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Nostalgia de la pelota caliente

Alejandro Lián es otra de las glorias del béisbol de Bolívar. Su astucia y su decisión deportiva hicieron de él un jugador valioso en la historia beisbolera de Colombia.

En junio próximo llega a sus 70 años con recuerdos maravillosos de la época dorada, en la que los asistentes al estadio Once de Noviembre –siempre lleno- lo ovacionaban, esperanzados en ver una de sus hazañas para sacar adelante el partido.
Nació en Cartagena, en el barrio Espinal. A los ocho años se interesó en el béisbol callejero hasta integrar la selección Bolívar Juvenil, a los 14 años. Dos años después ingresó a la Armada Nacional y paralelamente desarrolló su carrera exitosa como beisbolista amateur. Es pensionado de Colpuertos, vive en Villa Sandra, es padre de nueve hijos en tres hogares diferentes, de los cuales sólo conserva el que tiene con su esposa, Adalgiza Julio, a la que conoció a los 12 años, por ser hija de un arbitro central de béisbol y con quien se casó a los 22 años.
Con 23 kilos de más, ya no es el hombre esbelto que lucía orgulloso los uniformes de todos los equipos a los que representó, incluyendo las selecciones de Bolívar y Colombia. Sin embargo, conserva esa risita picara y reiterativa con la que conquistaba a las fans.
En su oficina del estadio de sóftbol Argemiro Bermúdez, del que es el administrador desde 1998, Alejandro Lián, “El Ciego”, “El hombre de Hierro”, concedió esta entrevista a El Universal.

¿Qué logros obtuvo en el béisbol estando en la Armada?
-Al principio, la Armada no tenía equipo, tenía oficiales a los que les gustaba el deporte y me dejaban practicar y jugar en el equipo Aguila.
Estando en la Armada fui seleccionado en el 62 por el técnico Antonio “Manía” Torres para hacer parte del representativo de Colombia en la serie mundial de Kingston (Jamaica), donde fui el mejor infield del campeonato.
En el año 64, las Fuerzas Armadas sacaron su propio equipo, en el que estuve hasta el año 68. Ese año, la Armada y Conastil, que era una empresa asociada, se pusieron de acuerdo para sacar un equipo en conjunto, que quedó llamándose Conastil y yo pasé a ese equipo hasta el año 74, cuando me retiré de la Base Naval.

Usted también fue boxeador. ¿Cómo fue esa fusión del béisbol y el boxeo?
-Era un deportista completo.

Pero ¿qué tal le fue en el boxeo?
-(Risas). En el boxeo no me fue excelente, no tenía carácter para eso. Tuve un hermano campeón, que representó varias veces a Colombia, Elías “Dinamita” Lián.

¿Cuánto duró en ese deporte y cómo fue su retiro del cuadrilátero?
-Había ganado casi 15 peleas y fui a pelear una vez a Montería (risas), me tocó un boxeador zurdo, difícil. No podía darle y él me daba en el ojo, en el ojo y en el ojo, y yo sentía cómo ese ojo se me iba inflamando (risas) y cuando llegó el momento, le di y lo mandé al piso. El hombre intentó pararse y yo lo rematé con una “patá”. Imagínese me iba a dar otra vez en el ojo. Perdí la pelea, me sancionaron, etc. En el boxeo duré apenas cinco años. Me retiré y seguí en el béisbol.

¿Por qué no estuvo en el mundial del 65 en Colombia?
-(Risas). Porque tuve una pequeña indisciplina en un nacional de Medellín, en el año 64, y me suspendieron por un año del béisbol. Resulta que Víctor y Alberto Barrios y dos más, que no se cayeron con nosotros, nos volamos del hotel en el que estabamos concentrados para irnos a festejar con unas amiguitas y da la casualidad que en la pieza que dormía yo, dormía uno de los técnicos (risas) y me sintió llegar como a las 4 de la madrugada. Nos suspendieron por un año.

La serie de Dominicana la mencionó el señor Abel Leal en la entrevista publicada el domingo pasado como su primera serie mundial, ¿fue ahí donde se conocieron?
-No, ya nos conocíamos desde Barranquilla, en el año 58, cuando él estuvo prestando el servicio en el Batallón Popa. Habíamos tenido la oportunidad de estar en el mismo terreno de juego, defendiendo equipos diferentes. Para esa serie en Dominicana ya éramos amigos, uno de mis mejores amigos ha sido él.

¿En qué posición jugaba usted?
-Yo era el utility, es decir, jugaba en todas las posiciones. Esperaba que alguien fallara para asumir su posición.

¿A usted no lo metían de entrada al juego?
-A veces, pero yo era más suplente. Todo técnico debe tener un utility en su equipo, listo para usarlo en el momento debido. Además en esa época había jugadores de calidad, claro que yo me sentía de calidad, también, pero en el campo nada más podían estar nueve. Eso sí, cuando salía al campo tenía carisma y hacía mis méritos.

A usted le apodaron el “Hombre de Hierro” porque le gustaba que el pitcher lo golpeara con la bola. ¿Por qué hacia eso?
-Eso era una viveza mía porque en el béisbol al pitcher se le castiga si golpea el cuerpo del bateador con la bola. La sanción es otorgarle automáticamente la base a ese pelotero. Cuando el equipo estaba perdiendo o empatado y yo salía a batear recurría a esa estrategia. La base me la tenía que ganar como fuera, así que yo me paraba en el plato dispuesto a ofender con palabras obscenas al pitcher para que él cogiera rabia y me lanzara la pelota con intenciones de golpearme.
Una vez en Tampa (Estados Unidos), un gringo lanzó y me dio en el bate y yo me tiré al suelo, rapidito me pegué en la frente con el casco y me quejé enseguida con el arbitro y ganamos la base. (Risas).

¿Cómo hizo para ofender al gringo, si usted no habla inglés?
-(Risas). Ese fue un chiripazo, un lanzamiento descontrolado del gringo que yo aproveché.

Cuándo salió de la Armada ¿cómo entró a Colpuertos?
-Eso fue todo un suceso porque aquí (en Cartagena) había un pique permanente entre los equipos de Conastil y Colpuertos. Conastil era el coco de Colpuertos, siempre le ganábamos. En Colpuertos estaba de subgerente, el doctor Raymundo Vélez Botet, quien tenía el concepto de que yo era el que siempre le hacia el daño al equipo de Colpuertos, así que cuando se enteró de que yo me había retirado de la Armada me contrató enseguida para Colpuertos como supervisor de transporte y con ese mismo cargo duré doce años.

¿Usted es pensionado de Colpuertos?
-Sí. Me dieron la pensión a los 50 años. La Armada no da jubilación, otorga es un sueldo de retiro conforme a un ahorro que uno hace durante los años en los que estuvo activo, en los cuales le descuentan a uno un 8% del salario.

¿Cómo fue recibido su ingreso por los jugadores de Colpuertos?
-Abel (Leal), por ejemplo, se molestó porque creía que yo iba de técnico, dijo que si yo era el técnico, él no jugaba y así lo hizo hasta que supo que yo nada más iba como jugador. Para Conastil fue un daño grande, no volvieron a ganarle a Colpuertos. Es más, el primer juego fue Colpuertos contra Conastil y le ganamos diez carreras a una. Colpuertos quedó campeón ese año.

¿Cuál era su mejor jugada, con la que más se ganaba el respeto del público?
-El “squeeze play”. Esa es una jugada suicida, es la jugada más difícil que hay. El corredor que está en tercera arranca a correr hacia el plato antes de que el pelotero que está en turno batee y ese pelotero no puede fallar porque le cogen el out al corredor.
Esa jugada la hice, por ejemplo, en un campeonato en México y le ganamos a Venezuela, 1 a 0. En Cali también lo hice contra Puerto Rico y en otras series, igualmente. A mí me gustaba la pelea, yo tenía ese defecto, me gustaba que cuando yo saliera a batear me chuliaran para callarles la boca (risas).

Cuénteme la anécdota que hizo que el locutor Napoleón Perea (fallecido) lo apodara “El Ciego”.
-(Risas). Estaba en la Armada y jugaba en el Águila. Me operaron de carnosidad en ambos ojos y a los dos días jugó el Aguila contra Getsemaní. Yo estaba interno en el Hospital Naval e impaciente porque por la radio sabía que Águila iba perdiendo 2 a 0. Me volé del hospital y me fui para el estadio, y como el técnico, “El Capi” Castillo, ni los jugadores sabían que yo estaba operado, me pusieron a batear. Arreglé el partido de una vez, hice tres dobles y ganamos el juego 6 a 5.
La suerte no me acompañó del todo porque el enfermero del hospital escuchó mi nombre por la radio, se dirigió a la habitación y en vez de a mí, encontró unas almohadas tapadas con una sábana. Eso me costó dos días en una celda, en el mismo hospital.

¿Qué otra anécdota, así fuera de lo normal, recuerda con entusiasmo?
-(Risas). Para la final del departamental en el 68, el gobernador le dio la orden al comandante que el equipo de la base no se presentara y yo desobedecí esa orden a cuenta de todo riesgo, llevé al equipo y con apoyo del presidente de la liga abrimos las puertas con la excusa de que era para que el público entrará gratis, pero era para que los jugadores se metieran camuflados porque la policía militar no los dejaba entrar. El comandante se puso tan furioso que fue al estadio, pero no le quedó de otra que dejarnos jugar porque todo el público estaba pendiente de él. Esa vez quedamos campeones de la serie departamental y recuperamos después el título nacional en el Nacional de Córdoba.

¿Cómo pasó de jugador a técnico?
-Yo siempre fui el capitán en los equipos, la mano derecha de los técnicos y aprendí mucho de ellos. El primer equipo que me contrató como técnico fue Colchones Barakat. Al año, en el 77, Colpuertos me llamó para ser el técnico, esa vez quedamos subcampeones, ya que me entregaron el equipo en la mitad de la serie con muchos hombres lesionados.

Finalmente ¿llegó a ser técnico de Abel Leal?
-Claro, es más yo llegué a ser técnico de las selecciones de Bolívar y de Colombia, en varios campeonatos en los que estuvo Abel. En el 82 quedamos de campeones en un nacional que se jugó en Medellín.

¿Por qué se retiró del béisbol siendo ya técnico?
-Me retiré en el 88, siendo técnico de Bolívar, porque en unos juegos nacionales en Montería perdimos la medalla de oro. Jugamos mal. Cuando veníamos de regreso en el bus, los jugadores venían como si nada, tranquilos, pidiendo su comida, su aguardiente y cuando llegamos a Lorica no aguanté más, le dije al delegado que yo me quedaba ahí y no volví más al equipo, me retiré.

¿En qué momento, usted empezó a sentir que la pasión del béisbol se moría en Cartagena?
-La pasión está viva todavía. El día que se vuelva a presentar un espectáculo beisbolero, la gente vuelve al estadio,

¿Qué hace falta para eso?
-Que el Gobierno Nacional mire más hacia la Costa. Fíjese en el estadio de Béisbol, tantos años que tiene. Y ya que llegamos a ese punto, me gustaría que esto lo publicara en letra grande. No es lógico que ningún medio haya dicho nada desde que nos quitaron el único estadio juvenil que teníamos. Allí construyeron la pista atlética para los juegos centroamericanos, con el compromiso de que el estadio juvenil lo iban a reponer en unos predios que tiene el Colegio Inem, con un presupuesto de $1.000 millones y no han hecho nada. El terreno está enmontado.
Esa es una razón poderosa, aquí no tenemos campo donde practicar béisbol, usted sigue el niño hasta prejunior en el Mono Judas y ahí se pierde el jugador porque no hay diamante juvenil donde desarrollar el deportista. El muchacho se va para el fútbol o el sóftbol. Otro punto es que le salió un enemigo pequeño y gigante, al mismo tiempo, que es el sóftbol, el cual como es un deporte fácil de jugar (las bases son más cerca, la bola más grande), los directivos de las empresas grandes lo apoyan y a la vez lo juegan de manera recreativa.

¿Le hubiera gustado jugar en Grandes Ligas?
-Era otra época en la que los jugadores estabamos pendientes a la jubilación que obtendríamos con nuestro trabajo. De lo que sí estoy seguro es de que si fuera en esta época, todos los que vivimos esos años dorados, Daniel Blanco, José Ignacio Padilla, Abel Leal, Humberto Bayuelo, Luis Gaviria, Pompeyo Llamas, estuviéramos en Grandes Ligas porque teníamos las capacidades.

¿Usted fue también mujeriego como algunos de sus compañeros de época?
-(Risas). Bueno, siempre. Tengo nueve hijos, con mi esposa y con otras dos señoras. Tuve una juventud muy loca, hoy en día no se la recomiendo a nadie porque cuando el padre es responsable, no hay plata que duré. Gracias a Dios pude educar a todos mis hijos, todos son profesionales.

¿Era todo un conquistador, usted?
-(Risas). Eso lo da la fama. Era un machismo que hoy me doy cuenta que no lleva a nada.

¿Y cómo hacía para volársele a su esposa?
-Yo tenía la ventaja de que en todos los trabajos que tuve hacia turnos de noche. Cuando me retiré de Colpuertos trabajé en las Empresas Públicas y allá también hacía turno de noche, así que yo decía en la casa que tenía turno y me iba para otra parte.

Cuando ve las fotos de antaño con esa figura esbelta que usted tenía, ¿qué siente?
-Mucho guayabo. Ahora me miro en el espejo y no veo nada. Imagínese a estas alturas qué muchacha se va a fijar en mí. Me dirán viejo pipón. (Risas).

Entonces, ¿usted no se ha compuesto todavía?
-(Risas) Sí... Ya estoy más quieto porque a esta edad las amigas se acercan es para sacarle plata a uno y a mí no me ordeñan fácilmente.

Echando un vistazo hacia atrás, ¿qué cosas no repetiría en su vida?
-El desorden con las mujeres. Tener hijos fuera del matrimonio es difícil. En mi caso me daba duro cuando yo estaba con mis hijos y ya debía irme para mi casa y los niños me preguntaban: ¿Papi, ya te vas? Eso me partía por dentro. Muchas veces esperaba a que ellos se durmieran para irme, pero a medida que van creciendo, uno se va quedando sin justificaciones.

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