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“Risociclina”, buena pa’ curar el alma

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El doctor respira profundo y susurra una oración corta. Camina despacio y acomoda sus enormes anteojos. Viste una impecable bata blanca, un suéter rojo, una corbata amarilla, dos bufandas y una gorra tan colorida como el arcoíris. Su nariz es redonda. Redonda y verde. Se llama Alexito. Abre la puerta y entra a la Sala de Nefrología del Hospital Infantil Napoleón Franco Pareja, Casa del Niño. Hay cinco pacientes, pequeños entre los 2 meses y 17 años con enfermedades renales crónicas.

-“Doctor Alexito, Gabriel cumplió 15 años ayer. Es aquel, el del fondo. Está dormido”, susurra una enfermera.

-“Despieeerta, Gabriel, despieeerta, mira que ya amaneció...ya los pajaritos cantan y el arroz se quemó”, canta el doctor.

Gabriel, el paciente, se estira en la camilla y abre los ojos para ver al doctor Alexito. Sonríe tímidamente y cubre de nuevo su rostro con la sábana.
Alexito vuelve a entonar aquella loca estrofa, esta vez acompañado por tres colegas tan payasos como él: el doctor Alan Brito, Luisito Music y la doctora Ruuun. El recinto estalla en risas. No hay más frialdad. No hay más miedo.

La alegría se extiende a dos salas más: de Neumopatía, donde tratan a niños con enfermedades respiratorias, y Quirúrgica, allí están los pequeños que se preparan para someterse a cirugías.

En la de Neumopatía el protagonista es Kilier, un “mono” de 4 años que derrocha ternura. El pequeño canta, baila, hala a su papá y también lo pone bailar. Aaron, de 4 años, espanta el dolor y el aburrimiento y baja de la camilla para saltar.

En Quirúrgica, está la princesa Dulce. ¡No pudieron escoger mejor nombre para esta rubia!

-“¿Y por qué tienes los ojos tan lindos?”, pregunta Alexito a Dulce. Ella, sonriente y pícara, responde: “porque así nací”. La nena entona sin pena las letras de “Los Pollitos Dicen” y “La Bonita Primavera”. Prefiere cambiar la palabra “maldita” -como en realidad dice la canción de Yuri- por bonita.

El milagro que cura las almas de nuestros ángeles se llama terapia de la risa. Y sí funciona.

LA CIENCIA DE LA RISA

La risoterapia funciona por pura química.

“Cuando alguien ríe, su cerebro libera endorfinas, hormonas con un efecto similar al de la morfina, y dopamina, neurotransmisor relacionado con los estados de bienestar psicológico. También se regulan los niveles de cortisol, que es la hormona del estrés”, explica Yeison Torres Herrera, médico de la Universidad del Sinú.

¿Para qué la terapia de la risa en un hospital infantil? Para hacer más llevaderos y efectivos los procesos de recuperar a los nenes y para apoyar a sus papás. Y ojo a este dato: la Casa del Niño atiende anualmente a 90 mil pacientes, pues es el único hospital pediátrico de la región.

“El programa de voluntariado de clowns -payasos- nace en 2014, cuando empezamos a pensar en la risa como una terapia de base del hospital. Antes tuvimos unos ejercicios, pero con fundaciones y personas que venían muy esporádicamente. Con la empresa Fábrica de Sonrisas y la Fundación Doctora Clown, gestionamos un grupo de voluntarios y comenzamos con una persona que nos donó Fábrica de Risas. Era una maestra en artes escénicas que venía todos los días para hacer terapia. Creó un personaje, la Doctora Locura, que hacía rondas -como los médicos- para jugar con los niños y cantarles”, explica Andrea Pizarro, analista de comunicaciones de la Casa del Niño.

El hospital capacitó a 13 voluntarios, siete de ellos están activos. ¿Capacitar?, se preguntará usted. Claro, no cualquiera hace terapia de la risa. En un taller intensivo de dos días, la Fundación Doctora Clown, pionera en Colombia, enseñó a los muchachos a perder el miedo al ridículo y a crear sus personajes. A prepararse psicológicamente para no llorar al ver a un niño enfermo, mejor dicho: a enfrentar la cara más cruda del dolor y superarla.

“Este año consolidamos el voluntariado y en 2016 planeamos hacer una investigación que demuestre el impacto de la terapia de la risa con un ejemplo del hospital, de la mano de nuestro Centro de Investigación y Docencia”, cuenta Andrea Pizarro.

DE VENDEDOR A PAYASO

Adivine, adivinador, quiénes son los personajes detrás de las narices coloridas.

El más flaquito es el doctor Alan Brito, se llama Esneider Ozuna Arteaga, tiene 26 años y estudia artes escénicas. La hermosa Ruuun es Ruth Pérez Figueroa -28-, técnica en comercialización de alimentos. El despistado doctor Music es Luis Alfonso Burgos Lora -22- estudiante de producción industrial. Y cuando Alexito, el líder, se quita la corbata amarilla es Alexánder Carrascal López, de 28 años, exvendedor de bienes raíces y estudiante de artes escénicas.

¿Cómo llega un vendedor de bienes raíces a ser doctor de la risa?

Alexánder vive en el barrio Vista Hermosa, detrás de El Campestre. Dice que hasta hace un año vendía casas y apartamentos, pero decidió renunciar para invertir energía a su sueño: crear Mundo Clown, una fundación donde la risa sane miles de almas.

“Hace muchos años comencé a hacer trabajos de recreación con los niños, pero no sabía mucho del clown. Había investigado porque vi un fenómeno muy interesante en Perú, casualmente fui a una brigada de salud como doctor clown y conocí a Andrea Pizarro. Ella me invitó a la Casa del Niño, vine, conocí a la Doctora Locura y fue lo máximo, porque ella hacía lo que yo soñaba. Fue un empalme divino porque vinieron brigadas y muchas actividades en Cartagena y Bolívar.

“Un clown no es el típico payaso que está pintorreteado. Ser clown es un estilo de vida porque pones tu personalidad al servicio de la risa. Para el niño la diversión es tan importante como el trabajo para ti, por eso creemos que a través de la risa podemos llegar a sus corazones y a los de los adultos. La gente se da cuenta de eso y la prueba es que los doctores nos llaman para que visitemos a niños deprimidos y la Gobernación de Bolívar nos contactó para hacer terapia de la risa en hospitales. Imagino a muchos clowns tomándose a los hospitales y barrios pobres de Cartagena, haciendo brigadas de salud con médicos y doctores de la risa”, expresa Alexánder.

Alexito cree que la risa es un instrumento de Dios. Es un adulto que quiere volver a ser niño y ahí está su secreto, ese don divino de hacer reír a un niño que sufre una simple gripa o que padece cáncer.

“Mira, intentar hacer reír a un niño que sabe que tiene cáncer es otra cosa, es algo que no tiene presentación. Golpea el corazón, pero tienes que seguir alegre -comenta Alexánder-. El primer día que vine aquí lloré, pero la convicción de Dios en mi corazón me sobrepuso y desde entonces hago hasta lo imposible por sacarles una sonrisa. Ese es mi pago”.

¿Y usted, cuántas veces al día ríe?

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