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Lucho Arrieta, un maestro del acordeón olvidado en Arjona

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En una calle polvorienta del barrio Las Delicias, en el municipio de Arjona, donde el sol parece brillar con más intensidad por el color de la tierra, vive un músico de acordeón que parece haber quedado en la desidia y olvido.

En una sala, de escasos dos metros cuadrados, donde el calor se concentra con la misma fuerza con la que Luis Carlos Arrieta Caballero, a sus 86 años, toca su instrumento. Este maestro ha formado a niños y jóvenes acordeoneros destacados en el “Festival Bolivarense de Acordeón”, de Arjona; y en el “Festival de la Leyenda Vallenata”, en Valledupar.

“Vivo aquí con una hija. Ella en la casa del lado y yo en este apartamentico. Estoy macho solo, a la orden”, indica al tiempo que suelta una carcajada.

No es necesario que lo diga, pero es evidente que es una persona jocosa; o, como se dice en el lenguaje popular, un mamador de gallo. “Me gusta poner 'pereques' a la gente, yo soy así”, afirma enérgicamente.

“Mi arte no se reconoce”
Lucho Arrieta, como se le conoce, nacido en el corregimiento de Las Piedras (San Estanislao de Kostka, Bolívar) y radicado en Arjona desde hace varios años, sobrevive de lo que le dan sus hijos, de lo que gana con su trabajo como técnico de acordeón y de las clases que imparte. Le pagan cinco mil pesos por hora.

“Mi trabajo no ha sido reconocido, mi profesión, mi arte. No tengo ninguna ayuda en este pueblo. Cómo será que ni siquiera tengo subsidio de la tercera edad, porque supuestamente no lo necesito. De Sayco tampoco recibo nada”, dice.

En las paredes de su casa tiene colgados afiches de quienes han sido sus aprendices, entre los que se destacan Dyonnel Velásquez y Ana María Pastrana Zabaleta, del conjunto “Las Diosas del Vallenato”. También cuelga una pequeña placa que le otorgó La Revista Teledique, de Arjona, por su aporte a la formación de nuevos talentos.

“Hace unos días me llamaron de Cali, quieren que vaya a trabajar allá. Por algo será, de pronto soy bueno enseñando… no sé”, cuenta. ¿Modestia o sarcasmo?

Jaime Arrieta, otro reconocido maestro del acordeón en Arjona, cuya escuela se denomina Corporación Amigos del Arte, enfatiza: “La verdad es que Lucho ha sido un señor que sí ha trabajado. A mí el Estado me ha ayudado un poco, no mucho pero sí en cierta medida porque mi escuela está legalizada. Lucho sí se merece un reconocimiento. No todos los que dan clases son maestros, pero él sí lo es y sí ha trabajado. Por ejemplo, yo tuve a Dyonnel, pero él (Lucho) prácticamente fue quien lo pulió y finalmente pasó a la escuela de Andrés 'El Turco' Gil”.

Dyonnel, quien fue su discípulo entre los siete y diez años de edad, considera necesario el apoyo al maestro y a su escuela.

“Él es una persona muy humilde, de buen corazón, dedicado a Dios, tiene mucha paciencia para enseñar a los niños. Es una labor muy bonita la que hace el maestro y al igual que yo hay muchas personas en Arjona que han desarrollado su proyecto musical con él. Es un orgullo para la población tener a este gran personaje que ha contribuido al crecimiento cultural del pueblo”, afirma.

Para demostrar sus dotes, Lucho acomoda su acordeón y toca bolero, tango, polca, guaracha, salsa y otros ritmos. Asegura que todo eso lo aprendió gracias a su papá, Gregorio Arrieta, que también era músico. Su hermano mayor, llamado igual que su padre y a quien le apodaban ‘Goyo’, fue uno de sus primeros maestros.

“Aprendí a tocar el acordeón a los 15 años. Resulta que el hermano mío estaba en la casa y llegaron cuatro muchachas abrazándolo y besándolo. Cuando ellas se fueron, me dijo que todas eran novias de él gracias al acordeón. Desde ese momento dije que quería aprender, y así lo hice. Recuerdo que cuando me equivocaba, ‘Goyo’ me halaba el cabello, eso que le dicen 'las perritas'. No tenía paciencia. Al final, mi papá fue quien me pulió”.

A los 16 años, Lucho dejó de pescar en Las Piedras para aventurarse en el mundo de la música. Reunió dinero para viajar a Valledupar, donde también aprendió técnicas de maestros como Alejo Durán, Luis Enrique Martínez y Colacho Mendoza, entre otros.

Allá en Valledupar, mientras pescaba en el río Cesar, aprovechaba para demostrar su talento y lograr reconocimiento entre los grandes maestros de nuestro folclor.

“Entré a Los Corraleros de Majagual por medio de Eliseo Herrera. Solo duré seis meses. La canción ‘La burrita’, de Eliseo, la toqué en la grabación. Solo duré ese tiempo, porque Calixto Ochoa y Lisandro Meza decían que yo apenas estaba aprendiendo y no se me podía pagar completo, pero me salí por las locuras que tiene uno cuando está pelao (joven)”, refiere mientras hace un esfuerzo fallido en recordar las fechas.

Antes de estar en Los Corraleros de Majagual, una de las mejores agrupaciones que tuvo el Caribe colombiano, formó parte del Conjunto Regional Costeño, a donde regresó para seguir recorriendo los pueblos del país.

Fueron 18 años en los que Lucho estuvo en Valledupar y viajó por Colombia tocando ese instrumento que le llena el alma, pero no el bolsillo.

“En mi tierra no tengo ayuda… no tengo nada. Para esto (compartir su conocimiento con las nuevas generaciones) se necesita una ayuda del Gobierno. Para tener un taller y una escuela, se necesita que el Gobierno aporte algo. Menos mal yo sé arreglar acordeones, porque si no, no tuviera siquiera un acordeón para dar clases”.

“Ahorita tengo como cuatro o cinco alumnos. Necesito dos o tres acordeones para dar clases a los muchachos, pero de dónde. Aquí los políticos, cuando están en campaña, prometen que van a ayudar; y cuando están en su silla, ni lo conocen a uno. Gracias a Dios, estoy medio bien de salud. Lo que no está muy bien es la economía, porque no tengo trabajo. Menos mal que tengo un médico que me estima y me atiende. Estoy sin EPS”, relata.

Por ahora, mientras descubre y prepara a jóvenes acordeoneros que sobresalen en el país, trabaja en sus composiciones y se alista para grabar un disco. No pierde la esperanza de que su talento, además de ser reconocido, sea recompensado para vivir una vejez digna. Y espera que no le pase igual que a Leandro Díaz, como narra en su canción 'El Negativo', que todos le prometieron y nadie cumplió.

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