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Plinio Apuleyo: Un apasionado que narra la desnudez de lo vivido

Plinio Apuleyo Mendoza (Tunja, 1932), es una criatura sensible, memoriosa y apasionada.

Es preciso en el arte de hacer perfiles. Es uno de los mejores cronistas y narradores de ficción de este país. Autor de cuatro novelas, un libro de cuentos, coautor de tres ensayos de análisis político de América y autor de esa conversación proverbial que es El olor de la guayaba, con García Márquez. Tiene además un libro de cuentos El desertor, la novela Años de fuga, el libro de perfiles La llama y el hielo. De su libro de cuentos recuerdo esa obra antológica que es El día que enterramos las  armas, sin duda, uno de los mejores cuentos sobre la violencia en Colombia.

Cuando opina políticamente despierta contradicciones y polémicas. Sus ideas son respetables y controvertibles aunque no las comparta. Pero hasta en eso es apasionado. Pero de ese hombre político no vamos a hablar, sino del escritor.

Vino de paso al periódico en la hora inusual del mediodía y sostuvimos una intensa y breve conversación sobre su más reciente novela “Entre dos aguas”, presentada en Cartagena.

Plinio Apuleyo Mendoza tiene una amplia trayectoria en el periodismo, la literatura y la diplomacia.

Desempeñó el cargo de primer secretario de la embajada de Colombia en Francia y escribió artículos periodísticos para varias publicaciones internacionales. Ha ejercido el periodismo desde su regreso a Colombia, donde en 1959 fue nombrado director de la agencia de noticias Prensa Latina.

Ha colaborado con una veintena de medios impresos y digitales y ha sido galardonado con varios premios de periodismo. También ha sido embajador de su país en Italia y Portugal.



—Usted me está hablando de un cuento que escribí hace muchos años.

—Es un cuento que aparece en muchas antologías y es muy bueno.

—Siempre me ha gustado la manera como usted ha sabido caminar por la línea casi invisible entre periodismo y literatura.

—Siempre he trabajado en función de la literatura porque la actualidad mata todo.

—Creo que su conversación  En el olor de la guayaba, con García Márquez es de los más fluídos que existen.

—Si supieras que todo ocurrió de manera vertiginosa. A mí me propusieron que hiciera una entrevista a García Márquez para un libro, pero esa idea era muy cojonuda. Era un libro periodístico rápido y resultó algo complejo que ahora está traducido a tantos idiomas en el mundo, al chino, entre ellos. Yo le consulté a Gabriel la idea y él me dijo  que le parecía muy bien, una entrevista  que contuviera todo para que no tuviera que seguir contestando las mismas preguntas a los periodistas. Nos sentamos en un café y empezamos la tarea de hablar de su vida y su obra.

Gabriel es un hombre muy supersticioso, recuerdo que en ese diálogo empezó a hacerme una lista de cosas que tenían para él un espíritu negativo, y él usa una sola palabra para definirlo: Pava: es la relación entre el mal gusto y la mala suerte. Incluía en la lista los caracoles detrás de la puerta, las flores de plástico, los pavos reales, las estudiantinas con capas negras, el frac, fumar desnudo para él no tenía efectos maléficos pero sí fumar desnudo y paseándose y hacer el amor con los calcetines puestos.

—Pero bueno, usted ha venido a Cartagena a presentar su más reciente novela Entre dos aguas. Bello título como la canción de Paco de Lucía.

—Bueno, es una novela de mis experiencias vividas en Colombia. Tú sabes que he vivido más de treinta años en Europa. Pero cada vez que regreso encuentro historias terribles. Estuvimos en  Caquetá y nos contaron que en una semana habían matado cuatro o cinco líderes.  ¿Quién pudo matarlos?- se preguntaban en el pueblo. Uno de ellos se llamaba Lucho. Adoraban a Lucho. Y en cada pueblo donde llegábamos habían matado a un líder, a un campesino, a un estudiante. El horror. En distintos lugares del país: en el Guaviare, en Arauca, en el sur de Bolívar, etc. Quise compaginar experiencias opuestas vividas en Europa y Colombia y mostrar las dos Colombias. Entonces trabajé la novela a partir de la vida de dos hermanos: un poeta y un militar. Uno de los hermanos vive en el exterior y regresa al país cuando le dicen que su hermano ha muerto, no alcanza a precisar si ha muerto de un infarto o se ha suicidado.

—La materia prima de su novela ha sido Colombia.

—Creo con Vargas Llosa que la materia prima es lo real de lo vivido, pero uno intenta adornar en la escritura las desnudeces de lo vivido.

—Leeré su libro de inmediato y le comentaré. Pero vea usted como me responde usted la pregunta en una de sus crónicas: “En las buenas novelas las mentiras son sólo verdades encubiertas, y que lo vivido, aun si parece algo destilado sólo por la imaginación, debe latir como el corazón bajo la piel de cada página”.

—Volvemos a García Márquez: En la Barranquilla de los tiempos de La Cueva, un tipo flaco, maluco, arrimaba el taburete y se sentaba a escuchar a Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y Álvaro Cepeda Samudio. Cuando el maluco habló por primera vez, todos quedaron perplejos: El maluco sabía de todo.

—Qué gran ser humano Gabriel García Márquez. En aquellos años de París conoció a la mujer más bella del mundo y hubo una atracción fulminante  entre los dos. Ella lo citó en un banco al día siguiente. Ella lo dejó esperando mientras resolvía algo en el banco, y mientras él esperaba pensaba que estaba con la mujer más bella del mundo, pensó en su matrimonio, en su mujer, en el impacto que genera lo efímero, e hizo lo inesperado en un hombre latinoamericano: huir. García Márquez me explicó que “su carácter podía causarme ciertos conflictos emocionales que tal vez no estarían compensados por su belleza. En última instancia, la mujer más bella del mundo no tenía mejores virtudes que su belleza”.

—Qué excelente retrato del ser humano. Pero qué bueno recordar a Cepeda Samudio.

— Yo que viví 8 años en Barranquilla, no se imaginan que Álvaro Cepeda Samudio, cuando yo me quedaba en su casa, descubría que este hombre se despertaba a las 5 de la madrugada a leer. Me despertaba y me sorprendía verlo leyendo novelas a esa hora.

Plinio Apuleyo mira el reloj y recuerda que ya tiene que irse. Su mujer, la pintora Patricia Tavera le ha recordado el tiempo con la mirada. Le digo que este diálogo apenas empieza. Y no hemos comenzado a sumergirnos entre las aguas del tiempo. Pero tiene que irse. “Hablaremos después de colores”, le digo mientras su mujer empieza a recordar a Obregón a esta hora.

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