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Nostalgia de un oro invisible

Bajo el sigilo del tiempo detenido en el agua, Caño del Loro ha vivido una historia dramática de carencias y olvidos.

Ni oro ni loros. No ha habido poder humano que prefiera ahora llamar al pueblo con su nombre romántico y evocativo de sus antiguos hornos coloniales de fundición de oro, porque desde el siglo XIX todos lo llaman así: Caño del Loro. Así lo describe el historiador Donaldo Bossa Herazo en su libro Nomenclator cartagenero. Hay varias referencias a Caño del Loro en los Anales de la Historia del Estado de Bolívar, de Ezequiel Corrales. Pero su historia está unida al heroismo silencioso y a la tragedia. Allí funcionó un leprocomio que dividía y fragmentaba a todo el pueblo: eran los mismos leprosos que alguna vez estuvieron en el Cerro de San Lázaro. Los leprosos eran un pueblo aparte: iglesia, baños, parques, cementerio. Todo eso fue bombardeado y destruido bajo la dictadura de Rojas Pinilla. Leyendo las páginas de Corrales encontré un dato aterrador sobre la impiedad de los soldados de Morillo en aquellos ciento cincuenta días más terribles de la historia de Cartagena, entre agosto y diciembre de 1815. Y en esas páginas aparece Caño del Loro. El Brigadier Morales, Jefe de los Castillos de Bocachica, publicó un bando ofreciendo perdón a los patriotas que se entregaran bajo el Sitio de Morillo en 1815. La legión de confiados, mujeres, niños y ancianos, pescadores que habían perdido la gracia del mar, se presentaron. No hubo compasión con nadie: fueron degolladas cuatrocientas personas y cuatro oficiales patriotas. El Capitán Sanarrusia que llevaba canoas llenas de víveres, fue capturado en el camino. Le cerraron el paso en el Caño del Estero y le tendieron una emboscada. El capitán disparó al aire desesperado, delante y atrás, cercado por los realistas. Prefirió matarse de un pistoletazo. Morillo le hizo cortar la cabeza al capitán y la enterró en su caballeriza de Torrecilla. No hubo piedad con nadie, mucho menos con los enfermos del hospital de Caño del Loro. Morillo quemó vivos a los leprosos. Este corregimiento apacible y pintoresco de pescadores, artesanos y comerciantes, está tan cerca de Cartagena pero tan lejos del desarrollo. Aún quedan rastros del antiguo pueblo de leprosos. La iglesia carcomida por el tiempo y el abandono. Las albercas de los leprosos. La casa amarilla que alguna vez fue un hospital y hoy es un colegio inmenso, parece una alucinación desde el mar. El color da la bienvenida al corregimiento. Azules y naranjas desbordados sobre las canoas. Casas pintadas de azul mediterráneo. El color amarillo es una sorpresa en la arquitectura republicana conservada. Esas casas nos remiten a los primeros años de la Independencia. Fueron parte del escenario del filme “Nostromo”, basado en una novela de Joseph Conrad. Pero en Caño del Loro no había que inventar mucho porque el abandono de la novela era idéntico al abandono de la realidad. Allí se carece aún de lo básico. La cámara parecía filmar un ambiente de principios de siglo XX: pescadores enhebrando su atarraya o curando la madera de sus canoas. Niños desnudos al pie del agua. Muchachos jugando billar. Un viejo meciéndose en su hamaca. Una señora fumando con la candela hacia adentro, mientras daba manducazos a su ropa. Jóvenes forjando su destino en la escuela, con dignidad y humildad ante el asedio de la pobreza y las contadas oportunidades. Mirando por las noches desde las luces perdidas del puerto la otra luz difusa de la ciudad de Cartagena. Una paradoja de la sed que busca el agua, un contrapunto entre la escasez y la abundancia. Gente noble que aún espera que el gobierno regional y nacional miren hacia Caño del Loro y logren confrontar la nostalgia de un oro invisible con la patética realidad de nuestros días.

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