fundación Dones de Misericordia, una casita pintoresca, (como se diría en los cuentos de hadas) blanca de tejas rojas, viven 31 viejitos. 30 son residentes, es decir que viven allí. Está en Turbaco, en un lugar donde la naturaleza se expande sin restricciones.
Todos los abuelitos están frente al televisor. Uno no sabe si están viendo la tele o no, porque sólo se sientan ahí. Algunos sólo esperan que otro les hable para iniciar una conversación. Llegamos a saludar y varios, más vivaces que otros, responden con un “bueeeenassss” que dura como un minuto.

Josefina Gómez, Ana Isabel Cardona Jiménez y Blanca Mercado son el reflejo puro de la camaradería. Están siempre juntas. Son amigas, construyen torres de Lego y una de ella, Carmen, no suelta jamás su bolso de mano. 
A la señora Ana, que tiene Alzheimer, al preguntarle por su cumpleaños a veces responde con un “tengo 15”. Ella es una de las pocas abuelitas que recibe la visita de su familia.

Se acerca, Orlando. Lo llaman Orlandito, por cariño. Tiene el síndrome de Peter Pan (su infancia que se mantiene a lo largo del tiempo) Habla un poco y luego se va. 

Aquí está ella...
Socorro pasa sus días sentada en una silla en La Matuna, vendiendo lotería. Ella, una mujer de genio fluctuante, se sienta también en una esquina del Portal de los dulces, frente a la Torre del Reloj en el centro de Cartagena. Tiene esclerosis y no puede caminar sin muletas. 

Bajo el inclemente sol de Cartagena permanece por un largo tiempo, sin un techo. Hace un año, por fin acepta (no sin patalear) que Participación Ciudadana la lleve a la fundación.
“Yo nací en Barú”, cuenta Socorro abriendo bien los ojos. “Bastante caracol que comí”. Alza la mirada. La conversación termina con la promesa de un pescao sudao, arroz con coco y papitas.

Marcial …
“Mucho gusto, Marcial Zapata”, dice un señor vivaz con un collar de acero brillante colgando del cuello. Tiene 65 años. Me cuenta casi todo sobre su vida, mientras sostiene un llavero en una mano. “Después de Jesucristo, no tenía a nadie. Bueno ahora sí tengo, pero antes no”, empieza. “Yo vivía en Cartagena, ahí entre el Toril y … en una callecita que queda... ehm, ya te digo”. Alza la voz y se dirige a José: 
- “¡José! ¿de dónde es que eres tú?”,
- “¿Cómo?”, contesta su amigo,
- “¿Que de dónde es que eres tú?”,
- “¡De Cartagena!”,
- “Nooo, que ¿de qué barrio?”,
- “Ahh, de Lo Amador”
... “Eso, de ahí. Yo vivía en una callecita entre el Toril y Lo amador. Vine porque el Señor necesitaba que estuviera aquí”.
Unas jóvenes cristianas y un amigo que lo conoce mientras él cuida carros en el Pie de la Popa, representan para él, la bendición de entrar a la casa.
“Hay unos compañeros que se alejan y se molestan porque “y que hago bulla”.

Ángela Sabalsa, que lo oye, le dice que “todos tienen un temperamento diferente. Y se debe respetar eso”. Marcial se queda callado y asiente.
La señora Ángela es una lúcida mujer de 93 años cuya pasión es tejer. Enrolla con suavidad una cinta rosada entre una base de hilo de algodón. “Aquí me siento bien, las muchachas son muy humanas”, admite con una voz muy suave.

Es de Arenal. Su único hijo fallece en un accidente de tránsito, y uno de sus familiares más cercanos la deja en el centro.
Ana María Coy Herrera, coordinadora de la Casa, confiesa que hace unos días, al festejarle su cumpleaños a Ángela, entre lágrimas la anciana le contó que era la primera vez en mucho tiempo que recordaban su día especial.

Enviadas de Dios
Tienen el corazón abierto las 24 horas. Vestidas de azul y blanco, nacen con el don para servir.
Ana María Coy Herrera ha pasado cuatro años en Dones de Misericordia. Se acuesta todas las noches pensando en sus viejos y se levanta queriendo que estén igualitos o mejor que como los deja. Le gusta la geriatría.

“Qué te digo? Ellos nos inspiran ternura, tienen esas historias que le cuentan a uno y que uno no sabe. Se enferman y la tristeza nos invade”.
Pero no todo el mundo está hecho para esto. “A ellos hay que darles afecto. Pero Dios nos pone esa capacidad de servir sin criticar a los otros. No puedes decirle a alguien: “tienes que querer a estos señores”. No es así como funciona”, argumenta Arlena Hoyos, presidenta de Dones de Misericordia.
Mayuris Campo es una de las voluntarias más protectoras “no dejo que les hagan el feo a ninguno”, dice la mujer. Emilce Robayo de García, por su lado, expresa que encontró en sus viejitos, “el consuelo y el refrigerio” que su corazón necesitaba.

Pero de Juan Felipe Campiño Castellar no se olvidan. Es el señor del semáforo del Pie de la Popa, blanco del polvo y sin una pierna.
“Al principio llegó muy reacio, no dejaba que le diéramos ese amor. No estaba lúcido. Pero empezamos con el tratamiento tanto médico como espiritual y empezó a recordarnos. Ya nos agradecía, nos decía cosas bonitas, podíamos entablar una conversación con él”, explica Ana.

Juan Felipe, que nace en Membrillal, se desintoxica en Dones de Misericordia y a raíz de problemas de salud causados por las drogas y las malas condiciones ambientales en las que vivió por años, muere de un paro cardiorrespiratorio. Fue hace unos días, rodeado de afecto y cariño. “A todos los queremos, pero cuando se nos fue Juan Felipe, eso nos tocó demasiado a todas”, lamenta.

(…) La casa acoge a los ancianos que puede, gracias al apoyo de voluntarios, empresas, la valiosa cooperación de la secretaría de Participación y Desarrollo Social y de gente como tú. Entre los planes está su ampliación.

“Son muchos los adultos mayores que aún se encuentran en las calles desprotegidos. Dones de Misericordia quiere ampliar sus instalaciones para acoger a 20 adultos más, por eso invita a unirse a esta causa aportando los dones de su corazón, para poder hacer este sueño realidad”, finaliza Arlena.

La brisa corre a través de la casa y despeina muchas canas. Los acaricia como diciéndoles que todo va a estar bien. Y el mensaje se percibe bajo sus miradas.... cansadas pero agradecidas.

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