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Miguel Burgos y el arte que empezó en un arrozal

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Todo empezó en aquella remota mañana en el corazón de un sembradío de arroz, muy cerca de la aldea natal de  San Bernardo del Viento,  en el país de los zenúes.

El niño Miguel Burgos, el hijo de Alexander y María Ramos - dos campesinos- le pusieron un machete en la mano para que fuera a recoger la cosecha y a despejar las hierbas en medio de aquella tierra anaranjada y recalentada al sol del verano.

El niño cogió el machete y empezó a dibujar con la punta afilada, las primeras sombras de luz en medio de las espigas y la soledad de las hormigas rojas. Nada impidió su destino de artista, pese al deseo de su padre de que fuera un sembrador de arroz como sus ancestros. Siguió pintando el arrozal en la tierra y en los muros con los primeros achiotes del invierno, y han pasado tantos años, con el ímpetu de un ventarrón entre los surcos,  y sigue intacto con la misma fiebre de pintar, en el arrozal inagotable de sus sueños, ahora en Cartagena, egresado en Artes Plásticas en la Institución Universitaria Bellas Artes de Cartagena.

Este pastor de nubes que es Miguel Burgos, el que vino al mundo el 7 de octubre de 1975, nos sorprende otra vez, luego de exponer en París,  en 2015, su serie La otra orilla, sobre la Cartagena de los dos mundos abismales,  los de la pobreza y la riqueza extrema.

LA OTRA SELVA VIRGEN

La serie que presenta en este abril de 2016 es un Caribe que se desborda en sus orillas y en sus secretos abisales. No solo en el paisaje natural exuberante y enigmático, sino el otro paisaje de la figura humana, la mujer que sale de la tierra, entre las hojas de la selva virgen. Hace unos años la mujer era solo una premonición, una sombra de luz en medio de los manglares. En su tesis de grado en Bellas Artes de Cartagena hizo una serie de manglares pintados sobre plásticos reciclados e industriales, y los exhibió al sol de Puerto Duro, como una provocación, Junto a las pinturas había una reserva de mangles recién nacidos para ser sembrados y cuidados y multiplicados.

Los que veían la exposición podían llevarse los pequeños manglares con la condición  de sembrarlos en sus lugares de origen. En el corazón de los manglares pintados y los manglares mutilados y amenazados por la sinrazón humana, el artista dibujó el torno de una mujer-mangle con su cabellera de raíces flotantes. Tocar o destrozar un mangle era como cercenar la belleza de una diosa ancestral. Era vulnerar el parpadeo de los pájaros y las tenazas de los cangrejos. Las mujeres sugeridas en la penumbra de los mangles, han vuelto a aparecer en estas pinturas en su magnitud estética. Mujeres mulatas, indígenas, mestizas, que tienen el esplendor de una naturaleza virgen en medio del infierno de las ciudades.

Por un instante, estas mujeres evocan a  las jóvenes elegidas por Gauguin, deslumbrado en su propia isla, pero es la mirada de este artista del Sinú  y del Caribe, el que explora nuevos senderos en su entorno.

Están en primer plano en su espléndida desnudez con el bosque virgen al fondo, salpicado del brillo solar entre la espesura. No habitan un paisaje, un escenario: ellas son el paisaje. Líneas y volúmenes de luz en contraste con un arcoíris que se desliza por la piel y el aire.

LAS CRIATURAS ABISALES

También están las criaturas de las aguas profundas, los pájaros de los caños contaminados y del mar amurallado, y está el corazón silencioso y palpitante de la ciudad como testigo, como una sombra entre el esplendor y la decadencia.

La suya es una pintura  que descifra el paisaje conjugado con la ferocidad humana, el Caribe adentro y afuera, como una ofrenda entre piedras y olas.

EPÍLOGO

Al regresar a su aldea después de exponer en París, Miguel Burgos fue a recorrer los lejanos patios de su infancia en los arrozales de su padre. Encontró las puertas donde dibujó por primera vez un caballo y un horizonte entre las espigas de arroz. Volvió a reencontrarse con el impulso inicial que lo llevó a convertir el machete en un pincel. Vio el camino de la cosecha y los pájaros disputándose el tierno sabor de las  primeras espigas. Amarillo en la cola del patio y en el corazón del arrozal. Amarillo en el arrozal del lienzo en blanco. Azul derramado en la otra orilla del patio. Azul derramado en la otra orilla del lienzo. Blanco al fondo del horizonte en San Bernardo del Viento. Blanco en el lienzo virgen.

El padre comprendió en el tiempo que la siembra había sido buena.   El pincel de Miguel Burgos es un machete afilado para dibujar y pintar,  con la sabiduría de quien ha sabido escuchar y ver las formas mutantes y vivientes del Caribe, que fluyen ante sus ojos.

El padre afiló el machete en la piedra y sonrió con la picardía de otro niño entre los arrozales.

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