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Resplandor o la búsqueda del propio yo

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“Un ramo de nomeolvides” y “Santa María del diablo” suelen ser los títulos con los que más se relaciona la producción bibliográfica del escritor antioqueño Gustavo Arango Toro, aunque en realidad lleva publicados 24 libros, entre novelas, crónicas, cuentos y ensayos. Su prolífica pluma y su actividad como profesor en la Universidad del Estado de New York, parecen no quitarle tiempo para volver a Cartagena (“La ciudad de los crepúsculos”, como él la llama) a recoger impresiones para otro volumen que hablará sobre su período como periodista en el diario El Universal.

La empresa editorial Ediciones B acaba de publicarle “Resplandor”, un híbrido entre crónica y novela, que es, al mismo tiempo, la materialización de un sueño que comenzó en Medellín y terminó al otro lado del Mundo. De eso y de otras traslaciones conversó con El Universal.

El viaje de Fa Hsien

¿Cuál es el origen de Resplandor?
-Es un tema que me apasionó desde que estaba muy niño, cuando descubrí la existencia de un lugar llamado Sri Lanka, una isla al sur de la India, que tiene mucha tradición literaria e histórica. Realmente el budismo, como filosofía, existe gracias a Sri Lanka, porque allá fue donde se conservaron los textos sagrados y la tradición, mientras que en la India desapareció. Esa es una de mis pasiones. La otra era contar un poco mi recorrido vital para llegar, desde el Medellín de mi infancia hasta Sri Lanka en 2012.

¿El viaje tenía como objeto abrazar el budismo?
No. Mi interés estaba más enfocado hacia ese lugar de cultura, de historia, pero obviamente allá el budismo es muy importante. El libro narra también mi vida, cuando salí de Medellín (que en el relato se llama “El valle de la muerte”), mi paso por Cartagena (“La ciudad de los crepúsculos”) donde cuento un poco de mi experiencia como periodista en El Universal; y cómo conocí en La Heroica a un señor de Sri Lanka, que estaba de paso, pero años después fue quien me ayudó a llegar a la isla. Y no sólo eso, me recomendó con su familia, y ellos me abrieron la puerta de su casa. En el pasaje de Cartagena también hay personajes reales, como  Dorothy Espinosa, de quien cuento que muchas veces le hablé de mi deseo de conocer Sri Lanka, y ella me regaló una revista de la National Geographic, lo que me sirvió para alimentar el sueño, pero me tomó muchos años cristalizarlo.

Y cómo se materializó...
Cuando llegué a Estados Unidos en 1998 debí ponerme a estudiar, después me hice profesor y acabo de cumplir 18 años viviendo por allá, pero el sueño de ir a Sri Lanka se materializó después que publiqué la biografía de Henry Char (“Pregunte por lo que no vea”), que es un libro de memorias. Pero lo primero que hice después que me pagaron ese trabajo fue comprar el tiquete para Sri Lanka, donde estuve viviendo un mes. El libro es más la búsqueda mía de ese sitio que cualquier otra cosa. Pero, al llegar a la isla, me di cuenta de la importancia del budismo. Por eso creo que, en cierto modo, el libro es una historia de esa filosofía.

La historia podría tener alguna connotación esotérica, en el sentido de que a lo mejor usted fue habitante de Sri Lanka en una vida pasada...
Claro que sí. Algunas personas de la isla me decían eso. Incluso, alguien me aseguró que había sido un monje que murió trágicamente, y que tenía que volver a resolver ciertos asuntos con el lugar donde había muerto.  

¿El protagonista del libro es usted?
Hay tres protagonistas: uno es mi viaje personal hasta llegar a Sri Lanka. Otro es Buda, quien vivió hace 2.500 años. Y el otro es un monje chino, llamado Fa Hsien, quien salió de China, caminó por el desierto, atravesó montañas, llegó a la India y terminó en Sri Lanka buscando textos budistas. Ese viaje duró 14 años. Comenzó con un grupo, pero terminó solo, porque era durísimo. Algunos se murieron, otros renunciaron, pero ese monje estaba decidido a encontrar textos budistas, porque quería llevarlos a la China. Por eso el budismo tiene tanto auge en la China, porque monjes como el protagonista del libro, hicieron viajes buscando textos sagrados.

¿Se trata de una crónica o de una novela?
Tiene algo de crónica, pero prefiero llamarlo novela, porque hay muchas libertadas en la escritura. Cuando uno habla de crónica encuentra el compromiso de que todo lo que narre sea real y comprobable, pero yo me tomo muchas libertades en la narración y agrego detalles que son muy de mi parecer.

¿Cómo fue esa investigación previa al viaje?
Pues, como dije, la pasión por Sri Lanka me empezó de niño. La investigación sobre Fa Hsien la comencé en Cartagena. Y el budismo siempre me ha parecido interesante, porque no es una religión sino una filosofía. Uno  puede ser, por ejemplo, católico y budista. Si uno mira las normas del budismo, se da cuenta de que es casi un manual ético de respeto por la vida, por la naturaleza, de coexistencia, de convivencia, etc. Los libros que estaba buscando el monje eran de una disciplina en donde se observa que la vida se conserva, si acatamos ciertas normas.

¿Cuánto le llevó escribirlo? 
Hay fragmentos que publiqué en El Universal en 1993. Es una crónica sobre la historia de Sri Lanka, a propósito de que por esos días un terrorista había matado al presidente de esa isla. Después, cuando tenía la columna de Wenceslao Triana, publiqué una carta abierta a Chandrika Kumaratunga, la entonces presidenta de Sri Lanka, quien, por esos días se suponía que debía estar en Cartagena en la “Cumbre de Países No Alineados”. Entre otras cosas, Sri Lanka fue el primer país del mundo donde hubo una mujer presidenta. Pero resulta que Chandrika no estaba en Cartagena, pero sí estaba un tipo de Sri Lanka de paso por la ciudad, y llegó a El Universal a preguntar quién era ese viejito que sabía tanto de Sri Lanka. Ahí iniciamos una correspondencia. En Estados Unidos nos encontramos varias veces, hasta que le comuniqué que ya estaba listo para viajar a la isla. Enseguida le mandó un mensaje a la familia diciendo: “ayúdenme a este loco que está obsesionado con Sri Lanka”. Desde que llegué me abrieron las puertas y hasta me hicieron entrevistas en periódicos, porque les parecía raro que una persona del otro lado del mundo supiera tanto sobre ese país.

¿Qué les comentó a los periodistas?
Todo lo de la obsesión que me había perseguido desde niño. Incluso, les dije que me la pasaba molestando a mi familia con el cuento de que me iba a morir en Sri Lanka. Y esa premonición en broma por poco se cumple un día en que estaba en el mercado de Colombo, la capital, con la familia del amigo que me recomendó. De pronto, todo el mundo se espantó porque estaban dando una alerta de tsunami, que no sucedió, pero alcancé a asustarme y a pensar que en verdad iba a morir allí. El rato fue angustiante, porque no encontrábamos carro para alejarnos del mar, pero después pensé que esa sería la mejor forma de morir.

¿Qué significa Sri Lanka en la historia de Asia?
Después de conocer varias de sus maravillosas ciudades, me enteré que Sri Lanka fue un reino esplendoroso hace 1500 años. La ingeniería floreció mucho con la construcción de embalses, canales de agua, etc. Conocí Anuradhapura, que era la ciudad más esplendorosa del mundo. Hoy sólo quedan las ruinas. Allí mismo hubo una universidad a la que el monje Fa Hsien llegó a buscar textos sagrados. En el siglo V hubo una universidad extraordinaria. Uno siempre piensa que el centro del mundo es Europa, pero resulta que hace dos mil años el centro intelectual del mundo estaba en la India, incluso, antes de Roma. 

¿Cómo es la isla hoy?
Sufre mucha pobreza. Es una isla muy pequeña con una densidad de 25 millones de habitantes de mucha espiritualidad y muy buena relación con la naturaleza. Allá existe un fenómeno muy parecido al de Cartagena: hay ciudades que están muy tomadas por el turismo, como Galle, que tiene murallas que fueron construidas por los portugueses. Pero hay otros pueblos que me gustaron mucho porque no tenían turismo, y el contacto con la gente fue más directo.

¿Su atracción por Sri Lanka acaba en este libro?
Creo que da para una segunda parte. Mira que yo termino el viaje en Anuradhapura, donde hay un árbol que creció de la rama del árbol donde Buda alcanzó el nirvana (iluminación); o sea, históricamente es un árbol de 2500 años. Allá lo veneran y sus ramas están sujetadas con soportes, pero digamos que es el lugar de peregrinación más antiguo de la tierra. A Anuradhapura fue donde llegó Fa Hsien. Yo cuento el viaje hasta que llego a esa ciudad, al sitio exacto donde llegó el monje. Es como si nos hubiéramos encontrado, pero con 1.500 años de diferencia, porque él llegó en el 412; y yo, en el 2012.

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