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Los noventa del patriarca

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Yamil Bajaire Villa es un cartagenero con toda la sal del trópico. De padre libanés y madre barranquillera, le sucedió como a tantos de los hijos de inmigrantes, los de segunda generación, que prefirieron el es-tudio a seguir la trilla de sus padres en el comercio y los negocios. Por eso, a los doce años de su edad, en febrero de 1931, fue matriculado en el llamado Colegio Universitario de San Pedro Claver, junto con Jaime Vélez Piñeres, José Antonio Covo Tono, Rafael Otero Muñoz y Enrique Rodríguez Arrieta.
Para aplicar el apotegma de mente sana en cuerpo sano, Bajaire le encimó deporte al estudio. Fue un practicante gomo-so del baloncesto y, con su hermano Salim, formó el dúo encestador con que el colegio de los clérigos Gómez Arenilla y Villegas Ángel arrasaba en los campeonatos inter-colegiales a los planteles Departamental de Bachillerato y La Salle. Así, las menciones de honor al culminar los cursos y las copas de campeones al clausurarse los certámenes deportivos, caían en las manos de Yamil como alumno aventajado y capitán del quinteto, y de sus manos pasaban a las pa-redes y las repisas de la casa de don David Bajaire y doña Purificación Villa.
Los bachilleres de los años treinta vieron un nuevo despegue de Cartagena con la inauguración de sus muelles y bodegas en Manga, construidos bajo el mandato de Enrique Olaya Herrera para reemplazar al destartalado muelle de La Machina. Fueron testigos también de la conmemoración de los 400 años de la fundación de la ciudad, trastornada en sus celebraciones por la guerra con el Perú, y del Congreso Panamericano de Historia, organizado por quien sería rector del Colegio de San Pedro Claver pocos años más tarde, don Gabriel Porras Troconis.

La universidad

Como la mitad de la sangre que corre por sus venas es la misma de Rhases, Averroes y Avicena, tres médicos que hicieron historia grande en la medicina oriental, Bajaire resolvió ser médico, con tan buena fortuna que vivió la época de oro de la Facultad, servida por decanos y profesores de lujo, como Rafael Calvo Castaño, Eusebio Guerrero, Miguel A Lengua, Nicolás Macario Paz, Ignacio Oñoro, entre otros, y por otra generación posterior de galenos ilustres –Napoleón Franco Pareja, Carlos Esquivia, Francisco Obregón Jaraba, también entre otros– que formaron profesionales sabios y probos.
El mismo año en que Bajaire com-pletó los requisitos estatutarios para optar al título de médico cirujano, un aconteci-miento de repercusión universal partió en dos la historia de la medicina: el Premio Nobel concedido a Sir Alexander Fleming, Ernst Boris Chain y Howward Walter Florey. Fleming había comprobado, desde 1928, que las colonias bacterianas coloca-das alrededor del hongo penicillium notatum cedían a una sustancia natural con efectos antibacterianos que éste contenía, pisando meta más allá de donde llegó Clodomiro Picado al descubrir la penicilina, sin patentarla.
Pero 17 años después se supo lo descomunal que fue la labor de Fleming, porque Ernst Boris y Howard Walter crearon un método para producir en masa el fármaco que revolucionaría al mundo científico. Cuenta Bajaire que con esa auspiciosa ex-tensión de un medicamento considerado milagroso, y ahora patentado y de probada eficacia, los médicos de su promoción en-traron a sus consultorios a garantizar más vidas humanas.

En la arena

Los profesionales que se recibían en aquellos tiempos, hace sesenta y cinco años, no eran muchos por curso, entre catorce y veinte por lo regular, pese a que la Universidad de Cartagena era la única para toda la demanda estudiantil de la Costa. Pero los médicos, abogados e ingenieros que se lan-zaban a la arena lo hacían, en alto porcen-taje, con calidad y con la conciencia de que iban a ser útiles a la sociedad que los reque-ría.
Desde los bancos del claustro, afloró en Bajaire su inclinación por la parasitología. Sin especialización formal, comenzó a tra-bajar en un consultorio con el nombre de Luis Pasteur, situado a un lado de la Plaza de Santo Domingo, en compañía de Gui-llermo Pérez Sotomayor y Ramón Paz Franco, donde le tocó coserme una tarde calurosa la cabeza por la pedrada que un bellaco me asestó en una riña entre estudiantes de los colegios La Esperanza y Fer-nández Baena.
Igual que la mayoría de sus colegas, Yamil fue médico de familia. Laboratorista de día y clínico de noche, a la hora que lo llamaran. Examinó y trató ancianos, adultos, adolescentes y niños de la colonia sirio-libanesa-palestina y numerosas familias criollas que creían en sus conocimientos, su seriedad y su compromiso con los enfer-mos. Hoy añora la Cartagena que valoraba a sus médicos por las maravillas que hacían a punta de fonendoscopio, buena vista y tacto.

Acción cívica

En el año de 1944, por un relativo atraso económico de Cartagena y un acelerado ascenso de Barranquilla en los campos industrial y comercial, el Gobierno nacional decretó el traslado de la Escuela de Grumetes de La Heroica para la Arenosa. ¡Quién dijo miedo!, Cartagena estalló en protestas en las conocidas Jornadas de Abril. Veinte días duró el alboroto por cuenta de la decisión del Presidente encar-gado, Darío Echandía, y de la intriga que para que tan ofensivo hecho se diera tejió el doctor Alberto Pumarejo.
Si las señoras de sociedad y los vejetes de chaleco y leontina salieron a colmar las plazas de la Aduana y Los Coches, y se arremolinaron en torno de los promotores del paro general, los jóvenes profesionales y los estudiantes no podían quedarse atrás. Casi matan al ministro Sanz de Santamaría, que vino a otra misión, aunque con el encargo especial de regresar a la capital con un arreglo en la mano. Discreto pero activo, y sin ínfulas de líder, Bajaire gritó allí con fervor cívico y dolor de patria chica. El Go-bierno se plantó en sus trece y cargó con la escuela para Barranquilla.

La especialización

Pero al cabo de diez años Bajaire estaba insatisfecho porque, aún con sus éxitos y la holgura económica que aparejaban, que-ría saber más, y lo incentivaba la máxima de Pasteur: “La suerte favorece a las mentes más preparadas”. Gracias a un concurso en el que clasificó con honores, le correspon-dió una beca para irse a Santiago de Chile. Allá estuvo con Mariana, su consagrada es-posa, los cuatro primeros de sus ocho hijos y su hermana Lily. Dos años que no fueron peras en dulce, pues las exigencias eran te-sas.
No se trataba de utilizar sólo el micros-copio y los reactivos entre mesones y probetas, ni de estampar rutinariamente el re-sultado de los coprológicos, los parciales de orina y las glicemias en una planilla de cua-dros y líneas inertes. No. Tuvo que internarse varias veces en la cordillera a investi-gar, sin cuecas de fondo para danzar con figuritas circulares frente a una pololita de ocasión, lo que en la ciudad no estaba al alcance de la mano. Montes fríos y tenebrosos para un calentano acostumbrado a las comodidades del trabajo urbano.

La cátedra

La ida a Chile implicó una licencia en la cátedra de parasitología, en la que Yamil se había iniciado como instructor hasta lle-gar a la titularidad. La universidad se la concedió y, a su regreso, las autoridades académicas y sus alumnos comprobaron cuánto habían ganado con el mejor desem-peño del nuevo especialista en esa palestra de la enseñanza superior. El ejemplo de Bajaire contribuyó a que se concibiera, para otros docentes, un programa de especializa-ciones ajustado a los lineamientos de la re-cién estrenada carrera profesoral.
En la cátedra, Yamil obtuvo los alamares de la tenacidad, la disciplina, el rigor y la atención de los deberes pedagógicos. A los cuarenta años, Bajaire era considerado un maestro con las aristas del investigador abnegado. Infortunadamente para la Uni-versidad, más por la presión de otros profe-sores animados por razones políticas que por voluntad propia, renunció a raíz de la huelga napoleónica (contra Napoleón Franco Pareja) en 1959. Mucha gente lo lamentó por la Universidad.

Miembro fundador

Bajaire no podía sustraerse de un acontecimiento importante para la ciudad y su medicina: el Hospital Bocagrande. Fue, en consecuencia, uno de sus miembros fundadores y en sus días aurorales, con otro buen bacteriólogo al lado, Eduardo Herrera Galindo, quien persistió, proyectó sus luces para que la institución contara con un labo-ratorio digno de los propósitos que impul-saron su montaje y su organización.
El auge de su propio alero de trabajo, o sea, el Laboratorio Luis Pasteur, cada día más absorbente, lo forzó a dedicarse de tiempo completo a su clientela, hasta cuan-do dos de sus hijos, Lilian y Javier, estudiaron lo mismo que él para satisfacer la voca-ción y preparase para el relevo. Pero toda-vía, los miércoles y los viernes de cada se-mana, Yamil Bajaire, el nonagenario para-sitólogo que el próximo 22 de agosto, día del Inmaculado Corazón de María, alcanza esa alta cumbre con lucidez y bríos, trabaja el horario completo.

Una anécdota familiar

Otro de los once hermanos de Yamil, Teófilo, también es médico: oftalmólogo. Es el quinto de la docena de vástagos de don David y doña Pura. En el examen teórico de parasitología, con un jurado inte-grado por Ignacio Oñoro, Manuel Rodrí-guez Alvear y su hermano Yamil, Teófilo falló más de lo que acertó en las respuestas al duro cuestionario. Al final, con el alum-no fuera del salón y expectante, Oñoro le preguntó a Yamil: ¿Cuánto le pone usted Bajaire?

–Dos, contestó Yamil.

–Lo felicito, replicó Oñoro. Esa era mi nota. Que se reivindique en el examen práctico.
Ese ha sido Yamil Bajaire. Aparte de científico, educador y caballero, un hombre íntegro.

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