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Mercedes, la diosa de Gabo

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La vio por primera vez a sus nueve años en un viaje de vacaciones en Magangué. Y se acercó a ella cuatro años después, en uno de los bailes de vacaciones que hizo Cayetano Gentile en Sucre. El joven Gabriel García Márquez le dijo, sin voz, bailamos y no se sabía si era una pregunta o una decisión, y la muchacha de cabellos negros y ojos egipcios que estaba al otro extremo de él, en la pista de baile de aquel patio, dijo sí sin hablar, como si alguien más allá de la noche y del tiempo, le dijera sí a ese muchacho delgado, de cabello negro  y cejas de turco.

Nacida el 6 de noviembre de 1932, en Magangué (Bolívar), Mercedes Barcha había heredado de sus antepasados egipcios por línea paterna, una impavidez frente al mundo. Era como si se hubieran puesto de acuerdo, incluso, para mantener una larga espera sostenida a punta de cartas desde Europa, y reconfirmarle su decisión planteada sin pudor aquella noche: “Cásate conmigo”.

“Desde los doce años supe que jamás escaparía de aquel muchacho tímido”, diría Mercedes Barcha Pardo en 1981. Intuitiva y resuelta como los personajes femeninos de sus libros, ella ha sido definitiva en el destino de la casa y del escritor. Alguna vez le pregunté si había deseado tener una hija y que nombre elegiría y no demoró en responderme que el nombre elegido era Virginia, en homenaje a Virginia Woolf, la más grande novelista del siglo XX, la célebre autora de La señora Dalloway, del cual Gabo utilizó el personaje Septimus como seudónimo de sus inolvidables Jirafas. Gabo nos dijo que él no sería el mismo en la manera de escribir si no hubiera leído a Virginia Woolf alguna vez.

La joven Mercedes estudió el primero y segundo de bachillerato en el Sagrado Corazónde Jesús en 1947 y 1948 en Mompox. Participó en un concurso intercolegiado der ensayos sobre el río Magdalena y su texto “Importancia del río Magdalena”,  fue seleccionado entre los tres primeros y  publicado en “Ecos del Pinillos” en 1947. Era una alumna sobresaliente, pero reprobaba paradójicamente Geografía. Viviendo en Mompox compartió habitación con su amiga Margarita Chica (Ángela Vicario). Los fines de semana visitaba la residencia de los acudientes de su amiga, donde Aurita Peña de Trespalacios. En las vacaciones de diciembre, su novio Gabriel García Márquez se encontraba con ella en su tránsito de Mompox a Sucre (Sucre), y con sus amigos Margarita Chica y Cayetano Gentile (Santiago Nasar).

Mercedes Barcha, la verdadera reina de Gabriel García Márquez, a quien dedicó El amor en los tiempos del cólera, no olvidaría jamás la ávida delgadez de aquel traficante de sueños, que le había pedido su mano, con la irresistible certidumbre que no sería tan solo la muchacha que había elegido en una fiesta de sábado, sino la muchacha de toda la vida.

Esa mujer misteriosa y cálida, se adelantaba temprano a llevarle su rosa amarilla al escritor antes que empezara a hilvanar las primeras palabras. Y era ella, la que preservaba su intimidad y su horario habitual de creación, con una respuesta enfática: “Está escribiendo ahora”.  Él  mismo rehuía a la amenaza de la distracción telefónica y al asedio de cualquier persona en esas seis horas de escritura.  Gracias a ella, García Márquez se sentó dieciocho meses, día a día, a escribir Cien años de soledad, de 9 a 3 de la tarde, mientras Mercedes ponía la casa en orden, empeñaba todo lo que había que empeñar mientras Gabo escribía el libro que según él, se leería más que Don Quijote. “Sin Mercedes no habría llegado a escribir el libro”, confesó Gabo.

La pareja errante mantuvo a lo largo de más de cinco  décadas, una complicidad alrededor de la creación literaria. Fue ella la que soportó al  genio que se despertaba a las tres de la madrugada asaltado por una metáfora. Y fue ella, la que tuvo  la paciencia de escucharle los sueños y la gestación de todos sus libros.

Lo único cierto es que de todos los personajes que conoció García Márquez a largo de su vida, nadie lo sorprendió y hechizó con tanta intensidad y sorpresa como Mercedes Barcha, su esposa. Ella fue su heroína de carne y hueso.

Las cenizas de Gabo
Liviana como las hojas que caen en el patio de su casa, está Mercedes, vestida con una bata blanca mexicana, bordada con diminutas flores de colores. Sostiene un cigarrillo y delinea con precisión impecable,  con “la sigilosa belleza de una serpiente del Nilo” y el encanto que hechizó a García Márquez desde que ella tenía nueve años, las previsiones del porvenir. Mercedes ha sido así toda la vida desde que se casó con él en 1958 hasta su partida en 2014. No deja un hilo suelto. Desde mucho antes del Jueves Santo de su muerte, ya tenía inventariado el archivo personal del escritor en setenta y ocho cajas que contenían veinticuatro mil páginas de documentos, que hoy reposan en la Universidad de Texas, en Austin, y que la humanidad puede ver y leer, para adivinar los intersticios de la genialidad y el proceso creativo del escritor.

Junto con sus hijos Rodrigo y Gonzalo, llegó a la revelación de que las cenizas de Gabriel García Márquez debían reposar en el antiguo Claustro de la Merced, a pocos pasos de su casa, en donde se juntaría el espíritu del escritor con la de sus ancestros y  la memoria de sus propios personajes. En un pedestal de dos metros con veinte centímetros, encontraremos la mirada profunda del busto del escritor forjado en bronce por la escultora británica Katie Murray. Para llegar allí solo hay que cruzar por una rampa llena de flores y mosaicos árabes,  en donde cantará la lluvia en la penumbra, gracias a  un drenaje con flujo de agua, arquitectura diseñada por Gloria Patricia Martínez Vacca, para evocar al autor de Cien años de soledad.La Universidad de Cartagena, que tuvo al escritor como alumno efímero de su facultad de Derecho, asumió la obra colosal, junto a la iniciativa de la Biblioteca Gabriel García Márquez, la Cátedra que perpetúa el conocimiento de su vida y obra, y la adecuación de auditorios que llevan el nombre de sus personajes.        
Un día el nombre de los dos: Gabriel y Mercedes estará allí en un lugar innombrable y sereno como un murmullo de aguas,  un día ella será la imagen que él vio y describió en las últimas dos páginas de sus memorias, aquella muchacha que “parecía una estatua  en el portal, esbelta y lejana, y puntual en la moda del año con un vestido verde de encajes dorados, el cabello cortado como alas de golondrinas y la quietud intensa de quien espera a alguien que no ha de llegar”.
Gustavo Tatis Guerra

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Comentarios

Btavo... Bien escrito

Btavo... Bien escrito

No mas Gabo

Jodas ya esta bueno dejen a gabo quieto, a este señor lo tienen endiosado, y eso que nunca hizo nada por colombia ni por su tierra natal, toda su fortuna se la gasto en mexico, cuba y venezuela, averiguen por que salio huyendo de colombia...era simpatizante de la guerrilla, era malagente y ahora dizque las cenizas en cartagena, no señor esas cenizas que se las lleven a mexico alli estan mejore, su tierra natal no tiene ni agua ni luz, que tal!!!!!!!!