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Luz Rosalba Del Río: una historia de esperanza para Navidad

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En una sociedad donde cada vez son menos los referentes para imitar o para admirar por sus calidades humanas, no deja de sorprender que todavía haya seres como Luz Rosalba Del Río, una mujer de 79 años que parece no importunarle los golpes que le ha dado la vida, incluida la muerte de su único hijo. O las tres trombosis que la han sorprendido. O las tres cirugías que le han practicado. O la rotura de su cadera. La fe la mantiene viva.

Luz Rosalba, o Lucha, como le dicen sus amigos y su abnegado esposo, Óscar Medina, está lisiada en una cama desde hace seis meses cuando durante una caída se fracturó la cadera. Debido a su edad no se le pudo operar. Antes de ese accidente, si bien no caminaba, se defendía sentada en una silla de ruedas.

Después de varios días de hospitalización contra su voluntad (no le gustan los hospitales),  regresó a su casa, pero para acostarse en su cama. Sin embargo, eso no le impide reír, cantar y hablar del inagotable y poderoso amor de Dios, representado en su hijo Jesús, ahora acostado en el pesebre, símbolo de la Navidad que para ella significa el comienzo de la vida y del amor.

Lucha tiene sus extremidades deformadas por las tres trombosis que ha padecido y que le han diezmado sus fuerzas físicas. Extrañamente,  lo que nunca se le ha atrofiado es su mente, la cual mantiene intacta, al punto que sigue recordando aquel hecho de cuando tenía 12 años, el cual le marcaría el derrotero que seguiría en la vida, marcado por el amor a Dios y por todo lo que eso representara.

Hace un año perdió a su único hijo, Óscar de Jesús, el que siempre soñó y por el cual vivió. Criado en un hogar católico, el niño, el joven y el adulto se inclinaron por la vida religiosa, ordenándose como sacerdote. Perteneció a la comunidad salesiana. Un día cualquiera enfermó y, después de varios días hospitalizado, falleció.

Sin embargo, y pese a su dolor de madre, Lucha se sobrepuso. Más pudo su fe.

“El único dueño de la vida es Dios. No niego que lloré, pero también me consolé. La vida de Óscar de Jesús nos dio muchas alegrías y signos de Dios. Figúrese que el mismo día que él se ordenó como sacerdote, murió mi mamá. Durante la ceremonia sentí una dicha tan grande, que todos se quedaron asombrados. Sentí que me elevé al cielo. Cuando yo oraba pidiendo un hijo le decía al Señor que me diera uno que no lo fuera a ofender, que si veía que iba a ser un problema, que mejor no me diera nada, y así fue. Por eso es que yo les digo a todos que se entreguen a Dios para que sientan la mejor experiencia de la vida.

“El sufrimiento purifica, es doloroso por lo que se pasa, pero nuestro sufrimiento no se equipara en nada al que sufrió Jesús en la cruz, a donde llegó por nuestros pecados. No se quejen, entréguenle todo a Él. Vivan la Navidad como lo que es: la fiesta de la familia. Es el nacer de Jesús para nosotros. La vida es demasiado bonita”, dice la mujer que permanece acompañada por un Niño Dios, figura que siempre tiene a su lado y con quien habla de todo lo que le pasa en la vida, como si se tratara de otro ser humano. “Es que el Señor a todo le presta atención. Él no olvida nada”.

El Niño Dios

Lucha, desde los 12 años, se reconoce como una ferviente creyente en el amor de Dios, el cual descubrió desde aquel día cuando a esa edad, una monja le pidió ayuda para armar un pesebre, en su natal Turbaco. De esa época para acá no recuerda haber dejado de armar su pesebre, aunque en un principio lo hiciera con lo que podía conseguir para adornarlo, como los pedazos de cartón con los que el año siguiente armó su primer Nacimiento, dado que sus papás no tenían lo recursos para comprarle uno.

“Fue un enamoramiento a primera vista con el Señor. Desde esa época hasta mis días nunca he dejado de armar el pesebre y de evangelizar sobre su importancia en la familia, a pesar que el diablo me busca y me va quitando todo lo que más quiero, pero allí está el amor de Dios”.

“Para mí el pesebre es la mayor muestra de humildad y pobreza que nos dejó Dios. La vida es sencilla, el que le ha puesto vanidad es el hombre.

Este Niño Dios que tengo a mi lado lo tengo desde siempre. Con Él hablo y con Él me desahogo, y no me importa que me digan que estoy loca.

“Para que vea cómo hablo con Él, una vez que estaba comiendo pescado se me atravesó una espina en la garganta, y enseguida Óscar, a quien sí le gusta cargarme para donde el médico (risas), me llevó a la clínica y me hospitalizaron. Yo entonces, hablando con el Niño Dios le dije: papito, oíste… y que me van  a operar. Sentí que Él se sonrió. Cuando el médico me volvió a examinar, no encontró nada y me dijo: ‘esto es una gracia de Dios porque usted no sabe ni lo que le íbamos a hacer’. ¿Se dan cuenta? Lo que pasa es que el diablo busca la forma de embromarlo a uno”, dice riéndose.

“Hay que llegar a la profundidad del amor de Dios porque si no, uno se cae. Hay que saber que pidas lo que pidas, Dios te lo va a dar, pero hay que apartarse de aquello que no es de Dios, dejar aquello que no le agrada.

“En todas mis enfermedades siempre le digo: Dios, tú eres el creador de la medicina y por eso siempre lo primero que hago es consultarle a Él. Pero hay que ser consciente  de que cuando se pide hay que saber esperar, porque Dios actúa, pero en su tiempo”.

Hoy la sala de su casa está ocupada con el pesebre que por años ha ido alimentando con figuras para simular a Belén y sus alrededores y el cual comienza a armar desde antes de llegar diciembre. Ni siquiera en el duelo por la muerte de su hijo lo dejó de armar.

Después de seis meses tirada en la cama, se le levantó, con la ayuda de una silla de ruedas, solo para salir a ver su pesebre y ordenar los últimos toques, secundada por su esposo Óscar.

De frase en frase, Luz Rosalba Del Río va dejando enseñanzas de vida, aun para las personas que no tienen fe. 

Y la verdad es que con fe o sin ella, no hay que desconocer que en la vida de esta mujer debe haber algo más que las meras fuerzas físicas. No de otra forma se entiende que una persona en su situación, tan diezmada físicamente, sea capaz de hablar y reírse como ella.

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