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Lucho Colombia, un quijote Caribe

Es un ex oficial de la Armada colombiana en uso de buen retiro, que perdió la gracia del mar, y se quedó a soñar  para siempre en tierra firme.

Lo que ha hecho Rolando Pérez a lo largo de su vida, es juntar los deseos dispersos  al pie del mar, y delinear con pulso inspirado de orfebre, los hilos de una aventura  espiritual descomunal, humana y conmovedora a la vez. Nació en Pailitas, Cesar, el 16 de julio de 1960, pero desde once años, encarna el espíritu de emprendimiento de un personaje denominado Lucho Colombia. Comerciante y filántropo, Lucho Colombia es el único verbo que siendo nombre se parece a sus propios deseos.

¿De dónde salió ese personaje? De la plaza de Santo Domingo de Cartagena, en donde Rolando Pérez  sostuvo durante muchos años, espacios de café internet, con dimensión social, capacitando jóvenes de barriadas vulnerables. En los años del Festival de Música del Caribe, apoyó con su almacén de ropa que tenía un nombre singular: Olafo el amargado, a los ganadores del Concurso de Cuento Caribe. Una noche mientras la gente veía en la plaza un espectáculo musical de música llanera, alguien del interior del país, dijo: “Están jodidos los cartageneros presentando esta música cachaca”.

Rolando se acercó al blasfemante, y le aclaró que las músicas regionales tienen su esencia y sabor, y que las diferencias de la nación son un signo de su propia riqueza. Se quedó pensando en cómo los colombianos muchas veces de manera despectiva, anulamos la belleza de las diferencias regionales. Y en vez de juntar esas diferencias, las separamos. O enjuiciamos negativamente. Empezó a crear un personaje que  encarnara esas diferencias culturales. Se desveló pensando en el nombre: Juancho Alpargatas, Toño Mochila, Pepe Sombrero.Y miró el mapa de la nación para armar una vestimenta que fuera una síntesis de lo indígena, lo africano y lo europeo. Al amanecer, el nombre resurgió de sus entrañas: Lucho Colombia. Ese es.

Con su vestimenta simbólica: sombrero vueltiao sinuano, mochila indígena, alpargata, pantalón verde, perrero, pacholón rojo, machete y una bandera de seis metros de alto, 5 metros de largo y 2 metros y medio de ancho, que además de los tres colores nacionales tiene una franja blanca, empezó a recorrer los pueblos más recónditos del Caribe colombiano y el país, tras los festivales folclóricos y culturales de la nación. Regresó a Pailitas una noche de lluvia y sin luz, y llegó hasta la tumba de su madre a ofrendar su nombre, y a recibir su bendición espiritual.

A lo lejos vio venir una luz que parpadeaba hacia él. Era Olga, su hermana mayor que traía un foquito de mano. Desde entonces, el personaje  no cesa de recorrer el país. Fue quien condujo a García Márquez en coche por las calles de Aracataca, cuando el escritor regresó a su tierra, a sus ochenta años. Lucho Colombia llevó coche y caballo desde Cartagena a Aracataca. Son incontables  sus episodios humanos y sus hazañas. Recientemente le agradeció personalmente al papa Francisco en Cartagena,  por ser un verdadero padre para la humanidad. El papa le sonrió y le bendijo.

Nostalgia de la aldea
En Pailitas duermen sus padres bajo la tierra: Pablo Elí Pérez Bayona, comerciante independiente, “un hombre muy serio, el papá más rígido de Pailitas”, dice riéndose.  Y su madre Rosa Elisa Pérez Durán, una santandereana férrea y aguerrida, que un día la tumbó una mula cuando iba a la finca, y se entablilló los brazos con la madera de las cajitas de tomates. Es el penúltimo de seis hermanos, de los cuales solo quedan cuatro hermanas. Lucho Colombia dice que ha resistido el peso de su bandera de paz hasta nueve horas, como en el entierro de Joe Arroyo o en la noche de guacherna en el Carnaval de Barranquilla, en el más exigente río humano que se desborda por las calles. “Solo allí supe que tenía un dolor nuevo en las uñas de las manos de tanto llevar la bandera, pero con amor nada te cansa”, dice riéndose.

La filosofía de Lucho
Lucho Colombia se parece a Rolando Pérez en que no bebe ni fuma,  y es prácticamente un vegetariano.  Un hombre sano y creyente, amoroso y servicial, ambientalista y espiritual, que cree fervientemente en la riqueza de la naturaleza y del ser colombiano, y piensa que la “salud del planeta es la alegría de Dios. Vivimos dentro del cuerpo de Dios. El planeta es una célula de Dios.
Ha convivido con los guardianes del universo en lo alto de la Sierra Nevada de Santa Marta, en el resguardo indígena de los Zenúes, y en el palenque de San Basilio. Ha sido condecorado por los mismos palenqueros con un tamborcito sagrado en miniatura que evoca a los inmensos pechiches que se tocan acostados porque son muy altos. Ha sido condecorado en Cartagena con honores,y ha tenido el privilegio de que García Márquez le dijera: “Lo que tú pretendes no es fácil. No estás tratando con peritas en dulce. Pero no sueltes a Lucho Colombia”. También Rafael Escalona lo invitó a su casa y decidió comer con él en el mismo plato. Y David Sánchez Juliao. Y tantos personajes de la cultura local y nacional.

El viaje de un quijote
En noviembre de 2017 y hasta diciembre de 2019, Lucho Colombia emprenderá una aventura de dos años por las distintas regiones del país, y países vecinos, llevando en su vehículo que ha llamado Mi conciencia, la memoria cultural de las distintas regiones.

La capota de su  Ford ha sido pintada por 14 artistas de Cartagena, entre los que se cuentan, Bertel, Tarriba, Quintero, Luna,  Suárez, Cañate, Palencia. Estupiñán. De Voz, Loaiza, entre otros. Dentro de su vehículo lleva una biblioteca de la cultura colombiana,  poemas de Raúl Gómez Jattin y Ñaña Agámez, tanques de agua para los lugares desérticos, sombreros, camisetas, alpargatas, pulseras, souvenires de la cultura colombiana, y la película “La amistad”, que presentará como pedagogía de sensibilización y reconciliación en varios lugares.

Epílogo
En cada estación, Lucho Colombia hará presentaciones culturales y propiciará intercambios humanos, artísticos y ambientalistas. Y hará memoria de paisajes y seres humanos. El quijote ondea su bandera.



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