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Mujeres “escobitas”: Las guerreras de la limpieza

Se les conocen como “escobitas” y tienen la responsabilidad de que en las zonas en las que les corresponde limpiar todo permanezca tan reluciente como una tacita de té.

Al comienzo eran solo unas pocas, de un tiempo para acá el número de mujeres en este oficio ha ascendido significativamente y es que el amor que le ponen estas guerreras a su profesión les ha permitido abrirse campo en un trabajo pensado tradicionalmente para los hombres.

Una de las veteranas en este oficio es Rocío Ribero Ramírez, una madre cabeza de familia, quien después de “tocar la miseria” logró mejorar su calidad de vida y la de su familia por medio de este empleo.

“Nunca había padecido la miseria como en aquella época, fue horrible, no tenía absolutamente nada y para colmo de males la casa en que la que vivía en El Pozón era de madera y se inundaba todo el tiempo”, expresa Rocío, de 40 años de edad.

Afirma que una tarde, en medio de su desesperación, le oró a Dios y le pidió con lágrimas en sus ojos que la sacara de esa situación, que ya no podía más. Y por medio de una visión él se le manifestó y le mostró su nuevo empleo.

“Llegué recomendada por el de allá arriba, cómo no me iban a dar ese empleo. Fue algo celestial, yo le decía a Dios que me auxiliara, que ya no tenía fuerzas y a través de una visión llegué a la empresa y me dieron el empleo directamente, fue una bendición”, relata la operaria.

Pronto se cumplen 5 años de haber llegado al consorcio de aseo Pacaribe, durante este tiempo aprendió a amar su trabajo y ha entregarse cien por ciento, según ella, así se tratan los regalos celestiales.



La reina de la casa

En su hogar la ven como una heroína, su esposo es su admirador número uno. Él se queda en la casa cuidando de los niños y manteniendo todo en orden, mientras ella sale a trabajar.

El esposo de Rocío tiene una discapacidad visual que no le permite conseguir fácilmente trabajo pero según Rocío el amor que le ofrece a su familia trasciende su ceguera.

Cuando ella llega a la casa, después de una jornada de trabajo, que incluye limpiar las zonas de Las Gaviotas, Chiquinquirá y Villa Rosita, él la consiente y en medio de la sencillez en la que viven le concede todos sus gustos.

“Mi esposo me admira mucho y mi hija me ve como su heroína. Él me consiente, me quita los zapatos, me lleva la comida, es un hombre muy pendiente de mi, me ve como una mujer muy fuerte”, dice, visiblemente emocionada, Ribero Ramírez.

Rocío por su trayectoria y experiencia ha capacitado a otras operarias, una de ellas es Liliana Salgado Arteaga, quien a sus 26 años desea seguirle los pasos a su tutora.

Liliana se encontraba desempleada desde hace un tiempo, ya no contaba con su esposo porque él también quedó sin trabajo. Todo parecía estar saliendo mal en la vida de la joven operaria, sin embargo, lo único que tenía claro era que no se iba a dejar vencer por los problemas y hallaría el modo de sacar adelante a su familia.



Por medio de su comadre llevó la hoja de vida a Pacaribe y al poco tiempo la llamaron a decirle que el puesto era suyo y que Rocío sería su entrenadora.

Han sido múltiples los acontecimientos que le han sucedido en sus dos meses como novata pero tiene la convicción de que pronto será una de las mejores porque tiene a su favor las ganas y la voluntad para así lograrlo.

“Yo me la gozo en mi trabajo, siempre hay algo con que entretenerse. Lo que más disfruto es el contacto directo con la gente que se comporta muy cariñosa conmigo”, dice Liliana.

Esta “escobita” debe despertarse como tarde todos los días a las 3:30 de la madrugada ya que vive en Bayunca y su jornada de trabajo se inicia antes de las 6, cuando deben preparar todos los elementos de trabajo y de seguridad que exige la empresa.

Luego de que se les hace entrega de la pala, la escoba, el rastrillo y las bolsas de plástico se les da otro material de seguridad como tapabocas y guantes, así mismo, las botas y el uniforme. Posteriormente se les asigna un área de trabajo.

Lo que más le ha costado trabajo hasta el momento es la arena, cuando llueve es muy difícil removerla con el rastrillo: “el mejor clima para trabajar es el cálido porque cuando llueve se ‘putea’ la zona”.

Los días en que la temperatura es más alta resultan más engorrosos para la operaria, sin embargo, pensar en sus hijos, en su esposo y en lo orgullosa que se siente de sí misma por haber tomado las riendas de su hogar la hacen retomar las fuerzas para seguir.

“Después que llego a la casa la primera persona en recibirme es mi hijo, él me espera con un abrazo enorme, eso reanima a cualquier persona”, expresa sonriendo Salgado Arteaga.

El caso de Adriana Nuñez, otra de las operarias, no dista mucho del de sus compañeras. También estaba desempleada y desde hacía mucho tiempo no aportaba económicamente en su hogar, el sueldo de su esposo no alcanzaba para suplir los gastos de su familia.

Decidió entonces colaborar y pidió trabajo en la misma entidad, a ella también le dieron el empleo y ya lleva 8 meses siendo “escobita” en el Centro Histórico.

Asegura que adora su trabajo, le encanta el ambiente del Centro y la posibilidad de conocer gente que admire y valore su labor.

“Ay, yo vivía encerrada en mi casa, me ha tocado una zona excelente, la gente se me acerca y siento que me admiran, eso es lo que más me gusta de mi trabajo. Además de todo mi marido está muy alegre porque ya no soy una carga y le ayudo con los gastos”, dice Adriana.

Entre las cosas más curiosas que le ha tocado recoger en las calles están los animales muertos. Las tres operarias les ha tocado embolsar perros, gatos, palomas, entre otros.

Todas coinciden en que con amor, entrega y responsabilidad cualquier labor por tediosa y difícil que parezca puede ser llevadera y gratificante. Consideran que este trabajo fue la bendición por medio de la cual lograron mejorar su calidad de vida y por eso se esfuerzan por hacerlo mejor cada día.

“De este trabajo me gusta todo, me encanta servirle a la gente y me agrada más aun que los usuarios se sientan conformes con el servicio que les presto”, concluyó Rocío Ribera Ramírez, en representación de sus compañeras.

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