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Omar Hurtado, el artista de las miniaturas

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Con una lupa y unas pinzas, este artista de la miniatura detalla la pupila de una rana, el plumaje de un guacamayo, la oreja o el colmillo de un jaguar, las pintas de un gusano de seda, el aleteo del Martín Pescador en el instante en que atrapa su presa. Todas sus miniaturas oscilan entre tres y cinco centímetros.

Omar Oswaldo Hurtado Pérez (Monguí, Boyacá, 1966), dice que se ha pasado los últimos treinta años de su vida buscando la perfección de esta colección de medio centenar de joyas minúsculas fundidas en plata a una temperatura de diez grados bajo cero, y pintadas a mano.

Cada obra puede durar cuatro días de trabajo. Todo empezó desde que era un niño en su pueblo natal, y unos empresarios alemanes dejaron montado para el uso de los habitantes de Monguí, talleres para telares, cestería y artesanías diversas.

Muchos artesanos, animados por el sacerdote Alonso Ojeda Soto, se formaron en esos talleres de Monguí. Y al culminar el bachillerato, el sacerdote, que tenía un espíritu emprendedor, le sugirió a Omar si quería estudiar joyería en el Sena de Bogotá, y él aceptó. Y poco tiempo después fue uno de cuatro becados en todo el país para recibir durante cuatro meses un taller intensivo de joyería. Dos de ellos eran de Cartagena y La Boquilla, y dos del interior. Uno de ellos, era Omar.

“Yo seguí en el proyecto. No supe qué pasó con los otros tres. Al año, era un instructor de la escuela del Sena. Y recibí tiempo después la más ambiciosa propuesta del Banco de la República para hacer cincuenta prototipos del Museo del Oro. Eso fue entre 1990 y 1995. Duré tres años frustrado porque no llegábamos a la calidad de la reproducción, porque no conocíamos la esencia ni el espíritu que habían forjado esas píezas.

La directora Clemencia Plazas me dio de límite una semana para lograrlo, y ese fue el gran comienzo de mi transformación: limpié mi alma y mi conocimiento, dí un salto al vacío y las mismas piezas me enseñaron el espíritu de quien las había concebido. Ese fue mi primer logro. Hacer mi primera colección en 1995, con piezas de la cultura quimbaya, zenú, muisca, tayrona, entre otras.

Los indígenas conocieron la magia del oro y lograron transmitir en sus obras un lenguaje espiritual, de profunda esencia ancestral. Años después, en 2010, hice la primera colección propia basada en lo precolombino, avalado por el Museo del Oro”.

En busca del origen

En 2012 empieza la búsqueda de un lenguaje personal, que se inicia con la colección Origen, con 48 piezas inspiradas en la fauna y flora de Colombia, y en la memoria ancestral.

La segunda colección, Evolución, es el desarrollo de esa herencia cultural, tanto en el ser humano como en la naturaleza. El Martín Pescador forma parte de esa última colección. Capta el instante en que sale del mar, se eleva al aire para atrapar la presa. Y regresa al agua. Todo ese instante está contenido en esa minúscula joya que a la luz del sol resplandece con sus verdes ocultos.

Todas las piezas se funden en plata y se pintan con pigmentos extraídos de plantas: pigmentos de sábila, corales, amarillos surgidos de musgos de los Andes, heliconias del Caribe, entre otras. Fijar el color se hace con un esmalte en frío, y se funde a una temperatura de 10 grados bajo cero. Me pregunto qué hubiera pasado si las piezas de nuestros orfebres hubieran tenido color.

La heliconia por ejemplo, de cinco centímetros por dos centímetros y medio, está pintada, pero en su reverso es el brillo del metal. Hay un equilibrio y contraste. Todas las piezas tienen un color variado si se expone al sol o la sombra. Es joya en movimiento y un retorno al edén de lo que fuimos y somos en Colombia, en su fauna y flora: la ranita chocoana venenosa de color verde y patas café, está a punto de saltar. Al gusano de seda se le ven las venitas de las patas.

La orquídea tiene sus pétalos abiertos con todos sus colores. El fruto del café está en la rama. La mariposa del Pacífico, muy parecida a la Monarca, es azul y con líneas blancas. El jaguar tiene las fauces abiertas, se le ven las orejas y los colmillos, y sus pasos sigilosos de cacería. El quetzal tiene su plumaje pintado pluma a pluma. El papagallo del Amazonas resalta por su plumaje turquesa.

Epílogo
Está en Cartagena, y espera que las dos colecciones que ha forjado tengan un componente social y humanístico, involucrando a niños y niñas y jóvenes de la ciudad. Integrará en la colección a los manatíes, iguanas, colibríes, pero también a los cóndores y delfines rosados del Amazonas y especies amenazadas y en extinción.

Apoyará el Aviario Nacional, en Cartagena; los parques nacionales, la fauna y flora, y desarrollará talleres para enseñar lo aprendido. Junto a él trabajan doce mujeres cabezas de hogar. Sus tres hijos: Daniel, David y Andrés, y su esposa Dora. Lo monumental a veces no se puede ver, porque es casi invisible. Es belleza suprema.

Su proyecto se denomina Edén, porque redescubre la belleza de la fauna y flora de Colombia, en dos colecciones: Origen y Evolución, con medio centenar de piezas únicas, pintadas a mano.

Este artesano y creador de joyas minúsculas, luego de treinta años de búsqueda creativa, creó una colección artística: Origen y Evolución, inspiradas en la belleza del paisaje, la flora y la fauna colombiana. Hijo de un contador- José Próspero Hurtado- y Nohemí Pérez-ama de casa-, heredó de los suyos el sentido de la laboriosidad, la curiosidad artística y el emprendimiento. Su trabajo lo define como “Joyería en movimiento”, porque todas sus piezas expresan movimiento, color, textura, fortaleza espiritual. 

La familia participa en la búsqueda de la materia prima, y en la propuesta social de proyectar esa tarea  la recuperación de los parques nacionales, la fauna y flora y enseñar a través de talleres a niños, niñas y jóvenes, a hacer estas obras  sublimes y de gran delicadeza.Las piezas minúsculas son fotografiadas por Raúl Higuera. Las colecciones no han sido presentadas aún en el país.

 

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