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Los papeles de Múnera volaron...

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Por: Juan Fernando Múnera

Especial para El Universal

Como en la película de Tom Hanks, La Terminal, me encontré sin saber qué hacer en el aeropuerto Tocumen de Panamá. No podía ingresar al país al no tener documento de inmigración, pero tampoco lo podía hacer si regresaba a Colombia, de donde había partido, por carecer del documento de identidad del país. Viernes, 28 de octubre de 2016.

Los absurdos han sido frecuentes en mi vida y no me es extrañó uno más. De cierta manera, me río de ellos y me darían para escribir un libro de cuentos cortos con esas historias. Esta sería una “munerada” más -como dicen mis amigos-, que me traerá gratos recuerdos por las personas que conocí durante esta experiencia y que me confirma que somos más los que estamos dispuestos a ayudar en este planeta. El gran potencial en nuestro interior está dormido y solo basta un toque para despertarlo.

La inmigración siempre es molesta en cualquier país y más con todas las medidas que se han venido implementando en los aeropuertos. Cuando el avión toca tierra estamos pensando en las filas y en el guarda de seguridad que nos espera para la inquisición y dejarnos pasar a nuestro destino. Para todos, siempre habrá un momento en ese trayecto donde el diablillo interno nos siembra la duda de si tendremos algún inconveniente en el camino de salida.

Pues bien, mi aventura comenzó antes de enfrentarme a las colas y a la ventanilla de inmigración. Cuando me disponía a dejar el avión de Copa tomé la chaqueta que había dejado en el compartimento de equipaje y me di cuenta que esta tenía uno de los bolsillos cocidos, un escudo en la solapa, era de una talla mucho mayor a la mía y no tenía la billetera con mi documentación, incluidos el pasaporte y mi cédula y aquí, como dice Rubén Blades en “Decisiones”, comienza la segunda del noveno.

Me devolví al lugar de mi silla a ver si había cometido un error y tomado un saco que no era el mío. Lo único que encontré fueron mis llaves dejadas en el maletero. Recordé haber visto a otro pasajero que, extrañado, tomó unos objetos metálicos y los dejó en este lugar. No cabía duda, mi identidad volaba en el cuerpo de otro y, a partir de ese momento, no tenía como acreditar quién era.

Lo primero que hice fue comunicar a los auxiliares de vuelo lo que sucedía y revisar rápidamente si veía a alguien con un blazer encogido. No tuve ningún resultado positivo y decidí regresar al mostrador de abordaje para que me ayudaran a recuperar mi pertenencia. La impotencia que se tiene en esos momentos es que tú sabes quién eres, pero eso no es procesado por los sistemas; ellos sólo aceptan un documento oficial, físico, en papel.

Con el encargado de la aerolínea buscamos los pasajeros varones que iban cuatro sillas adelante de la mía. Alguno de ellos tenía que portar dos identidades. El computador nos mostró que tenían conexiones a Orlando, Frankfurt y otras ciudades, pero también que algunos se quedaban en Panamá como puerto de destino. Para ese momento los auxiliares de vuelo y la tripulación desembarcaron y empezaron a mirar cómo podían colaborar para solucionar el problema. Decidí correr de la salida 8 a la 6 para encontrar mi otro yo, con el saco en la mano para poder hacer el intercambio. Pasaban los minutos y ya se sumaban los primeros 10. Sabía que el tiempo corría en mi contra.

Mi paso por la salida 6 no arrojó ningún resultado positivo. Di vueltas alrededor de todos los pasajeros que hacían la cola para el abordaje; no encontré a nadie incómodo en su envoltura. Le solicité al jefe del mostrador si podía dar informar sobre el tema, pero esto era imposible según los procedimientos; este caso no estaba en ningún manual y se salía de toda lógica. Después de un tiempo decidí volver al lugar de donde había partido y encontré que todos seguían trabajando en mi tema. Para ese momento el reloj seguía su curso: teníamos 30 minutos desde que habíamos aterrizado.

De regreso a la salida 8, empecé a tejer cómo podía solucionar la situación para no quedarme vagando dentro de la terminal. Una alternativa que consideramos fue la de tener una certificación de la aerolínea sobre lo sucedido para con ella regresar en el próximo vuelo a Bogotá y tener una justificación que me permitiera el paso ante las autoridades de inmigración. No sabíamos si funcionaría, pero se podía intentar. Lo que sí estaba descartado era mi ingreso a Panamá.

Volvimos a repasar en el sistema los ocupantes de las sillas de las filas 29 a la 30 y los lugares de destino. Insistimos en la alternativa de solicitar a los administradores del aeropuerto un anuncio por el altavoz a los pasajeros del vuelo Copa 658 para que revisaran si tenían la prenda equivocada. Triunfamos, se accedió a la solicitud parcialmente para las salas cercanas. Volvió la esperanza, pero, a pesar de la espera, no hubo ningún retorno del fantasma. Para ese momento, los auxiliares de vuelo tenían que partir para hacer la conexión a su vuelo hacia Cancún. Sin embargo, el jefe de cabina, Agustín Carrizo, se convirtió en mi compañero de aventura y protector, al decidir quedarse conmigo y mandar el resto de los auxiliares a atender su vuelo. Él tenía 30 minutos más y ya llevábamos 45 minutos en el periplo.

Agustín me sugirió que lo mejor era ir hasta el Centro de Información de Copa, en la salida 21 y fuimos hacia allí. Las distancias son largas y nuestro caminar era casi un trote porque no había mucho tiempo. Las conexiones las hace Copa en Panamá entre una a dos horas y ya llevábamos 50 minutos. En el camino nos encontramos con Pablo Nicolás Pujol, Capitán del vuelo, quien estaba informado y especulamos con posibles soluciones. Sin embargo, volvimos a mirar el escudo de la chaqueta de mi otro yo. Solo se podía ver un nombre y una pequeña bandera. Entramos a internet y encontramos que el nombre correspondía a un congreso internacional de señalización vial y la pequeña bandera era de Cuba.

Llegamos a la salida 21 y le contamos del problema al encargado del servicio. Necesitábamos mirar si de la fila 24 a la 30 figuraba algún pasajero, hombre, con conexión a Cuba. En la fila 26 había uno a La Habana y el abordaje lo iban a realizar en cinco minutos. Podía ser la persona que estábamos buscando. Pedimos que se llamara al encargado del mostrador en la salida 28, para que citara al pasajero y le contaran de la confusión mientras nosotros corríamos hasta allá, en la punta de la terminal.

Mientras corríamos nos fuimos llenando de razones para creer que esta era la persona y que teníamos la solución. Al llegar mirábamos a todos los hombres con un blazer azul…

Epílogo
Junto al mostrador había un hombre alto, robusto, sonriente y con un blazer azul entallado y que nos hacía señas. Cuando estuve frente a él, con una gran sonrisa me dijo: mi hermano, me dio un gran saludo y sus disculpas. Con el intercambio de prendas y los documentos en mi bolsillo, empezamos el regreso y nos topamos con El Capitán Pujol, que venía también en nuestra ayuda. No puedo terminar sin dar gracias a todos, en especial a Agustín y a Pablo. Por ellos creo hoy más en todos. Por ellos volví a ser Múnera.

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