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¡No sea usted tan embustero!

Por Hernán Pimienta Vásquez.

 

En casi todos los pueblos de la Costa Caribe encontramos unos personajes singulares, reconocidos por lo exagerados y cómo no decirlo, por embusteros.

El término utilizado por la literatura médica para definir a estos inventores de realidades es “mitómanos”. En San Jacinto hay muchos, pero se rescata uno: Miguel Vásquez Caro. “Migue”, como le dicen, es un campesino de 67 años de edad, que miente hasta con su apariencia, pues parece tener a lo sumo unos 50 años.
De andar apresurado, cara sonriente y gran vitalidad, está arriba en el “ranking” de embusteros, según comentan quienes lo conocen.
Vive cerca de la cancha La Bajera junto a Gladis, su mujer, sus hijos y nietos. A la gente del pueblo le encanta escuchar sus anécdotas y el sitio preferido para hacerlo es el pretil de la casa de los Ruiz Castellar. Ideal para sentarse, pues durante todo el día, los rayos del sol no le pegan directamente, así que permanece “fresquito”.
Cuando va a empezar su historia, se instala delante de todos los oyentes, como director de orquesta, y sentado, como alumno en pupitre, el público se prepara para escucharlo.
“La semana pasada”, empieza, “me fui a trabajar a la parcela y lo primero que hice al bajarme del burro fue prender el fogón para hacerme un tinto. Después que estuvo me tomé una totuma grande y la ollita la colgué en la cabeza de una palma del rancho para cuando volviera a bajar. Como a las once, cuando ya veía estrellitas y el hambre me estaba trajinando, bajé al rancho. Fui a coger la ollita del café para calentarlo y cuando veo es que adentro hay una tremenda mapaná como de cuatro metros de largo”.

“¿En la olla del café?”, pregunta alguien.

¿Qué tiene de raro?, dice a la vez Migue, “mira esa mapaná es una de las más grandes que he visto en mi vida. Cuando se metió entre los matorrales eso se oía cómo se iban rompiendo las ramas debajo de ese culebrón. Tras, tras, tras.

Y esa mapaná estaba brava, porque a mí se me olvidó el azúcar y el café estaba amargo, macho como el carajo. Cuando esa mapaná llegó a lo alto de la montaña volteó la cabeza y me gritó, ¡tanta azúcar en el Ingenio Pichichí!”

“¿Te habló la mapaná?”, pregunta otro.

“Sí, pero ellas no le hablan a todo el mundo”, responde.

“¿Los animales hablan?”

“Claro que sí. Si leyeran más sabrían que una burra le habló a un profeta de esos que mientan en la Biblia. Es más, un día vengo del monte, como a las once y media de la mañana, montado en la burra y cuando voy pasando veo un burro garañón, amarrado en un matarratón. Ese burro apenas se percató de la burra empezó a rebuznar y a halar del cáñamo. Yo creía que se iba a soltar el condenado. Y el bellaco tenía el instrumento lleno de tierra porque le arrastraba hasta el suelo. La burra cuando lo vio dijo como Amparo Grisales: ´¡Ay, me ericé!´”

El público suelta la risa.

Los domingos, cuando Migue toma un descanso de sus duras labores agrícolas, se baña y se viste temprano para irse a la calle a conversar con sus amistades. Si pasa por la casa de los Ruiz, bueno... ya sabemos lo que pasa.
Incluso, una vez estaban unos veinte hombres sentados y una señora que se podría comparar con la señora cachiporra de la canción de Aníbal Velásquez, les gritó “¡Eso es lo que les gusta, flojos, así quieren pasar, con las chácaras frías!”. Ese sector es conocido en San Jacinto como Chácara fría.
Migue, sonriente, sigue...

“Oigan, eso en Venezuela si está malo. La gente del hambre se come hasta los zapatos. Hace años cuando yo me fui para allá uno jugaba con la plata. Yo recogía perlas en el Lago de Maracaibo. Una lancha me llevaba hasta la mitad del lago y yo me metía como a trescientos metros de profundidad”.
“¿Con equipo de buceo?”, lo interrumpen.

“No señor”, se irrita Migue. “Yo bajaba a pleno pulmón y demoraba hasta media hora bajo el agua recogiendo perlas. Todos los días llenaba varios costales”.
“Eso es embusteeee”... murmuran en grupo.

Las conversaciones con Migue siempre terminan abruptamente cuando alguien grita “eso es embusteee”, porque no hay nada que lo ofenda más que lo tilden de embustero. Cuando eso pasa coge su camino furioso, con las manos en los bolsillos y esperando a que su público lo extrañe.
Al día siguiente se le olvida la ofensa.

De las historias y las mentiras...

Un mitómano es esa persona que miente de manera compulsiva y patológica, alternado la realidad para hacerla más soportable.
Muchos se resisten a creer en el Arca de Noé. Podría pensarse que es imposible que una pareja de cada uno de los animales que pueblan la tierra, haya entrado en una caja de madera rectangular, con las medidas aproximadas de 134,0 metros, por 22,5 metros por 13,5 metros, algo más de 40.000 metros cúbicos (Dato tomado de “Perspicacia para entender las escrituras”, donde se explican en medida en “codos” del área del Arca de Noé).

Homero, poeta épico griego, autor de La Ilíada y La Odisea, encaja perfectamente en la definición de mitómano, pues sus obras están llenas de hazañas, que escuchadas hoy serían nada creíbles.

Incluso, en la literatura infantil hay un personaje reconocido por decir mentiras: Pinocho. Al célebre muñeco de madera, elaborado por su padre, Gepetto, se le crece la nariz cada vez que dice una.

Aquella persona que miente, lo hace para escapar de un castigo merecido, beneficiarse a expensas de otros, o conseguir o mantener ciertas ventajas, recompensas materiales, o alabanzas de los hombres. Pero los “mitómanos de pueblo” no lo hacen movidos por ninguna de estas razones.
Y ¿qué razones tienen para exagerar? sabrá Dios.
Pero lo que sí es cierto es que en los pueblos de esta cálida Costa Caribe, sus habitantes agradecen por estos seres, raros especímenes, que hacen que a diario, se escuche a lo lejos un “te vas a llevá un planazo”.
 

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