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Mi maestra Ana Josefa cumplió cien años

Le dijo a sus hijos y nietos que quería celebrar sus cien años mirando el mar de Coveñas. Ana Josefa Espinosa nació en la calle de las Flores, en Turbaco, el 15 de abril de 1917. 

Ha cumplido cien años, con la fortaleza, la lucidez memoriosa y la  ternura  que tuvo para enseñarle a leer y a escribir a más de tres generaciones de bolivarenses y sinuanos. Fue ella junto a su hermana Aminta, quienes me enseñaron a leer a escribir en el Jardín Infantil de Montería en los años sesenta.

“Aminta me dijo que debías pasar del quínder a primero de elemental”, me dice mi profesora Ana Josefa, a la que todos en casa llaman cariñosamente “Chefo”. “Eras muy bueno en español y pésimo en matemáticas”, dice riéndose.

Ana Josefa busca sus gafas para leer, pero su mirada es transparente y poderosa. Aún ensarta el hilo en la aguja, y se sienta a ver por televisión series y películas, que ve con devoción, y tiene siempre a la mano un libro, además de la Biblia.

Es una disciplinada lectora que disfruta además de la música de cuerdas, y de la música tradicional del Caribe colombiano. Sus predilectos son los porros. “El día que uno deja de bailar es porque se ha empezado a envejecer”, dice riéndose.

“Es increíble pero Silvia Mendoza, quien creó ese Jardín Infantil, mi hermana Aminta y la profesora Nora Nieto, que también te dieron clases, murieron. De ese jardín la única profesora que sobrevive soy yo. ¡Ah! Y mis alumnos: tú, unos niños de apellido Berrocal Revueltas que estaban contigo en el salón, otro de apellido Parra, Cabrales, Puche, Saéz, Serpa , y había otros dos niños, uno de apellido francés, Deschamps; y otro de apellido italiano, Bianchi.

Ya el Jardín Infantil, que tenía una enorme pajarera bajo la sombra de una parra, no está. El patio donde tú jugabas a ‘la lleva’, tampoco está. Y miro hacia atrás, y veo un gran camposanto, pero la vida es bella a pesar de todo. La clave que yo he tenido para durar es no mortificarme por nada.

Leo la Biblia, los salmos que son preciosos, me encanta escuchar los viejos porros de la época de Pedro Laza y sus pelayeros, y como toda la comida sinuana y costeña, sin ningún problema. Me encanta el sancocho, la carne asada, los fríjoles, la sopa no debe faltar cada día. No sufro de nada y estoy en mis cabales. Yo empecé enseñando aquí en Turbaco, y nos fuimos mi hermana y yo para Montería a la casa de mi tío Guillermo Espinosa, en la calle 41. Silva Mendoza nos acogió y nos vinculó como profesoras del Jardín Infantil.

Soy la mayor de diez hermanos. Pero cinco han fallecido: Abraham, Aminta, Jorge, Rafael y Evelia. Quedamos de las mujeres: Elvina, Rebeca que es monja, y yo. De los hombres viven: Edilberto y Pedro.

De la Cartagena de mi juventud recuerdo a Toño Fuentes, el pionero de la radiodifusión y líder en empresas disqueras, un hombre delgado, alto, muy alto, quien nos detenía en la calle para contarnos historias. Leía mucho y tocaba una guitarra hawaiana que nos encantaba a las muchachas de la época.

También recuerdo a Daniel Lemaitre, el poeta e industrial, un hombre blanco, elegante, fino. Mi padre, Abraham Espinosa,había sido capataz de su finca en Coloncito. Lo recuerdo montado a caballo viendo los trapiches. Eran los tiempos de su porro “Sebastián, rómpete el cuero”, que tanto bailábamos.

La época de Pedro Laza y el porro “Pié Pelúo”, compuesto por Clímaco Sarmiento pero tocado por Laza. Mi hermano Pedro Espinosa bailaba perfecto esos porros con mi hermana Aminta. A Adolfo Mejía no lo tratamos, pero sí escuchamos su música y lo veíamos caminando por las calles del Centro de Cartagena.

Eran tiempos en que uno podía subir al cerro de la Popa y regresar por “los caminos tramposos”. Recuerdo que para los días de la fiesta de la Candelaria, nos quedábamos a dormir en un pequeño albergue que alquilaban para todos aquellos que querían amanecer para el 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria. Eso estaba muy arborizado. Ahora, ni sombra. El Salto del Cabrón era una belleza arborizada.

La procesión era por la tarde y bajábamos del cerro el 2 de febrero. La vida era muy diferente en aquellos días. Manga, un barrio que inauguró Dionisio Jiménez, era un barrio tan aristocrático que recuerdo que en las casas había claraboyas en las cocinas para que la serdidumbre no llegara a la sala a servir la comida, sino que la entregaba por allí.

En Turbaco vivíamos sin luz, iluminados con linternas de querosene y con una planta que trajo al pueblo Augusto del Río. Eran las noches de los fantasmas que salían después que todo el mundo estaba dormido. El caballo sin cabeza dejó de aparecer apenas vino la luz eléctrica. Nunca he tenido miedo a nada y mucho menos a los fantasmas. Veo televisión, películas y leo muchísimos libros de literatura.

Tardes de béisbol
Nos gustaba ver jugar béisbol cuando éramos jóvenes. Una vez vinieron varios peloteros cubanos a jugar en Cartagena, y uno de ellos, Joe Rodríguez, estaba muy interesado en mi hermana Aminta.

Y un tal Victoriano se había fijado en mí. Aquello no prosperó. Victoriano era moreno, no era muy galante conmigo, pero sí muy preparado. Nunca más supimos de ellos. Mi hermana y yo seguimos viendo partidos de béisbol. Nos hicimos amigos de nuestros héroes locales: el gran Carlos “Petaca” Rodríguez.

El gran Chita Miranda. No sabemos por qué el béisbol, que era la tradición, se perdió y pasó al fútbol.

El arte de la paciencia
La paciencia, creo, es el arte de los educadores. En ese salón donde tú estabas había tantos niños de distintas familias y orígenes y culturas. Recuerdo que un día llegó Alianza para el Progreso a Montería, y hasta el Jardín Infantil llegó la leche Klim repartida en camiones.

Y cucharitas que tenían la imagen de una llama olímpica. Eran los días en que llegaba a Colombia el Papa Pablo VI. Fueron años inolvidables para mí. La paciencia para enseñar a un niño a descubrir las letras del alfabeto, y conocer la pasión por la lectura, es el premio que recibimos. Sigo siendo la pedagoga silenciosa junto a mis siete nietos y mos catorce biznietos.

Epílogo
Ana Josefa dice que se prepara para ver el mar, la ilusión de cien años. “Quién lo creyera”, me dice. “Llegar a mis cien años y sentarme contigo después de tantos años y recordar al niño silencioso en su pupitre, concentrado, mirando las letras, el mismo que ahora me devuelve poemas”.

Ana Josefa se ríe ahora mientras compartimos el pudín de sus cien años. Y escuchamos juntos con su hija Ofelia, sus sobrinos y familiares, la vieja música que aún vive en su alma: algo de Pedro Laza, Jorge Villamil, Garzón y Collazos. Supe que mi maestra de primaria vivía en Cartagena, gracias a sus sobrinos: Marcela y Luis Germán.

Desde hacía años estaba tras sus pasos para recordar aquellos días. Mi sorpresa es verla con su memoria prodigiosa, iluminándome pasajes vividos en el antiguo y desaparecido Jardín Infantil donde hice mi primaria. Ahora ella me abraza, y su abrazo adelgaza el paso del tiempo en sus pupilas.

 

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