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¿Qué tal una mañana en un museo bajo el mar?

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Es una experiencia distinta. Jamás había pensado en chapalear siquiera dos metros en una piscina. No sé nadar. El susto de estar arropada por agua es similar al que daría quedar atrapada en un ascensor a oscuras, sin energía eléctrica.

Siempre admiré la belleza y los misterios del mar, pero en televisión, videos y revistas. Esta vez, quise ir más allá y enfrentar mis propios miedos.

A un costado de la Isla de Barú está sumergido un lugar mágico, lleno de vida, de arte y de historia: el Parque Temático Submarino “Ciénaga de los Vásquez”, en el que se encuentra el Museo de Arte y Medio Ambiente (MuMar), adscrito a la Fundación El Color Azul. (Video: Una visita al museo submarino de Cartagena).

Allí, a la entrada del sector conocido como “Ciénaga de los Vásquez”, está sumergida la primera obra del museo denominada 'Jardín de Medusas'. Este lugar, que desde afuera es todo un paraíso, tiene en sus entrañas arrecifes naturales y artificiales que combinan maravillosamente con el silencio y la fauna marina.

6:45 de la mañana. Apenas están abriendo la oficina de Buzos de Barú, en el Hotel Caribe. Mi compañero Gabriel, Fátima, una extranjera que se ve emocionada; Luisa, una joven de la fundación, y yo, somos dirigidos a la piscina del hotel por Fabio, un profesional en buceo. Cargamos un pesado equipo: chaleco, cilindro y aletas. 

Son cerca de dos horas de instrucciones en las que me toca lidiar con dolor de oídos. Todos, excepto yo, están en el fondo de la piscina tranquilos con sus caretas, como en una reunión en la superficie, respirando aire puro. El buzo insiste en que puedo controlar el dolor y, después de repetirle que no podré vivir esta aventura, me lleno de coraje y me convenzo de que puedo hacerlo.

Arrancamos en un carro de la escuela de buceo hacia Castillogrande. A las 9:10 a.m. ya estamos en la lancha. Al principio voy tranquila, pero después llegan los nervios. En unos 20 minutos llegamos a nuestro destino. El agua, color azul en distintas tonalidades, luce espectacular y provocativa. Desde afuera se pueden divisar los arrecifes que hacen parte del Museo del Mar.

Fátima es la primera en lanzarse al agua. Soy la tercera en hacerlo. Todos nos sujetamos a una cuerda para bajar a un mismo punto. En la medida en que empezamos a descender y voy tapando mi nariz y soplando para controlar la molestia en los oídos (sirve para compensar los oídos ante la presión del agua), pienso en la hermosura que hubiera dejado de ver por cobardía.

A nueve metros de profundidad todo se ve distinto, como en tercera dimensión. Es un lugar de ensueño y tiene un silencio que amaña. Solo se escucha el ruido de las burbujas que exhalamos. Todo lo que allí reposa es viscoso.

De repente empiezan a aparecer los animales. Un pez león abre los radios venenosos de sus aletas para defenderse ante cualquier ataque... nos alejamos. A pocos metros, varios peces de color verde dan vueltas sobre una planta marina, parecen loros buscando reposo sobre la rama de un árbol. Más adelante hay una roca gigante que también está bordeada por pececitos plateados. Esto se asemeja a una cascada de agua cristalina.

Gabriel, mi compañero de trabajo en esta experiencia, se cerciora con frecuencia de que la cámara esté grabando. Recorremos varios metros durante unos 40 minutos y nuestro guía nos indica que debemos subir.

En la lancha, nos sorprenden con una variedad de frutas: patilla, bananos, manzanas, peras... se sienten más dulces de lo normal. Descansamos por diez minutos y el capitán de la embarcación nos conduce unos metros más adelante. Aún no hemos visto todo.

Nos lanzamos de nuevo. Esta vez nadamos -aunque yo parezco caminar entre las aguas- a unos 16 metros de profundidad. En este punto están las cinco esculturas abstractas en madera y ancladas a pesos muertos en concreto, de dos toneladas cada una, hechas por el artista colombiano Germán Botero, que además de simular un bosque circular en el mar, facilitan el crecimiento del coral y atraen a la fauna marina a alojarse en ellas.

Seguimos avanzando y nos encontramos con las tres embarcaciones hundidas por la Armada Nacional para generar un atractivo turístico y, no menos importante, aportar a sostener el ecosistema marino: el ARC 'Tolú', el Remolcador 'Atlas' y el ARC 'Quindío', prestaron sus servicios a la nación y hacen parte de la historia de nuestro país. Ahora, son piezas importantes del Parque Temático Submarino.

También encontramos esculturas hechas por los cursos del Departamento de Buceo y Salvamento de la Armada y el “Barquito de Papel” de la Fundación Eduardoño.

Después de fotografiarnos en esta última etapa de nuestra travesía, con un poco de cansancio, subimos otra vez a la lancha para dejar atrás este grandioso tesoro bajo el mar de Barú, que nos espera para repetir la experiencia y poder ver de cerca sus joyas marinas.

DATO

Este espléndido lugar, que despierta el sentido ecológico y resalta la importancia de la vida marina y los problemas medioambientales que le afectan, ha recibido más de 20 mil visitas desde su apertura en mayo de 2015, según la Corporación de Turismo de Cartagena.

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Comentarios

Bien por este museo: ojalá

Bien por este museo: ojalá sea lo suficientemente conocido en términos de mercadeo para que le reste presión al PNN Corales del Rosario y San Bernardo, especialmente en su sector norte (Isla Grande y alrededores). Saludos.