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Óscar "El Gato" Urueta, trombón que maúlla

Hace 48 años en Cartagena aún no se hablaba abiertamente sobre racismo y discriminación, pero Óscar “El Gato” Urueta sintió la puñalada ardiente de ese fenómeno cuando apenas era un adolescente de 14 años.

“El Gato” es uno de los mejores trombonistas que ha dado la música colombiana en todos estos años, virtud que le ha permitido codearse con las figuras más importantes de la salsa en Colombia y Estados Unidos, de lo cual quedan como testimonio un sinnúmero de grabaciones que ya son clásicos indiscutibles de la música latina.

Son muchos los recuerdos, entre situaciones y personajes, los que atesora “El Gato” en sus 45 años de músico profesional, pero afirma (aunque sin rencores y sin amarguras) que el episodio mediante el cual fue discriminado lo marcó para siempre.

“Cuando cumplí los 14 años –relata-- un gringo que trabajaba en el Centro Regional de la Costa, una entidad que se dedicaba a apoyar a jóvenes y niños con inquietudes artísticas, me regaló una beca para que estudiara en el Instituto Musical de Cartagena, que era dirigido por dos extranjeros. Uno de ellos se llamaba Jiri Pitro. No se me olvida su nombre. En el primer año me dieron unos conocimientos básicos que no me costó trabajo asimilar, y me lo gané. Al año siguiente volví al Instituto y encontré que no me tenían ubicado en ningún salón, mientras los demás estudiantes ya estaban recibiendo clases. Yo preguntaba y nadie me explicaba. Hasta que la secretaria general me llamó aparte y me dijo: ‘mira niño, lo que pasa es que el director no quiere que tú estés aquí’. Sólo me dijo eso, pero sin explicarme la razón. Me acuerdo que lloré a lágrima suelta, porque no entendía qué estaba pasando. El asunto lo comprendí cuando ya estaba más grandecito. El tal Jiri Pitro era un tipo racista y elitista. Y así fue como entendí el por qué en ese instituto sólo estudiaban muchachos de Manga, Crespo y Bocagrande. Pero lo raro del cuento es que ahora mismo ninguno de ellos es músico. La discriminación también se manifestaba en que te veían raro cuando tomabas un instrumento y tocabas música popular. En mi caso, nunca pretendí ser un músico clásico. Sólo quería tocar salsa, que era lo que siempre había escuchado en mi barrio”.

Ese barrio era El Prado, uno de los más antiguos de las afueras del cordón amurallado; y, a la vez, influenciado por la música afroantillana que se escuchaba en las emisoras y los picós, que ya eran moda cuando  “El Gato” empezó a exteriorizar sus preocupaciones musicales.

“En mi familia siempre hubo músicos, aunque no tengo mucha memoria de parientes tocando instrumentos o cantando. Pero me recuerdo fabricando pitos con las varitas de los papayos, haciendo picós de barro o tocando los calambucos de la cocina de mi casa. Un día escuché el sonido de un acordeón que salía desde una  vivienda cercana, y hasta allá me fui con un grupo de pelaos. Era el acordeonista Mariano Pérez ensayando con unos muchachos que tocaban caja, tumbadora, guacharaca y todo lo que tenían los conjuntos de acordeón en esa época. Me impresionó tanto esa imagen que me dije: ‘yo voy a ser como ese señor”.

Durante esos mismos días se reunió con su hermano Gustavo Urueta; y un amigo llamado Jorge “El Pato” Lambis, con quienes conformó un conjunto al que bautizaron “Los melódicos junior”, en honor de la orquesta venezolana “Los melódicos”, de Renato Capriles, pero los instrumentos eran un galón de plástico, a manera de tambor; un termo de aluminio, que hacía las veces de guacharaca; y un pedazo de mofle, que se tocaba como cencerro. El conjunto, únicamente de percusión, tocaba todo lo que estuviera de moda y hasta servía de barra en los torneos de béisbol que se organizaban en el barrio y en las afueras de la ciudad.

“Un día llegó a Cartagena una orquesta venezolana llamada ‘Federico y su combo latino’. Y yo, como pude, me fui para el hotel donde estaba hospedada y me hice amigo del trombonista César ‘Albóndiga’ Monge, a quien le hacía los mandados y le lustraba los zapatos con tal de que me enseñara a tocar el trombón. ‘Albóndiga’,  muy afectuosamente, me animaba a que siguiera adelante con mis inquietudes. Después, unos músicos de la orquesta de Blas ‘El Michi’ Sarmiento se salieron e invitaron a varios muchachos a formar un combo nuevo. Entre esos caímos Joe Arroyo y mi persona. Nos fuimos para Barranquilla y allá formamos la orquesta ‘La Protesta’, donde tuve real contacto con el trombón, aunque todo de oído”.

Con La Protesta, “El Gato” entró por primera vez a los estudios de grabación, donde se produjo un disco de 45 r.p.m. Los cantantes fueron Joe Arroyo y Johnny Arzuza, quienes vocalizaron sendas versiones de “Ah, ah, oh no”, que ya habían grabado Héctor Lavoe y Willie Colón; y “La bamba”, un tema clásico del cancionero mexicano.

“Con esa grabación, y aunque las ejecuciones no fueron cosa del otro mundo, me gané cierto reconocimiento entre el gremio de músicos de la Región Caribe. Participé en varias orquestas dentro y fuera de Cartagena, pero me gusta destacar que fui uno de los fundadores de ‘El nene y sus traviesos’, cuando los cantantes eran Saulo Sánchez y Osvaldo ‘Michy Boogaloo’ Guardo. También participé en los inicios del Grupo Niche, que ya tenía cierto tiempo de haber nacido en Bogotá, en el barrio Santa Fe. Alexis Lozano era el trombonista, pero no sé qué inconveniente tuvieron con el bajista, y me llamaron para que tocara el trombón, mientras Lozano se ocupaba del bajo. Con ellos visité  Estados Unidos por primera vez. Llegamos a Nueva York. Allá se me presentó otra imagen impactante: un hombre tocando un trombón en un parque, delante de una cajita donde los transeúntes le echaban monedas. Lo particular de esa escena es que el hombre tocaba cinco veces más que yo, con una maestría bárbara que me dejó con la boca abierta. Y me dije: ‘¡Mierda! Si así son los que tocan en la calle, ¿cómo serán los que tocan en grandes escenarios’? Yo siempre había soñado con viajar a Nueva York, porque era la cuna de la salsa. Allá estaban los grandes artistas que yo escuchaba desde pequeño en El Prado. Una vez, estando en Bogotá con Joseíto Martínez, me asomé a la ventana del apartamento que nos asignaron y le dije: ‘mira, Jose, así como ves ese poco de luces, así debe ser Nueva York’. Y él se reía de mis ocurrencias. No fue fácil vivir en esa ciudad, pero al cabo de un año ya estaba trabajando con músicos latinos. Después me trasladé a Miami donde toqué con gente como Franky Ruiz, Gabino Pampini, Hansel y Raúl, Alex León, Santos Colón y Celia Cruz, entre otros”.

En 1992 regresó a Colombia para quedarse definitivamente. Volvió a ser convocado por Alexis Lozano, quien ya era el director de Guayacán Orquesta, pero duró mucho más tiempo haciendo parte de La Verdad, de Joe Arroyo. También acompañó a Michel El Buenón, a Las estrellas de Niche y a Ricardo Ray y Bobby Cruz.

Hace unos cuatro años se reunió nuevamente con Michy Boogaloo para crear la orquesta “Salsa 220”, que ya está en los estudios de grabación y acaba de producir un sencillo promocional llamado “Me dejaste sin nada”, un paseo vallenato del compositor Omar Geles, que “El Gato” transformó en son montuno como un homenaje a la fallecida cantante Patricia Therán, quien lo grabó en 1990 con el marco musical de “Las musas del vallenato”.

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