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Roosevelt Morales decidió repartir amor

“La amaba completamente. La sigo amando, porque la muerte no es impedimento para amar”. Me decía Roosevelt allá, en las cómodas y frías oficinas de El Universal, me hablaba de su madre. Ella tenía cáncer. No sé por qué, aquí y ahora, en medio de tanto calor y tanto humo, recuerdo esa frase. Estoy en Isla de León, uno de los sectores más pobres y alejados de El Pozón, viendo como ese mismo muchacho reparte amor en forma de comida a diestra y siniestra. Y pensar que toda esta escena comenzó a gestarse el día que le diagnosticaron cáncer de seno a la señora Lourdes.

Era el día de su cumpleaños, 11 de febrero de 2010, y entonces llegaron el miedo y la desesperanza, ¿es que a quién no se le estremece el mundo de solo oír la palabra cáncer? Fueron cuatro años y seis meses entregado a ella y a la enfermedad, a cuidarla, a alimentarla, a amarla. Lourdes, esa mujer, la que lo parió y la misma que trabajó duro como cajera para sacarlo adelante, se consumía poco a poco: mientras la enfermedad se expandía hacia el cerebro y la médula espinal, a “Roos” solo se le ocurría amarla más y más. Amarla incondicional e ilimitadamente hasta el día que ella partió a una vida mejor. Falleció en la tarde del 23 de junio de 2014, a las dos en punto, en los brazos de su hijo.

“¿Sabes?, nunca me pregunté por qué a mi mamá le dio cáncer y por qué murió de eso. Aunque era la persona a la que yo más amaba, siempre pensé: ¿Para qué? Y ya lo entendí”, me decía. “Después de su muerte, yo tenía dos opciones: una, tirarme a la pena y al dolor; y dos, salir al mundo y entregar amor. Escogí la segunda”.

Roos, que es chef y comunicador social e intentó cuatro veces ser sacerdote, escogió salir un día para el Hospital Universitario para preguntar por los pacientes y a cuidar a quienes no tuvieran dolientes. Empezó por el mismo pabellón de cáncer donde murió su mamá, llevaba una Biblia y un mensaje de esperanza. Siguió por el lugar donde atienden a los pacientes con VIH y movió cielo, tierra y medios de comunicación para que una EPS diera medicamentos y tratamiento a Diego, un paciente de 19 años con SIDA.

Su misión siguió en Isla de León un día que vio una noticia por televisión: ese sector, uno de los más pobres de Cartagena, había sido devastado por el invierno de 2016. “Yo dije, ve, esta es la oportunidad para conocer a Isla (de León), siempre la quise conocer”, me contaba. Se fue con una amiga a tomar fotos, las publicó en redes y consiguió alimentos, tantos que el 31 de julio de ese mismo año preparó nueve ollas de sancocho. Comieron, compartieron y estaban felices, pero faltaba algo. “Un almuerzo no soluciona su realidad, tengo que hacer algo más”, me decía. Seguía en campañas, sin apartarse del sector. Conoció a Jeremy, un niño con una enfermedad cutánea que estaba postrado en la cama y ahora juega como cualquier otro, le reconstruyó la casa, siguió llevando comida y sin darse cuenta se convirtió en “un isleño más”.

Aquí, en Isla de León, también celebran Ángeles somos y piden tintililillo. Llegué a las once de la mañana, ya recogieron las cosas para el sancocho y hay tres ollas, montadas en tres fogones de leña. Ese olor indescriptible de sopa con ahuyama, ñame, costilla, gallina y papa va invadiendo el sector, con sus casas escuetas y coloridas. Las miro y pienso que aquí todo material es bueno para construir: madera, bolsas, láminas de zinc y, para las más afortunadas, cemento.

Huele a esperanza, porque los niños, esos que están sentados bajo el almendro y el rancho de madera, saben que no van a pasar hambre, no hoy. Huele al mismo humo al que olía Roosevelt cuando fue al periódico. Y me parece que es el olor del amor ese que él predica con hechos en El Pozón. Y confieso que quise venir a Isla de León para ver si tanta bondad era cierta y sí, de eso tan bueno sí dan tanto.

Roosevelt lleva dos años metido en el barrio, intentando ayudar y dar lo que no tiene, pero solo hasta hace un mes se animó a crear el comedor infantil: todos los lunes, miércoles y viernes hay almuerzos por $500 para el que alcance, la prioridad son niños, mujeres embarazadas y adultos mayores. “En el sector hay 600 niños, estamos llegando a 200 (entre 3 y 12 años), pero la idea es que alcance para toda la comunidad. Ellos son mis comensales especiales, entonces intento darles platos que ellos no coman usualmente: bandeja paisa, por ejemplo, y que a través de la gastronomía, recorran y conozcan nuestro país”, añade.

Roos consigue los insumos y mujeres del barrio, Yenis, Ana Kelly y otras tres señoras, le ayudan a cocinar gratis, de forma que el dinero que se recoge no se toca: la idea es usarlo para darle más forma a este sueño. El próximo año crearán huertas comunitarias que beneficiarán a la comunidad y harán el proyecto autosostenible. La idea es construir un comedor donde los niños puedan almorzar cómodos. Este sueño se llamará ‘La mesa de la alegría’ y se extenderá hasta después de que se apaguen los fogones. Roos sueña que los niños puedan quedarse allí después de comer, para tareas dirigidas, por ejemplo, pero para eso hay que comprar un lote. ¡El sueño es grande, pero las ganas de trabajar también!

***
El sancocho está servido en una mesa blanca y mi silla no es una silla, sino una caja de madera maltrecha. Roos me invita a pasar: el sancocho más sabroso del mundo está servido en un plato blanco. Una cucharada, dos cucharadas, saboreo. Otra cucharada, veo a los niños reír. Una más, veo a Roos cargando a Jeremy y la piel del niño, llena de cicatrices, pero sana. Ahora, el aguapanela. Pasan los pequeños con sus ollitas, sonríen, agradecen.

Me despido, me voy de Isla de León, pero se va conmigo el olor a humo, a leña quemada. No importa, así huele la esperanza.

 

 



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Comentarios

FELICITACIONES

Excelente obra de Roosevelt. Dios lo bendiga. Que bueno que haya personas con ese corazón tan noble.