Myriam De Lourdes: Una artista sin pelos en la lengua

02 de diciembre de 2012 12:01 AM

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Encantadora e irreverente, así es Myriam De Lourdes, una actriz que a sus 54 años hace según ella “lo que le viene en gana”. 
Nació y creció en una familia de la sociedad cartagenera con ciertos privilegios, que le impedían ser y hacer lo que quería, como dedicarse de lleno a la actuación.
Se enfrentó a su propia familia para cumplir su sueño de ser actriz, y lo logró. Ha trabajado en producciones inolvidables como Café con aroma de mujer,  Padres e hijos, Guajira, y otras más recientes como Tierra de cantores, Amor de carnaval y Rafael Orozco, el ídolo.
El sitio escogido por ella misma para esta entrevista fue la casa de su maestra, Mami Juyi, en el barrio Bocagrande, su lugar favorito para estar cada vez que viene a Cartagena.   
Myriam es una gran conversadora. Hablamos por más de una hora; y, si fuera por ella, habríamos tardado, por lo menos, unas tres más. Tiene un mundo de historias divertidas por contar. Casi todas son en relación con su familia y lo poco que encajaba en su vida social.
Sin pudor alguno se refirió a lo poco que la apoyó su familia en su sueño de ser actriz, en especial su padre, el capitán de navío, Gerardo Rodríguez, a quien le causó en más de una ocasión dolores de cabeza por su singular manera de actuar.
¿Cómo era el teatro cuando usted empezó?
Era de rigor, de cultura y teníamos que aprendernos todo en relación con las artes escénicas para podernos graduar, entonces Mami Juyi (su maestra), nos enseñó desde historia del teatro hasta cómo coser el vestuario. Bailamos danza clásica y danza folclórica. Debíamos saber cantar, interpretar un instrumento, conocer del espacio escénico, todo lo relacionado con luces, tramoya y sonido. Es decir, lo que llaman actores integrales(Risas).
¿Por qué se le hace tan gracioso?
Me da mucha risa, porque aquí llaman actores integrales a los que saben cantar, bailar y supuestamente actuar, pero en Colombia no existen escuelas como la que nosotros tuvimos, donde en realidad nos formaban como artistas en todo el sentido de la palabra.
¿Qué tanto han cambiado los tiempos?
     Sí hay un abismo entre lo que era nuestra formación de actores y la de hoy totalmente. Al visitar todas las instancias del teatro también se aprende a escribir, a improvisar  y a dirigir. Eso se lo digo a mis alumnos todos los días. Todos conocemos el proceso de Protagonistas de novelas, el daño emocional que se le hace a estos chicos que los endiosan en dos meses y salen convencidos de que son estrellas. Una vez los contratan con el canal, los mandan a una novela y, cómo no son actores, lo hacen muy mal, y aquel endiosamiento se derrumba y estos chicos ya no encuentran espacios y los masacran. Imagínate lo que es para ellos subir como palmas y bajar como cocos en una tierra como Bogotá, donde el coco se rompe más fácil.
     Entonces, ¿cómo ve las nuevas escuelas de formación actoral?
Hay un poco de irresponsabilidad en la docencia teatral y una enorme confusión en las personas que tienen alguna inclinación artística y creen que ser actor es salir en las revistas, firmar autógrafos y ganar mucho dinero, cuando la profesión del artista no tiene nada que ver con eso. Los artistas somos entes comunicadores por excelencia y siempre tendremos la necesidad de contar cosas, de emitir mensajes, de contarle a la gente. De hecho, el teatro en su origen es político, es social.
¿En qué momento decide que quiere ser actriz?
El artista nace artista. Sin embargo, la sociedad cartagenera de mi época era una sociedad todavía muy ligada al clasismo, al pergamino, los abolengos, los apellidos y siempre aspiraban a que uno se casara con un príncipe. Entonces nos educaban en glamour, protocolo y etiqueta de rigor y, como adorno, la niña debía bailar ballet, danza española con castañuelas y, no es un chiste, salíamos en la Fiestas de la Candelaria en los carruajes como unas majas. Pero ese era un adorno que se ejercía dentro de casa, porque si tú ejercías el canto u otro arte, era vulgar.
  Es decir, ¿sus padres no estaban de acuerdo en que fuera artista?
  Creo que mis padres me educaron desde los 4 años para que fuera artista, pero en el momento que quise serlo realmente, ¡tragedia!. A los 16 años que me fui a estudiar a Bogotá hice mi primera aparición en televisión, que curiosamente no fue actuando, fue cantando. Recuerdo que al otro día estaba mi padre en la puerta de la universidad diciéndome que no quería ni vagabundas, ni coristas en la familia, porque ser artista en esa época era muy fuerte. Se pensaba que la mujer que se dedicara a este oficio se volvía puta; y los hombres, maricones. Y no había alternativa, porque el medio está totalmente satanizado  y estigmatizado, de modo que yo siendo una niña, la cédula era hasta los 21, y dependiendo de mis padres, me tocó decirle a mi padre: ‘sí señor, ya nunca más’.
     Y entonces, ¿cómo hizo?
      Me quedé en Bogotá, queriéndome regresar todos los días de mi vida. Extrañaba el mar, la gente, así pasaron 40 años. Entré a la televisión detrás de cámaras. Nadie sabía que yo era actriz. Ya tenía 3 hijos, tenía 27 años, y mi papá todavía me decía que él no quería eso para mi vida. Carolina, mi hija, entró a Pequeños gigantes, y yo ayudaba a la directora en producción, a coser el vestuario, en las giras. Ingresé a Caracol como asistente de dirección de Kepa Amuchastegui, y nadie sabía que yo era actriz. Pero el papá de Verónica Orozco y Ana María, Luis Fernando Orozco, había sido uno de mis maestros. Este señor, durante la novela de Gallito Ramírez, me vio y me dijo que estaba feliz de verme actuar. Le expliqué que estaba detrás de cámaras y él le dijo a toda la producción que yo era actriz. De modo que en esa novela hice un extra con parlamento, que ahora lo llaman figurante. Me pusieron unos zapatos de charol, que sonaban muchísimo, y me tocaba en la escena llevar los tintos, que sonaban todavía más. Fue un sufrimiento que nunca olvidaré. Aparte, como yo venía del teatro, no tenía idea de cámaras. Yo era feliz en el espacio y me salía del cuadro todo el tiempo.
     ¿Cuál fue su primer protagónico?
     Fue en Jeremías, mujeres mías, donde actué junto a mi hija Carolina.
     -¿Por qué cuando viene a Cartagena, se queda en la casa de su maestra?
     Porque me encanta este lugar. Mami Juyi fue la mujer que más educó, a título personal, en toda la historia de Colombia; y, a pesar que yo hace 2 años vine y le hice un documental para contarle al mundo quién fue mi maestra, todavía no se le ha hecho un verdadero reconocimiento.   Fue condecorada hasta por el presidente Kennedy. Es miembro de la Real Academia Española, es alcaldesa vitalicia de Cartagena y ratificada dos veces. Nadie sabe eso. Tal vez si mi maestra se hubiera ido para Bogotá, no existirían Fanny Mickey, ni Gloria Zea, sino como un tercer escalón, porque ella tendría que tener el primero.
     Hábleme de sus hijos
Tengo 3 hijos: Lina, también es actriz, ahora está dedicada a la política; Carolina, que empezó junto a Lina en Pequeños gigantes; el tercero es Joaquín, que es periodista, y músico. Todo el mundo salió contaminado.
¿Nunca le interesó ser Señorita Bolívar?
Esa fue otra tragedia. El señor Augusto de Pombo, que fue también Gobernador de Bolívar, y director de la Universidad Jorge Tadeo Lozano,  era el presidente del Club de Castillogrande en ese momento. Él escribía por decreto quién era la reina del año; y, yo siempre fui un poco rebelde, ya era actriz, el día de mi presentación en sociedad, que fue obligada, me nombraron Miss Bolívar, y yo muy decentemente cogí el micrófono y les dije que no me interesaba, que eso me parecía una feria de ganado donde le miraban el anca a las mujeres. Las fotos no mienten, muestran lo felices que llegaron mis padres y cómo se fueron de enojados por lo que hice.
¿Cómo hacía para llevar la fiesta en paz con su familia, sin dejar de ser quien es?
Yo no respondía a sus expectativas, para ellos fue muy doloroso, y lo entiendo, porque es algo cultural. Ellos pensarían que esta niña le salió rara. Nunca tuve problemas de clasismo. Yo nací en Cartagena, porque aquí tenía que nacer, pero siempre amé los bajos fondos. El único que me quería como yo era, era mi primo, Fabián De la Espriella. Y es que nosotros sabíamos portarnos muy bien en el Club Cartagena; sabíamos para qué servían los 10 tenedores que le ponen a uno en la mesa, pero nos gozábamos yendo a comer  fritos en la plaza de Turbaco y bailar con picó en la calle. Así que eran contrastes que a mi familia no le agradaban mucho. Ellos hubieran preferido que yo me casara con un niño bien de Cartagena, que me engordara y jugara cartas. Ese era el futuro que ellos querían para mí, que fuera Miss Bolívar. Bueno, lo fui por cinco minutos (Risas).  
¿Usted pinta?
No soy pintora. Pinto mis garabatos. Me considero escritora. Allí siento que he avanzado, pero me fascina pintar. Pinto en el piso como los ‘pelaitos’.
¿Admira algún pintor en particular?
Tuve la fortuna de compartir mucho con el maestro Enrique Grau, y siempre me maravilló su pintura. Pero también la locura de Obregón. Creo que yo soy más por ahí.
¿Cuál fue el último libro que se leyó?
Hay un libro maravilloso que se llama Más Platón y menos Prosaz.  Habla de cómo en la antigüedad los filósofos resolvieron tantos conflictos. Es un poco una sátira contra de la industria farmacéutica.
¿Qué opina de los actores que un día están en televisión, otro en cine y al siguiente en teatro?
Es perfecto. Ese es otro error. Me da risa, porque hay academias para actuación en televisión, en teatro. El actor es uno solo. El que es actor, es actor. Cambia el medio, pero tú no. Tus herramientas de trabajo, tu cuerpo y tu voz, siempre serán al servicio de un personaje y la mesura variará en cuanto tengamos un director que te indique.
¿En cuál de esos formatos se siente más cómoda?
La mamá es el teatro, porque ahí es donde te formas como actor. Donde te conoces a ti mismo, y a tu cuerpo. En toda mi carrera como docente he trabajado la formación en el teatro. Es lo que más adoro. Y como soy un poco reacia a la farándula, amo el teatro. Aunque la televisión me ha regalado enormes personajes.
La hemos visto interpretando papeles de costeña. ¿Le gusta?
Me encanta, pero nunca me ofrecían papeles de costeña, siendo yo de acá. La gente en la calle me decía: ‘La felicito, cómo hace usted de bien el acento’. Yo estaba afectada, creían que era cachaca. Ya llevo: Oye bonita, Tierra de cantores y Amor de carnaval; y ahora estoy interpretando una maravilla, la mamá de Rafael Orozco; y eso está quedando de muerte.
¿Qué es lo mejor de tener 54 años?
-Todo, a mí me encanta cumplir años. No le tengo miedo a la vejez, a las arrugas, las manchas, las pecas, ni a la menopausia, ni a nada. Le digo a mis hijos: ‘prepárense que el hilo dental va a caminar por la playa cuando tenga 80 años’, porque yo no vivo para los demás. Me visto como se me da la gana y hago lo que quiero.
En serio, ¿no le da miedo envejecer?
-No. Creo que la gente tiene que enamorarse de lo que lo que yo soy como ser humano y eso lo van a ver en mis ojos siempre. A mí me gustan mis años. Ahora recuerdo la vez que puse en Facebook las fotos de mi cumpleaños 50, que fue una fiesta con carpa de circo, a la que asistió Jorge Cárdenas, Andrés Cepeda y otros músicos, que son los amigos de mi hija. Una nómina de artistas qué mejor dicho... no había billete de otro modo para pagarla.
Mis amigas estaban enojadísimas conmigo. Ellas me dijeron que se quedaron en los 45, y que yo era la más pequeña del curso, que la gente se iba a poner a sacar cuentas.
Finalmente, ¿está saliendo con alguien?
-Estoy disfrutando de mi soledad. Yo empecé a criar hijos a los 19 años. Entonces, como la gente dice que la soledad es horrorosa, yo pensaba lo mismo, pero no ha sido así. Ha sido una etapa donde he podido pintar mucho, escribir mucho y me di cuenta que soy divertida, que no me aburro sola. Nunca le he cerrado la puerta al amor. Si llega, chévere; y, si no, pues también. Creo que hago menos concesiones ahora que antes. Entonces, quizás por eso no tengo novio.

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