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Rubén Blades vino a cantar

Por: Gisella López Alvear

Gustavo Tatis Guerra

Bajo el ala negra de su sombrero panameño, resplandeció la mirada vivaz de Rubén Blades. La luna llena alumbró la noche de San Andrés el 17 de septiembre, en el estadio de béisbol Wellingworth May.  Todo de negro, Rubén extendió los brazos y dijo: “Gracias por venir. La primera vez que vine a San Andrés era casi un niño, tenía 17 años, y era mi primer concierto internacional. Eso ocurrió hace 51 años, cuando nos falló un conguero. Así que espero que la pasen feliz”.

El piano resonó al iniciar la canción “Caminando”, y el estadio  estalló en algarabía. Su música erizó el alma y estremeció sentimientos colectivos. Estar allí muy cerca de Rubén Blades, con la magistral orquesta de Roberto Delgado, era un premio de Dios.  Rubén dijo que su ídolo de aquel entonces, y desde siempre, era Cheo Feliciano.  A sus 17 años, escuchaba a Joe Cuba, al sonero Ismael Rivera, a Tite Curet Alonso. No era fácil aprenderse una canción en aquellos tiempos, porque había que tener un tocadiscos, o encontrar a un amigo que tuviera esos discos. Pero nadie prestaba un tocadiscos y menos, un disco. Una y otra vez escuchó una canción de Cheo Feliciano: “Aunque tú no me quieras”, hasta que se la aprendió. Fue una de las canciones que cantó en San Andrés hace 51 años. Y la volvió a cantar en 2016.

El concierto de Rubén Blades fue una biografía musical: cantó lo que todos queríamos escuchar: Amor y control, Pedro Navaja, Maestra vida, El pasado no perdona, Buscando guayaba, El nacimiento de Ramiro, El Padre Antonio y su monaguillo Andrés, Decisiones, Te están buscando, Todos vuelven, Ligia Elena, Yo puedo vivir del amor, Sin tu cariño,  Teresa Batista, El Cantante, entre otras.

Rubén, el hijo del samario Rubén Blades Bosques y la cubana Anoland Bellido de Luna, llegó al mediodía del sábado 17 de septiembre, y se fue al mediodía del domingo. Cantó dos horas y media en la noche del sábado, y al despedirse, el público le pidió otra canción, y con su humor inesperado preguntó: ¿Ustedes no tienen ganas de ir al baño? La gente se rió. “Pues, yo sí. Dejen que vaya, y ya vuelvo a cantarles”. Así que cantó cerca de tres horas. Y le dijo al público: “Vayan tranquilos a casa, en orden, yo estará pensando y orando en ustedes”. En veinticuatro horas en San Andrés, tuvo tiempo de zambullirse en el mar de los siete colores que tenía al pie del hotel Decamerón Acuario en donde se alojó. Se hizo una foto sumergido en el mar y dijo “Gracias San Andrés, Gracias Green Moon Festival”. Recordó que su madre siempre le decía “tú nunca grabas boleros”, pero en la noche sanandresana cantó varios, entre ellos, “Aunque tú no me quieras”, de Cheo Feliciano, y “Apóyate en mi alma”, un bolero compuesto por Roberto Yanes y cantado en 1964 por Santos Colón con la Orquesta de Tito Puente.  Fue adaptado por Blades para Wynston Marsalis y la Jazz Lincoln Center Orchestra en 2014.

Recordando a Lavoe
“Lo bueno no se va, Héctor”, dijo Rubén Blades al recordar a su amigo Héctor Lavoe, ícono de la música salsa. Cuando Rubén compuso “El cantante”,  fue como un retrato de su amigo quien la hizo suya: la felicidad que generaba en las multitudes con sus canciones contrastaban con su drama personal. Es como si nadie se acordara que  cada artista que hace feliz a los demás, también tiene dramas que resolver como todo el mundo. Para Rubén encontrarse con los viejos amigos es una de sus mayores bendiciones. Amigos de la infancia que aún viven se encuentran y se ríen de él cuando lo ven manejando un vehículo en las películas, él que jamás aprendió a manejar.  “Jamás nos tratamos de usted sino de tú. Al igual que yo, ellos vienen de una vida de barrio, él nació en 1948 en el barrio  San Felipe, de Ciudad de Panamá, donde las mujeres trabajan sin vacaciones y donde se come arroz blanco”.

Recuerda que cuando estaba trabajando en 1992 en el álbum sobre los quinientos años de la llegada de Colón a América, su madre cayó enferma con un cáncer terminal. Y él compuso “Amor y control”, que nada tenía que ver con el álbum, y puso a llorar a todo el grupo. La canción puso a bailar a todos en San Andrés. Blades logra en tres minutos contar una historia de principio a fin en sus canciones. Es una cronista urbano y un reportero del alma de la gente. Un contador de historias, que en los últimos años está preocupado por la convivencia doméstica y el maltrato a las mujeres.

Cree que el mundo será mucho mejor si a las mujeres les pagaran igual por el mismo trabajo que hacen los hombres. Hay mucha violencia doméstica contra las mujeres. Era más fácil que el hombre llegara a Martes o que un negro se convirtiera en presidente de los Estados Unidos, pero aún no se les paga igual a las mujeres.

El racismo no se ha desterrado aún. Hay muchos prejuicios. Hay que estar pendiente de eso, advierte Blades.

Muchas veces  fue acusado de subversivo por hacer canciones  como la del  Padre Óscar Arnulfo Romero, en la década del 80 cuando compuso el álbum “Buscando América”.  “Más vale que llegue la justicia aunque tarde”, precisa Blades, como ocurrió con el sacrificado sacerdote.

El actor

Blades dice que jamás pensó hacer cine ni ser actor de Hollywood. Pero  ha sido actor en 37 películas. Cuando mira la primera película “bastante malita”, dice que no se reconocía viéndose. ¿Quién es ese filipino?  ¡Ese no puedo ser yo!

Pero Blades es un actor natural, tiene una gracia apenas sube al escenario. Puede estar en silencio y todo él es una narración que expresa con el cuerpo. No solo cuenta historias antes de empezar su concierto, sino que sus canciones son  extraordinarias historias cantadas. Tiene un gesto sutil con las manos que sube hasta su pecho para expresar emociones intensas y profundas, y parpadeos de picardía cuando canta boleros de amor.  lleva el ritmo en cada palabra y en cada silencio. Y cuando se quita el sombrero para mostrar que ya el tiempo le ha arrebatado la cabellera de los setenta, es como un caballero salido de una película. Se inclina con reverencia ante el público. Y se da golpecitos en el pecho para decir: “Estoy con ustedes”.

Green Moon Festival
El Green Moon Festival, que se inició en 1987 como una plataforma de proyección de la música y la cultura de San Andrés, tuvo una pausa entre 1995 y solo hasta el 2012, cuando se reinició gracias al impulso de dos de sus fundadores:  Kent Francis y Eduardo Lunazzi. El brujo mayor de la isla, Simón González, que fue intendente y primer gobernador de San Andrés, dijo alguna vez en un congreso de brujos que la luna de San Andrés era de color verde. Y los viajeros del mundo empezarona llegar a San Andrés a comprobar si era cierto. Le reclamaron a Simón que la luna no era verde, y Simón los descrestó con su frase: “La luna es verde y solo la puedes ver si estás enamorado”. Con esa poesía certera y bajo su influjo, echó raíces el festival que ahora se ha revitalizado con Rubén Blades y con los excelentes grupos musicales de San Andrés y Providencia: Creole con treinta años de trayectoria musical, y I’Labash, la maravillosa banda de Old Providence, liderada por Elkin Robinson.

“El Green Moon Festival es la fiesta de la gran familia del Caribe”, dice Kent Francis. En 2016 hubo de todo, dice Eduardo Lunazzi “carreras de caballos, obras de teatro, lanzamiento de libros, exhibiciones de cine, ferias del saber y lingüísticas, concursos y exposiciones gastronómicas, talleres con ejes temáticos sobre la cultura del mar, el breadfruit y las hierbas aromáticas”.

Epílogo
El mar resonaba  a ritmo de Creole y I’Labash, y nos devolvía el aliento caliente del archipiélago de San Andrés y Providencia.

Gisella llegó al estadio cuatro horas antes de iniciarse el concierto y se sentó en primera fila, a tres metros de distancia, solo separado por una valla de menos de metros y medio. Burló la valla que la separaba del escenario y con señas llamó a Roberto Delgado. Tan solo para darle un abrazo a Rubén Blades, su ídolo musical.

“No es cuento, pero  San Andrés y su mar de todos los colores, me acompañará hasta el día de mi muerte. Gracias, San Andrés, Gracias Green Moon Festival. Gracias Colombia, tierra de García Márquez”, dijo Blades. Kent Francis le regaló a Blades una quijada de caballo, instrumento percutivo y ancestral de la isla, tributo del Green Moon Festival, y a Blades le encantó. Dijo que había que viabilizar y dinamizar las relaciones culturales musicales entre el archipiélago y Panamá.

La voz suave de Blades se derramó  por el aire de  San Andrés, como una sílaba de agua en el viento, salpicado de estrellas, como un susurro de sus dedos levemente aferrados a su pecho.

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