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Piedad con los que sufren

Piedad Bonnett (Amalfi, 1951), es una de las mujeres más dulces y sabias que conozco. Siempre con una sonrisa a flor de alma. Siempre con una metáfora que embellece todo lo que nombra. Es una mujer con una obra poética y narrativa reconocida dentro y fuera del país.

El 14 de mayo de 2011, la tragedia tocó a su puerta. Su hijo Daniel Segura Bonnett, de 28 años, una de las promesas del arte nacional y una sensibilidad creativa, puso fin a sus días, lanzándose al vacío desde su apartamento de Nueva York. El joven había estudiado Artes en la Universidad de los Andes, con una especialización en Arquitectura, y en el momento de su muerte, estudiaba una  maestría en la Universidad de Columbia.

Piedad desafió la magnitud de un dolor que aún no tiene nombre en el diccionario, pero sí en el alfabeto desgarrado e implacable de las emociones. Se es huérfano de padre o de madre, pero la orfandad de un hijo, aún no tiene una palabra que lo pueda nombrar. Ella no se derrumbó ni se encerró frente a la fatalidad de lo inexorable. Ella  se sentó a parir de nuevo a su hijo a través de la escritura narrativa y poética. Lo hizo dos años después al escribir su novela, Lo que no tiene nombre, que reconstruye no solo los instantes previos a la muerte, sino la vida de un joven dotado de gran sensibilidad, imaginación y creatividad.

“Daniel amaba la vida. Amaba el sol y el agua, la buena comida, el cine, la música”, dijo Piedad en sus funerales.
“Amaba  el conocimiento. Y amó mucho su arte, el dibujo y la pintura, a cuyo estudio y práctica dedico muchas horas, de las que derivó, sin duda, mucha felicidad. Daniel disfrutó sus amigos, su familia, y supo lo que era enamorarse, sufrir y gozar el amor. Adoraba viajar y lo hizo todas las veces que pudo. Realizó su sueño cuando se fue a vivir a Nueva York, ciudad que conoció bien desde su adolescencia, cuando viajaba en vacaciones a tomar cursos de pintura”.
Al descifrar los orígenes de la enfermedad de su hijo, compartió con sus lectores el sufrimiento de la pérdida y la lección humanística del arte de resucitar y reinventar la vida, de entre las cenizas. Y a todas las madres que han perdido un hijo víctimas de una enfermedad como el cáncer o  han fallecido trágicamente en una crisis de esquizofrenia, Piedad ha contado que al reconstruir la vida de su hijo, es como si lo hubiera vuelto a engendrar en el vientre eterno de las palabras, dándole un soplo de vida más allá de la muerte.

Piedad lo evoca como “un muchacho talentoso, sensible, amable y respetuoso con los demás, disciplinado y cumplidor de su deber.
“Al ingresar a su cuarto en Nueva York, después de su muerte, nos sorprendió el orden impecable en que vivía, rodeado de cuadernos y libros y objetos queridos. No parecía, como en el poema de Wistawa Szymborska, “que de esa habitación no hubiera salida, al menos por la puerta/ o que no tuviera perspectiva, al menos desde la ventana”.

Le pedí a Piedad, poco tiempo después de la tragedia que me permitiera ver los dibujos y pinturas de Daniel. Y allí descubrí a un gran dibujante y a un excelente pintor, capaz de retratar en forma dramática su espátula y atrapar  con colores terracotas, oscuros e iluminados, el mundo opresivo y feroz  de los perros encadenados.
Piedad fue al fondo de su propio dolor y lo hizo público con una misión pedagógica, sensibilizadora y transformadora.

Desde que Daniel tenía dieciocho años,  había enfrentado la más dura y despiadada de las batallas  que un joven pueda enfrentar, contra un trastorno mental.
El tabú de ocultar o silenciar a los enfermos mentales de la familia, empieza a superarse y a confrontarse. El silencio puede ser uno de los caminos oscuros de la reafirmación de los problemas. Y compartir una experiencia puede ser el camino para encontrar antídotos, formas de sobrellevar lo complejo y desolador. Siempre hay esperanzas cuando el paciente acepta ser medicado, atendido, comprendido dentro y fuera de su familia y ayudado de manera profesional por un especialista.
“Fue así como con gran valentía y con la ayuda de algunos de los que lo quisimos y de su médico, Danny pudo estudiar arte, hacer una opción en arquitectura, ser maestro de niños y jóvenes, pintar sus cuadros, e ingresar a hacer su maestría en la Universidad de Columbia. Pero esta vez la enfermedad, el cansancio y el dolor, terminaron por vencerlo”. 
He releído la novela de Piedad y siempre, pese al sufrimiento y la fatalidad de la muerte, encuentro señales de compasión, solidaridad y comprensión ante el sufrimiento de los padres que pierden a un hijo. Pienso en el gran músico cartagenero Orly (Orlando González Trucco), que acaba de partir en un hospital de Louisiana a sus 33 años, en su aguerrida madre Roxana y en Nicole, la novia de Orly, que aferrados a su fe cristiana, han encontrado un soplo de consuelo divino ante el desconsuelo inmenso de lo irremediable. Ante lo irreperable del sufrimiento de una muerte, solo la mano desnuda del corazón ante el sufrimiento del prójimo. La solidaridad amorosa de amigos y familiares.

Piedad, solo se aferra a la magia de la vida, a la belleza de la poesía y al encanto de la narrativa, y al recuerdo imborrable de su hijo, más allá  de la muerte  de Daniel. No cree en Dios, pero tampoco blasfema, siente veneración por los textos sagrados, a los que alude en algunos de sus poemas.
 

El misterio de la poesía

En 2008, tres años antes de la muerte de su hijo, Piedad escribió una serie de poemas desgarrados titulados Las herencias, en los que nombra con un epígrafe de Neruda las “enfermedades en mi casa”.

El comienzo del poema nos remite a un sufrimiento anticipado: “Hijo mío, me duelen las herencias/ esta culpa, zarza que arde y me quema/ y que no me concede saber cuál fue el pecado”,y en el final, los tres versos son devastadores: “Y tu herida/es una pena antigua que por mi sangre pasa/ y estalla en las entrañas en que nadaste un día”.
Tienen un tono autobiográfico como toda buena poesía, pero el poema podría aludir a todos los hijos del mundo. Y en el poema S.O.S. me estremece su voz cuando dice. “Estoy pensando qué cuerda podría lanzarte yo/qué salvavidas”.
El poemario que escribe el año de la tragedia en 2011 “ Explicaciones no pedidas”, nos revela la visión que tiene Piedad frente al dolor y el sufrimiento humano: “No hay cicatriz, por brutal que parezca, que no encierre belleza”.
El poema Dolor fantasma, está escrito con la intensidad de las ausencias: “El miembro/ que el bisturí ha arrancado limpiamente/ palpita sin embargo de dolor/ perseverante/ y escuece/ y afiebrado seresiste/ a no ser/ prueba de que el vacío también duele”.
En 1996  escribió el  poema “Daniel creciendo”, lo percibe escuchando con el oído del corazón “la música secreta de tu cuerpo”.

En la novela vuelve a escuchar el latido de su corazón. Su limpio corazón de ángel como el corazón de Orly, como el corazón de Daniel, los dos, vueltos a fecundar desde el corazón y la imaginación de la madre, con la iluminada y perseverante resiliencia, ese arte olvidado de la resurrección. Como el soplo divino de una segunda vida.



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