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A pie por La Habana

Al llegar a La Habana, el martes 18 de julio de 2017, descubrí que el atardecer habanero terminaba más allá de las ocho de la noche, y el anochecer empezaba más allá de las nueve hasta más allá de la medianoche. No sabía si la claridad del cielo con su resplandor declinante frente al malecón, era la luz del sol o el brillo de la luna. Entonces pregunté al primero que pasaba: ¿Qué hora es? Y me respondió: “Las ocho de la tarde”. Es la primera vez que estoy bajo la luz de las ocho de la tarde. Poco antes, a tres horas de partir del aeropuerto de Cartagena de Indias, extravié mi pasaporte que había puesto en un lugar demasiado resguardado, y pensé que mi viaje se cancelaría. ¿Dónde has dejado tu cabeza? -me preguntó mi esposa Mary, contrariada-. Volteamos el estudio de tres por tres, de arriba a abajo, el minúsculo gabinete donde escribo mis libros y pinto mis lienzos, y al final, terminé llorando como un niño, debajo de mis propios libros y el lienzo de mis pinturas. A media hora de la hora señalada para estar en el aeropuerto, ocurrió el milagro. Le dije a mi mujer: Lo único que falta es que sacuda cada uno de mis cuadros. En efecto, un viento perverso entró por la ventana del cuarto y desestabilizó el pasaporte que había sacado de su guarida, y lo arrastró con visa y todo, hasta el intersticio entre el lienzo y el bastidor de uno de mis cuadros. Imposible encontrarlo allí. Y entonces, respiré: los ángeles siempre te salvan cuando estás en el borde, me dijo mi mujer. No hubo ningún conflicto. El viaje con escala en Panamá fue reconfortante. Ya nada podía preocuparme después de estar en el infierno de la pérdida. Mi mujer me acompañó, salimos en el mismo vuelo, pero nos separamos en Panamá. Ella llegaría a las 7 y 30 de la tarde habanera, y yo a las 3 y 30 de la tarde ardiente. Pero al llegar al aeropuerto José Martí, de La Habana, me fascinó leer los rostros de los habaneros y las habaneras, con sus dobles cartageneros. La delegación colombiana, integrada por una veintena de bailarines de Atabaques, invitados por la embajadora cartagenera Chica Morales, llevaba tambores, y todo el Portal de los Dulces en las maletas. En la entrada del aeropuerto, una mujer de ojos amarillos y furibundos que fumaba como una chimenea, le increpaba a su hijo: ¿Dónde has dejado tu cabeza? ¿Cómo se te ocurre perder el pasaporte a una hora del vuelo? Era como verme repetido en ese tipo regañado. Una mujer negra con una manta púrpura y unos ojos anegados en lágrimas, abrazó a su hija en el aeropuerto. Otro muchacho levantó a su joven mujer en un abrazo apasionado con besos sedientos e incontenibles y la dejó volando con sus pies en el aire. Los cubanos se despiertan hablando y se acuestan hablando. La Habana que conocí en pleno Período Especial a finales de siglo XX, ha resurgido en la restauración de sus edificios coloniales en el Centro Histórico, donde se erige la novena ceiba fundacional en cuyas sombras se reconstruye el amanecer con un detallismo prodigioso de la llegada de Colón y la primera piedra en donde se gestó la ciudad. La Habana se construyó allí bajo la sombra de una ceiba. Abrieron negocios privados y estatales, restaurantes y paladares donde se privilegia la comida tradicional cubana, pero también el diálogo de sabores del mundo antillano.

Cuba es otra identidad cultural latinoamericana. Allí no verás en sus calles ninguna valla comercial, ningún mendigo, ningún lavador de vidrios en los semáforos, ningún atracador. La sociedad socialista condenó desde 1959 con pena de muerte a los delincuentes, narcotraficantes y ladrones. “Puedes amanecer en La Habana sin riesgo de que te asalten”, me dijeron Guillermina Abreu y Roberto Cruz, los dos espléndidos jubilados del magisterio en su cátedra de matemáticas, que convirtieron su casa en uno de los hospedajes de extranjeros en el corazón de El Vedado. Ella está en los ochenta años y él en sus setenta y ocho, y están al pie del trabajo, incansables y amorosos, con más de medio siglo juntos. Nadie puede enriquecerse individualmente en Cuba. Puede tener un negocio próspero pero el Estado controla que nadie se convierta en otro rico desmedido. Cada cubano puede tener solo la casa que le entrega el Estado y otra casa de campo que puede comprar. Nadie puede tener una propiedad mayor de 5 caballerías. Una caballería son 134. 202 metros cuadrados. La tarjeta alimenticia que entrega el gobierno a once millones de cubanos, es como una modesta ancheta navideña en Colombia, que tiene lo básico para la semana, y cada ciudadano la completa con su salario. El ciudadano se bandea con su peso cubano, sin que le falte casi nada, porque el Estado le entrega gratuitamente casa, educación y salud. Nadie envidia la moneda extranjera porque el gobierno creó la Moneda Convertible que se iguala al valor del dólar y el euro. Al extranjero comer un cerdo deshuesado al horno le cuesta en un restaurante estatal o privado 10 pesos en moneda convertible, equivalente en Colombia a 30 mil pesos. Aún hay fallas en las conexiones a Internet, pero ya los cubanos activan sus celulares en ciertos puntos de la ciudad. Encontré un muchacho rebuscándose con tarjetas para llamadas a celular como en otros tiempos, y ofreciendo sus servicios como profesor de salsa, bachata y merengue. El culto histórico a la Revolución está en todas partes. En los cuatro puntos cardinales uno se tropieza con el espíritu de José Martí, que todo el tiempo susurra horizontes al alma de los cubanos. “Es nuestro santo y nuestro poeta”, me dijo Cintio Vitier, cuando lo visité en su casa. “No hubiéramos podido resistir las guerras del tiempo, sin su sabiduría”. Pero también uno se tropieza todo el tiempo, en el parque más recóndito o en la sombra de un jagüey, con el espíritu de Fidel, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos. Los museos interactivos, con tecnología avanzada como el Museo del Segundo Cabo (1772), son una lección para todos nosotros. La Unión Europea invirtió allí, pero Cuba dialoga con el mundo en ese museo en una línea de tiempo cubano y europeo, y con solo deslizar los dedos uno puede escuchar el rumor del barco en donde vino Colón. Y el golpe de las olas entre las piedras.



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EXTRAORDINARIA MUESTRA DE NARRATIVA ONÍRICA

“La noche boca arriba”, “La ultima niebla” y “Ojos de perro azul”, han sido ampliamente superados por esta “peculiar” evocación de esa isla comunista de la que cientos de miles han logrado escapar y a sus más de 11 millones de hambrientos habitantes se les prohíbe hacerlo.

De lo que nos estamos perdiendo

¿Lo tuyo, Gustavo Tatis, es un guayabo agradecido? Porque nos estás pintando a Cuba como el paraíso y no como el fallido sueño de una noche de verano que alguna vez fue. Ya todos sabemos que el experimento falló y cada vez son menos los que cantan sus alabanzas.