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Pablo Milanés, silencios sublimes

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Bajo la ancha sonrisa juvenil de García Márquez cabe ahora todo el cielo de Medellín, pero también todo  el mundo. Llueve, pero los devotos de los panteones yorubas que vienen con la rapera cubana Telmary Díaz, miran al cielo  de la ciudad en el Parque de los Pies Descalzos, y piden que la nube amarilla y oscura que está sobre el escenario donde cantará Pablo Milanés, se disipe y se vaya para otra parte.

Pero la lluvia cae menuda, lenta e inevitable. Es una tarde difícil para la salud del cantante cubano que antes del concierto pule en silencio el grave y reluciente metal de su voz, a sorbos de jengibre y miel de abejas, y siente que la voz se repliega  en instantes. Se repone con el auxilio de algunos médicos, pero nadie tiene por qué enterarse. Nadie tiene que notarlo.

Pablo Milanés es un artista de la música. Una criatura íntegra que ha consagrado más de medio siglo de sus intensos 72 años, a encontrar la palabra y la melodía precisa de su corazón. Y a cuidar la voz pese a la embestida inusitada de la lluvia. Medellín  no se amilana con nada ante la presencia del artista invitado a cantarle a su amigo Gabriel García Márquez en el único  premio de periodismo mundial que tiene un festival cultural. Pablo viene a cantarle.

¿Quién puede amilanarse frente a esa catedral de ternura que es Pablo Milanés? Los asistentes van con paraguas al concierto y los organizadores se preparan  para entregar bolsas si el agua se vuelve traviesa.

Poco antes de salir al escenario, resonó  la voz de Gabriel García Márquez, como si estuviera allí, resucitado, con su timbre grave e íntimo, presentando a Pablo Milanés en un álbum de 2002. Pero era como si estuviera invitando al concierto de clausura del Festival Gabriel García Márquez. El tono torrencial del escritor seduce cuando dice que “este disco es una casa sin puertas ni ventanas que Pablito Milanés lleva consigo a cualquier lugar en que se encuentre, solo para que sus amigos del mundo entero se reúnan a cantar. Es una casa ambulante, abierta a los amigos del mundo entero y de lenguas diversas, en las que solo se habla una lengua común: la música”.

La ternura del escritor es arrasadora: “Hoy sé que no hay felicidad más pura que la felicidad de cantar”. Su augurio nos remite a las últimas páginas de Cien años de soledad:  La música es algo más que el  privilegio de los sonidos: Es “una tentativa feliz de derrotar por fin, por el poder sin límites de la música, el disparate bíblico de la Torre de Babel”.

Ese amigo osado

Al enfrentarse al público, de pie, con su chaqueta de un café brillante bajo los reflectores, Pablo Milanés define a su amigo Gabriel García Márquez como “un hombre alegre y osado,  con una imaginación y una  felicidad para la música”. Pablo agradeció la invitación de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, liderada por Jaime Abello Banfi, que hizo posible con su equipo humano y las alianzas estreatégicas de los sectores privado y público de Medellín, hacer del premio de periodismo

García Márquez, una forma de celebración del hombre de la sonrisa en la que se dibuja el universo. Detrás de las gafas de carey, parpadean los ojos serenos de Pablo, de un brillo intenso, capaz de expresar los prodigiosos silencios de su corazón. Sentado, su pie derecho golpe suave  el piso para iniciar el ritmo de la canción.  El pie se moverá  como si fuera un teclado percutivo en el suelo. El semblante de Pablo tiene el tono de sus palabras y  se  oscurece grave, serio, sentido. La música hace temblar levemente su labio inferior. Son plegarias de amores y desamores, de memorias en el  tiempo.

Los días de gloria

Pablo cantó la canción  que más le gustaba a García Márquez de su amplio repertorio. Se trataba de “Los días de gloria”.  Pero también le conmovían, por supuesto,  Yo pisaré las calles nuevamente, o ese poema de lo imposible que es Yolanda.“Los días de gloria se fueron volando, yo no me di cuenta. Solo la memoria me iba sosteniendo lo que un día fue. Vivo con fantasmas que alimentan sueños y falsas promesas, que no me devuelven los días de gloria que tuve una vez’. La memoria otra vez impacta a García Márquez. Seduce por las huellas que deja en el olvido.

Canción para un final

Una sorpresa que cantó Milanés en Medellín fue “En paz”, un poema de Amado Nervo,  en el que el poeta se despide: “ Muy cerca del ocaso, yo te bendigo vida/porque nunca me diste ni esperanza fallida/ ni trabajos injustos, ni pena inmerecida/  Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

¡Vida, nada me debes!
¡Vida, estamos en paz!

Esta canción forma párte de su álbum Renacimiento, de 2013. Gabo no alcanzó a conocer estas canciones. Otra sorpresa fue la canción “Los males del silencio”.

La audiencia se puso de pie una y otra vez para celebrar a Pablo. Muchas canciones como El breve espacio en que no estás, De qué callada manera o Yolanda, fueron cantadas por el público. Bajo la lluvia hubo besos y lágrimas. Mucha gente lloraba de felicidad.

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