Marcos construye un nuevo camino para los jóvenes de La Esperanza

18 de diciembre de 2016 12:00 AM

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Cuando el maltrato y el dolor avasallan a un niño, solo un milagro puede salvarlo. Este milagro se llama Marcos Lambis Julio y tiene 35 años.

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Vea, yo sé lo que es acostarse sin comer, sé lo que es el rechazo, el dolor y el resentimiento desde niño. Sé lo que es pagar los platos rotos sin haberlos partido.

Cuando niño fui maltratado por mi papá, cualquier ira se la quitaba conmigo y eso abrió heridas que solo provocaron vengarme. Siempre estuve apartado, nunca tuve amigos, al crecer no tuve novia.

En una época quise bloquear mi pasado pero fue imposible. La hostilidad era constante. No quería vivir. Intenté suicidarme ocho veces: tomé pastillas, cloro y en últimas intenté tirarme a un carro.

Ahí llegó un ángel, una señora me habló del amor de Dios y yo acepté. Empecé a estudiar teología y a hablarles de Dios a otros, pero en mí seguía esa sensación de odio hacia mi papá.

Aburido, un día decidí matarlo y le puse veneno a su comida. Por mi mente pasaban momentos de mi niñez cuando papá mató mis sueños, mi inocencia…y ese día, ese día llegó borracho partiendo todo en la casa, agrediendo a mi mamá y a mis hermanos. Al llegar a la cocina se acercó al plato de comida donde le había puesto el veneno y también lo tiró. No murió.

En ese momento ya era adolescente y entendí que tenía un problema en el alma. Que no había dejado atrás las heridas que me había causado la falta de amor de mi padre. Y mi dolor en el alma se reflejó en mi cuerpo porque me descubrieron dos válvulas tapadas en el corazón, no podía ver bien, prácticamente los médicos me desahuciaron.

Vea, le cuento que yo me levanté de las cenizas como el ave fénix. Dios me sanó, ya no hay válvula tapada y veo perfectamente…me salvó para ayudar a salvar a quien lo necesita.

Empecé en Marialabaja, mi tierra natal, pero hoy estoy aquí curando heridas.

En El Hoyo...
Marcos está pisando suelo pesado. Está en El Hoyo, sector de La Esperanza. Aquí está de pie, con las uñas, sin tanta parla y sin tanta bulla, con el apoyo de un equipo de personas al que también ha empoderado para que trabajen con él.
Aquí hay gente humilde, honrada, trabajadora; pero también es una especie de centro de acopio de personas asociales. Aquí habita desde personas de la calle hasta expendedores de droga. 

Este hombre está de pie al principio de la calle contándome cómo, muchas veces a la fuerza, ha logrado salvar a jóvenes adictos a la droga.
“Nos hemos metido en los hogares sin permiso, eso es lo que ha revolucionado este entorno. Un drogadicto jamás te va a dejar entrar a su casa y toca entrar a la fuerza, obviamente, con estrategias que nos han dado buenos resultados, la clave es hacerlos sentir amados”, explica Marcos.

Es tan cruel la situación que las víctimas no reconocen que tienen un problema y, como sostiene el líder social, el primer paso para cambiar es admitir que hay un problema.

Tiene jóvenes que han sido rescatados de la misma “nada”, que comían basura, pedían y robaban para| drogarse. Los levantó de la calle, bañó, vistió, les dio comida y fuera de eso, ayuda a sus familias.

Rescatarlos tampoco ha sido “soplar y hacer botella”. Muchas veces se ha enfrentado a gritos, atracos y golpes de las mismas familias; es que la droga, como dice Marcos, se mete por la puerta de atrás y arrasa con todo: la familia, las finanzas, el cuerpo, la dignidad y en últimas, la vida.

En El hoyo les ha tocado romper la frontera invisible. Han sentado a los líderes de La Candelaria con los de El Hoyo, y han llegado a acuerdos.

“Hoy, varios de estos hogares han sido restaurados con solo hacerles entender que sí se puede, que aun cuando se toca fondo, hay oportunidad de salir a flote. Muchos de ellos están hoy trabajando, ayudando en sus casas y valorando a sus familias”, detalla Marcos. 

Aunque no lo dijo en su relato, a Marcos Lambis desde niño le gustó ayudar a otros. Entre sus vecinos, él era el de los mandados, el de las tareas pequeñas. Encontró en ayudar, la forma de salir de su calvario.

Fue creciendo y empezó a vivir la fe en Dios, según dice, eso cambió la manera de ver a su padre. Se dedicó a servir en Marialabaja y por un bonito accidente llegó hasta La Esperanza, a convertirse en una luz para el camino de muchos. Tiene 25 familias a cargo.

“No le puedo decir que todo es perfecto por aquí, porque hasta enemistades nos hemos ganado, pero quiero decirle que la calle del Géminis, el callejón El Bolsillo y El Hoyo respiran un nuevo aire de paz”, cuenta feliz. 

Marcos, aquel niño infeliz por el que pocos daban un peso, es la causa de que muchos jóvenes hayan cambiado el pavimento callejero, por el humilde colchón de sus hogares, un colchón tal vez sucio y desgastado, que les ha devuelto la esperanza, la vida.

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