Pablo Neruda, el poeta que no se va

16 de septiembre de 2018 12:00 AM

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Hubo un tiempo cuando yo era niño en que todo el mundo leía con devoción al poeta Pablo Neruda (1904-1973), con el mismo encantamiento con que se leía a Federico García Lorca. Los dos fueron amigos y cómplices de aventuras literarias y humanas. Entre su monumental obra que le mereció el Premio Nobel de Literatura en 1971, a mí me impresionó particularmente toda su poesía amorosa de la primera etapa: 20 poemas de amor y una canción desesperada, Estravagario, Residencia en la tierra, Odas elementales, su autobiografía Confieso que he vivido y Para nacer he nacido.

Neruda vino muchas veces a Colombia y dejó una estela de adoración en Manizales y Bogotá, y algunos versos que escribió con tinta verde en servilletas, en compañía de sus amigos poetas colombianos de la generación de Piedra y Cielo. Fue Santiago Colorado, el sobreviviente de los columnistas de El Universal, quien me contó cómo conoció a Neruda cuando era un muchacho en Caldas. La grandeza humana de Neruda a veces competía con la grandeza del poeta. Un ser amoroso de una ternura inmensa que coleccionaba caracoles, mascarones de proa que las olas le devolvían en la puerta de su casa. El poeta escribía sobre uno de esos mascarones de proa salvados del océano.

Cuarenta y cinco años después de su muerte, algunos de sus poemas vuelven a estremecerse como la primera vez, por la gracia de sus metáforas vegetales y minerales, como quien busca entre la oscuridades marinas el resplandor de las criaturas casi invisibles. Los poemas amorosos de sus veinte años tienen la dignidad de la belleza que sobrevive a las ruinas del tiempo. Aún hay quienes le deben a Neruda el descubrimiento de un amor perdurable, como aquel cartero ingenuo que hacía suyos los poemas y se los leía a su novia hasta convertirla en su esposa. Neruda, al saberlo, le dijo una verdad vigente: La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita. Al paso de los años, los compositores de boleros y vallenatos y rapsodias de amor urgente han saqueado a Neruda sin darle el crédito.

Entre nosotros se toca y se baila un vallenato bien cantado por Diomedes Díaz, que toma versos exactos de Neruda: “Yo te he nombrado reina / hay más altas que tú, más altas / hay más puras que tú, más puras / hay más bellas que tú, hay más bellas / pero tú eres la reina.../ nadie ve tu corona de cristal”. Neruda permeó lenguajes de la música, la literatura y la vida cotidiana, que es tal vez, la más alta recompensa que puede tener un poeta: que sus versos lleguen a la alcoba, a la cocina y al corazón de sus lectores.

Leer sus versos

Farewell (1922), es uno de sus mejores poemas de amor de su primera época. El amante se sabe efímero y eterno a la vez. Socava las entrañas de ese amor hasta quedar colmado, como piedra brillante en el agua. El amante se sabe un marinero que llega a un puerto, y el amor flota como un augurio en su fugacidad: “Tú serás del que te ame/ del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo”.

En 1923 escribe Canción del macho y de la hembra, y logra versos inolvidables como éste: “Mi alma derramándose en tu carne extendida/ para salir de ti más buena / vengo a la tierra solo por el naufragio de mis ojos de macho / en el agua infinita de tus ojos de hembra”. En 1924 lanza en el poema Para mi corazón basta tu pecho, estos versos memorables: “Llegas como el rocío a las corolas / socavas el horizonte con tu ausencia / eternamente en fuga como la ola”. Construye bellas e inauditas paradojas amorosas como “la lámpara de mi alma te sonrosa los pies/ el agrio vino mío es más dulce en tus labios”, en el poema ‘En mi cielo al crepúsculo’ (1923-1924). En La canción desesperada, la inocencia y la soledad del amante llega al paroxismo: “Todo te lo tragaste, como la lejanía / como el mar, como el tiempo. Todo en ti, fue naufragio”. En su magistral Tango del viudo (1928), considerado uno de sus mejores poemas de amor, llega a tallar imágenes cotidianas de gran vuelo y desesperación: “La palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene”.

El poeta reclama la presencia de la mujer en sus instantes menos sublimes: daría su vida por el golpe del viento en el mar tan solo por ver “el claro día de tus piernas / recostadas como detenidas y duras aguas solares/ y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos/ y el perro de furia que asilas en el corazón”. Ese amor sublimado y terrible llega a invocar a esa mujer y él está dispuesto a todo con tal de “oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa /como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada, cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma, y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente, llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos, substancias extrañamente inseparables y perdidas”.

¿Qué es lo que hace perdurable y hermoso a este poeta? Su sed de humanidad. Neruda iba por el mundo y la vida devorándolo todo, las cosas más sencillas y cotidianas cobraban en él, una dimensión sacramental y ceremonial. Cuando la Guardia Civil Española fusila al más grande poeta español de su tiempo, en 1936, su amigo Federico García Lorca, Neruda le escribe una preciosa oda que podría figurar como una de las mejores de su obra total. “Me moriría por lo dulce que eres”, le dice a su amigo. Lo evoca con su enorme alegría y su duende contagioso: “su risa de arroz huracanado”, y se pregunta para qué sirven los poemas ante la muerte, para qué pueden servir si no es para el rocío. Lo describe como “un joven puro / como un negro relámpago perpetuamente libre”.

América, ese milagro

Los textos de Neruda, sus viajes por América, son un descubrimiento excelso de una sensibilidad exquisita. Su viaje por México y Perú son de una iluminación deslumbrante. Al describir los profundos secretos prehispánicos de los antiguos mexicanos, cuenta que en Yucatán encontró una tierra de apariencia desértica, cuya aridez fue vencida por las ceremonias de los indígenas. Los mayas desentrañaron en esa tierra unos surcos maravillosos, unas aberturas que llamaron cenotes. En esos surcos o cenotes encontraron agua y cientos de vírgenes se bañaban allí y se coronaban con flores y oro y se sumergían en sus aguas.
El poeta Neruda llegó hasta allí para escuchar “en los extraños gritos de los pájaros, la ronca agonía de las vírgenes, y en el veloz vuelo con que cruzaban la tenebrosa magnitud del agua inmemorial, me parecía ver las manos amarillas de las jóvenes muertas”.

“De pronto sobre la estatua que alargaba su mano de piedra clara sobre el agua, y el aire eternos, vi una vez posarse una paloma. No sé qué águila la perseguiría, nada tenía que ver en aquel recinto de que las únicas aves, el atajacaminos de voz tartamuda, el quetzal de plumaje fauloso, el colibrí de turquesa y las aves de rapiña poseían la selva para su carnicería y su esplendor. La paloma se posó en la mano de la estatua, blanca como una gota de nieve sobre las piedras tropicales. La miré porque venía de otro mundo, de un mundo medido y armónico, de una columna pitagórica o de un número mediterráneo. Se detuvo en el margen de las tinieblas, me miró a los ojos cuando yo mismo ya pertenecía a ese mundo original, americano, sangriento y antiguo, y voló a mis ojos hasta perderse en el cielo”. ¡Sublime!

Alturas del poeta

Releer Alturas de Machu Picchu (1945-1946), de Neruda, es escuchar el latido de un poeta haciendo suyo lo que mira y toca en esas prodigiosas latitudes del universo americano. En uno de sus versos, el poeta recorre el pasado: “regresé al jazmín de la gastada primavera humana”. La descripción del paisaje está resuelto con belleza de orfebre inspirado ante la majestuosidad de los silencios: “la más alta vasija que contuvo el silencio / una vida de peidra después de tantas vidas”. Esa antigua América que él denomina “novia sumergida”.

Epílogo
Al final de su vida, Neruda escribió el Libro de las preguntas, como un niño nombrando lo que aún no tenía nombre: “¿Hay algo más triste en el mundo que un tren inmóvil en la lluvia?, ¿Hay en el cielo de Colombia, un coleccionista de nubes?, ¿No será la muerte una cocina interminable?, ¿Dónde encontrar una campana que suene adentro de tus sueños?”.
Ese era Pablo Neruda.

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