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Patricio y María: la magia viaja en moto

La frustración atada al aburrimiento inspira este viaje al alma de Latinoamérica. El plan parecía una locura demasiado simple pero luego se convirtió en una especie de cadena de favores, donde los protagonistas se dieron cuenta de que cuando se da más de lo que se recibe, la magia ocurre y los milagros existen.

***
Patricio, un simple vendedor de autos en Neuquén, una ciudad de Argentina, que heredó ese oficio de su padre, no encontraba el sentido de la vida en ese trabajo. A los 27 años quería cambiar su rumbo y por algo que pasó en el concesionario, lo despidieron. Fue la excusa perfecta para hacer el viaje que siempre quiso hacia Machu Picchu. Mil quinientos dólares, unos seis millones de pesos.

Tres meses en esa población de Perú, la gente y sus vivencias, le anunciaban al corazón de Patricio que la travesía debía continuar. Siguió hacia Ecuador unos días y con los últimos dólares llegó a Medellín. Ahí se quedó un buen tiempo y ya sin plata tuvo que buscar cómo financiarse. Fue recepcionista por las noches en un hotel, cocinero, repartidor de flyers, hizo de todo. De Medellín saltó a Palomino, La Guajira, donde comenzó a trabajar en un hostal. Ahí conoció a María, su amor, una alemana de Wurzburgo, y mientras vivían el idilio, también se arriesgaron a una travesía que pocos escogen.

La moto…
María y Patricio trabajaban juntos en el hostal y se dieron cuenta de que no solo se estaban enamorando sino que hacían buen equipo. En uno de los trabajos, les pagaron con una moto Yamaha que en principio habían decidido vender, pero después dijeron que seguirían el viaje con ella hasta México, porque “había caído del cielo”.

Cruzar el Tapón del Darién fue lo más difícil, solo tenían 500 dólares en los bolsillos y eso era lo que costaba pasar la moto hasta Colón, en Panamá. Tras regatear horas y horas, aceptaron dejarlo en 250 y el transporte de ellos en 130. Solo les quedaban 70.
“Aquí ocurrió algo muy bonito, nos quedamos sin efectivo, teníamos el dinero en una tarjeta y le dijimos al conductor de la lancha que al llegar a Colón, íbamos un momento al cajero y le traíamos la plata. Él aceptó, pero cuando íbamos llegando la lancha se detuvo 40 minutos antes de Colón porque estaba oscureciendo; lo único que había era una carretera, nada más. Le dijimos al conductor que no teníamos dinero y él expresó: ‘dejen eso así’”, cuenta Patricio.

Esos 130 dólares que no pagaron, sumados a los 70 que les restaban, les sirvieron para dormir y comer. Les alcanzaron hasta conseguir otro trabajo. Vendieron tours en la playa, pintaban carteles, luego trabajaron con un portal web consiguiendo lugares en todas partes de Latinoamérica en los que se pudiera hacer labor voluntaria. Ellos conseguían los sitios y por eso les pagaban. Con eso sobrevivían.

De Panamá saltaron tres semanas a Nicaragua, a una comunidad indígena golpeada por la crisis medioambiental de ese país. “Hablar con la comunidad y preguntarles qué necesitan, poder servirles de alguna manera, eso es lo más enriquecedor de viajar. El viaje te lleva a los extremos: de un punto donde tú eres el que necesitas, te lleva a otro para que des y ayudes”, expresa María.

De Nicaragua, de las casas de madera y piso de barro, donde duermen ocho personas en un solo cuarto, pasaron a una villa en Honduras, en San Pedro Sula, un barrio de ricos, donde los recibió una mujer que hacía meditaciones y con quien tuvieron amplia empatía. Un mes y medio permanecieron ahí. Granada, León, Matagalpa, otras ciudades que visitaron.

Llegaron después a Guatemala, del que dice Patricio “es otra atmósfera, el 50 por ciento de la población es indígena y llegamos a trabajar otra vez con los voluntarios. A conocer a la gente, empaparnos de su cultura”, explica Patricio.

De Guatemala pasaron a México, el país soñado para ellos, por él salieron de Colombia y cruzaron Centroamérica, lo habían pensado como su lugar en el mundo, como una opción para vivir, pero al llegar se dieron cuenta que no. Les gustó, es hermoso, pero no para vivir. Tan hermoso que durante siete meses se dedicaron a hacer y vender pizza en una playa nudista.

Regresaron por la misma ruta que subieron. Exhaustos de la inestabilidad económica hicieron un ayuno de 21 días para dejar ir la energía que tiene que salir y dejar entrar lo bueno…todo fluyó mejor. Se dedicaron a cuidar casas en Nicaragua. No cualquier casas. Lugares exclusivos, a algunos se llegaba solamente en barco.

De ahí pasaron a Colombia. Están en Cartagena. Viven en El Laguito, en un apartamento frente al mar. Se les ve felices, realizados. Para ellos no hay nada mejor o peor; lo que han vivido ha sido necesario para aprender.

¿Cuál es la lección de esta travesía? –pregunto.

Patricio: todos tenemos un propósito en el mundo que muchas veces es difícil descubrir porque el sistema social nos mantiene en otras direcciones. Es una responsabilidad trabajar en encontrar ese propósito. Yo era un vendedor de autos frustrado hasta que encontré en viajar mi propósito. Todo fluye de una forma mágica y bonita. Estoy viviendo el mejor momento y en el mejor lugar, porque estoy viviendo nuestro propósito.

María: He aprendido que no hay límites. Tú puedes hacer todo lo que quieras. Aunque suene fácil, entenderlo y vivirlo no es fácil. En Alemania las estructuras sociales son muy fuertes y muchas veces el miedo no te deja salir. Solo cuando vives situaciones como estar en un país solo y sin dinero, tratas de encontrar las herramientas para avanzar y eso te permite entender que no hay límites. 

Tienen libro 
Patricio y María escribieron el libro, “La magia sí existe”, donde narran su travesía. Están en Cartagena, coinciden con muchos de los que visitan esta ciudad en que “es el mejor lugar que hemos visitado porque la gente es muy linda”.

“Yo tengo una cercanía muy especial con esta ciudad y con el Centro Histórico, todos los días voy allá a vender el libro y te confieso que tengo una relación muy romántica con el Corralito de Piedra”, dice Patricio. Para contar su experiencia, Patricio y María crearon la página viajerico.com. 



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