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Ralf, memorias de la barbería más antigua de Cartagena

Ralf llama mucho la atención. Es una de las joyas turísticas del Centro Histórico de Cartagena, más allá de las historias que cuentan las murallas y las casonas coloniales. Un día, un actor cubano se paró al frente y, entre sollozos, expresó su asombro por el parecido de Ralf con su natal Cuba. Otro día, el cantante venezolano Ricardo Montaner caminaba por la calle del Arzobispado e impresionado por su peculiaridad, empezó a fotografiarla. “Yo le dije, ‘oye, ¿por qué nos tomas fotos?’. Él se echó a reír, respondió que era su esposa la que tomaba las fotos, yo lo invité a pasar. Nosotros queríamos una foto con él. Se hizo un corte clásico y se fue, quedamos siendo amigos”, recuerda Jaime Cordero.

Tampoco se le olvida cuando Gustavo Petro llegó, lo sorprendió por la espalda y le quitó en chanzas una bolsa de pan, porque quería un pan, y que el alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, los ha visitado, como también lo han hecho Joaquín Gutiérrez, Pambelé, Abel Leal, el cantante Andrés Cabas, Juan Piña, José Alberto ‘el Canario’ y Alfredo De La Fe. Como también han llegado ahí muchos alcaldes, concejales, abogados, médicos, periodistas, administradores, escritores, profesores y gente de todo el mundo. Hasta las jamaiquinas que un día fueron a raparse la nuca y un artista al que le ayudaron a hacerse un corte especial, con los rostros de Osama Bin Laden, Héctor Lavoe y Don Omar marcados en la cabeza, para que participara en un concurso en el Centro de Convenciones.

Tony King, un estadounidense del norte de Filadelfia (Pensilvania) acaba de cortarse el cabello y dice que le gusta el detalle con que Jaime hace su trabajo, por eso siempre vuelve. Jaime es el babero más joven de la Barbería Ralf. Tiene 50 años y tal vez sobre él recaiga algún día la responsabilidad de mantener vivo el negocio de familia. Aunque también es músico por hobby, amante de la salsa, hace 15 años se dedica a ser barbero, lo heredó de su papá, Manuel, y de su abuelo, Pedro.

El señor Manuel Cordero tiene 81 años. Parece ya estar muy acostumbrado a las entrevistas. Su barbería se ha vuelto famosa y él también. “El otro día vino un gringo, a decirme que había visto una foto mía, en una revista que le dieron en un avión en no sé qué parte del mundo. También salimos en una propaganda de una cerveza que sale por allá por el fin del mundo”, me cuenta. Hace dos años recibió una medalla de buen ciudadano, por parte de la Alcaldía, que cuelga como trofeo en una de las paredes. Es un señor bastante lúcido, bien puesto, de cabellos blancos, de ágil caminar y en este momento está cortando las barbas de un joven, unas cinco décadas menor.

No pierde su pericia. “Bueno, yo comencé trabajando barbería con mi papá, Pedro Cordero, ahí, en el Parque de Bolívar, él era propietario de la Barbería Colonial, después desapareció eso. Él compró una que estaba en la Plaza de la Aduana a Antonio Suárez, entonces yo me vine para acá, para la calle del Arzobispado, a la barbería de Juancho Martelo, ahí me quedé con Juancho. Como trabajé toda la vida con él, antes de morir, me regaló eso, entonces quedaba en otro local, y aquí estoy hasta el sol de hoy, sirviéndole a la ciudad y a la gente. Esto tiene como 83 años”, explica.

Siempre pasa que algún día los sorprende algún personaje de la vida pública, o que ellos mismos son los personajes, con los debates que surgen a diario según el tema de moda. “Aquí tenemos muchísimas anécdotas, hablamos de todo un poco, viene todo el mundo. Se forman unas tertulias”, dice Lisímaco Cordero, otro de los baberos de Ralf, primo de Manuel y Jaime.

De otra época
No es lujosa, en cierto modo Ralf parece detenida en el tiempo, por su aspecto clásico, por sus muebles y sillones antiquísimos y hasta por sus peluqueros, llenos de cientos de anécdotas y memorias de una Cartagena contemporánea. “Estos dos tocadores tienen 80 años”, me explica Orlando Ortega Barreto, el cuarto barbero. Él no es de la familia Cordero, pero esa sí es como su familia. En la pared, entre una veintena de fotos, me muestra una muy especial, cuando trabajaba en la desaparecida Barbería Jaramillo, en la calle Estanco del Tabaco. Fue su lugar de trabajo por 43 años. Cuando el dueño murió, esta cerró sus puertas. Sin embargo, Orlando heredó unos tocadores gigantes en madera, un abanico y un curioso bombillo, del cual dice tiene unos cien años.

“Es particular, por eso la guardé, porque ya no lo fabrican, existe desde mucho antes de que yo trabajara allá”, afirma y lo enrosca al zócalo, para demostrar que “aún prende, como yo”, dice. Luego lo guarda celosamente, forrado con plástico de burbujas, papel aluminio y una bolsa que luego deposita en una pequeña vitrina llena de cuanta cosa hay.

Orlando es un tipo sonriente, que nació en San Jacinto pero por cosas del destino llegó a Cartagena y encontró en este oficio su vida, pues a “peso de tijera” construyó su casa en Chapacuá. Recuerda que en el Centro Histórico, además fueron desapareciendo otras barberías populares del mismo tipo, a medida que iban muriendo sus dueños y barberos. Hasta solo quedar Ralf, casi que única en su estilo. “La antigüedad de la barbería es lo que más llama la atención”, asegura.

Otra sobreviviente
Casi única, porque aún sobrevive otra: la Barbería Cartagena. Queda en el sector de La Matuna y ya es una peluquería mixta, pero conserva su alma. O la de su dueño, Manuel Antonio Trujillo Olivera. “Empecé en la Metropolitana, en el año 58. Muy niño. Tenía 18 años, luego estuve en el año 60 en la Colonial, con el señor Pedro Cordero, Manuel Cordero y Roberto Moricagua, de ahí me fui para la Barbería Cartagena, en el Club Cartagena. Esta comenzó a funcionar en el año 1937, yo la compré en el 71 y hasta el día de hoy la tengo”, recuerda.

Dice que en aquellos años, ostentó el récord de 74 cortes de cabello en un día, un 31 de diciembre. “Yo hacía 60 motiladas todos los sábados, cuando era un pela’o, en los bajos de la Alcaldía, ya eso no se ve, ya hay mucha competencia. Ese 31 de diciembre, alcancé a hacer 74”, narra. Y se enorgullece de que uno de sus diez hijos, Manuel Antonio Trujillo Cantillo, le siguió los pasos y trabaja en la barbería de la Base Naval.

Antes del nacimiento de las barber shop en todos los rincones de Cartagena, la ciudad tuvo una legión de barberías en el Centro Histórico, cuyo espíritu aún sobrevive y brilla como aquel bombillo centenario que Orlando guarda en aquella vitrina de Ralf.

 



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Comentarios

Atención.

Quiero aprovechar y comentarle a mis coterraneos Cartageneros que el Relój Público lleva más de un mes detenido o dañado, o la MI€RDA que le esté sucediendo, el punto es que no dá la hora y este es un monumento y atracción turistica de NUESTRA ciudad, y cuando los turistas del interior ven que no dá la hora, comienzan a burlarse. Alcaldesa (e) WONG arregle esa situación o larguese pa' su pueblo.