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San Pedro Claver: un santo heroico para una ciudad heroica

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“La navegación dura más de dos meses; tan apretados, tan asquerosos y tan maltratados, que me certifican los mismos que los traen, que vienen de seis en seis, con argollas por los cuellos…, y estos mismos de dos en dos con grillos en los pies, de modo que de pies a cabeza vienen aprisionados, debajo de cubierta, cerrados por de fuera, donde no ven sol ni luna, que no hay español que no se atreva a poner la cabeza al escotillón sin almadiarse (en nuestro español de hoy, sin sentir náuseas), ni a perseverar dentro de una hora sin riesgo de grave enfermedad. T

anta es la hediondez, apretura y miseria de aquel lugar. Y el refugio y consuelo que en él tienen, es comer de veinticuatro a veinticuatro horas, no más que una mediana escudilla de harina de maíz o de mijo o millo crudo, que es como el arroz entre nosotros, y con él un pequeño jarro de agua, y no otra cosa, sino mucho palo, mucho azote y malas palabras”.
Impresionantes descripciones que nos transportan a la Cartagena del siglo XVII, tiempo en que vivió y trabajó para los esclavos que sobrevivieron a semejantes humillaciones, San Pedro Claver. Había nacido en Verdú (España) en el año 1580. Después de realizar sus primeros estudios con los padres jesuitas en Barcelona, ingresa a la Compañía de Jesús y con las orientaciones del santo hermano jesuita Alonso Rodríguez, portero del colegio en Palma de Mayorca, pide ser enviado a las misiones del Nuevo Mundo. Llega al Nuevo Reino de Granada en 1610. Termina su estudio de teología en el seminario de Santa Fe de Bogotá y luego es enviado a Cartagena. Aquí, en la Catedral, recibe la ordenación sacerdotal el año 1616. Así comienza su ministerio, saliendo a recibir estos “restos humanos” que sobrevivían al terrible viaje.
Durante 38 años no tuvo más oficio que aliviar los sufrimientos de estos esclavos a los que ofreció su vida desde el día en el cual hizo sus votos al Señor, firmando de su puño y letra: “Petrus Claver; aethiopum semper servus” (Pedro Claver; esclavo de los esclavos negros -etíopes-, para siempre).
Hoy, al cabo de 355 años de su muerte y 121 años de su canonización, no podemos dejar de recordar su memoria. Su trabajo en favor de los esclavos negros fue tan heroico que sigue dándonos puntos de admiración.
En el libro “Proceso de beatificación y canonización de San Pedro Claver” encontramos páginas que nos describen muy bien su semblanza y sus virtudes. Con relación a su fe, dice lo siguiente: “La misma fe brilló en su continua oración, meditación y contemplación, según afirman los testigos. Porque era tan insólito que el venerable padre Claver faltara a este santo ejercicio, que parecía vivir sólo para él, y pasaba muchas horas, especialmente nocturnas, en el coro o en su celda rezando fervorosamente a Dios con la mente, con el corazón o con la palabra. Y todo el tiempo que le quedaba de las asiduas labores en beneficio de los pobres, lo empleaba en orar, no encontrando obstáculo ni siquiera en sus enfermedades, hasta el último soplo de vida. Entre las muchas cosas que pudieron observar, es notorio que se ataba una cuerda al cuello y se colocaba una corona de espinas en la cabeza. Frecuentemente también se abstraía de los sentidos, al punto que no veía ni oía a los que entraban a su celda y para no alejar nunca de la mente la presencia de Dios, rehusaba escuchar cualquier cosa mundana. Por eso, andando por la calle, se tapaba los oídos con algodón. Y una vez sucedió que las mulas arrastraron el coche del gobernador de la ciudad, por haberse roto las riendas de la carroza, con gran impacto y ruido y el pueblo gritaba en voz alta. Mientras tanto, el venerable Claver pasó cerca del coche, todo concentrado en Dios, y con gran admiración del compañero, no se dio cuenta”.
No es difícil imaginar la mencionada escena, si recordamos a las parejas que concentradas en expresarse su amor, se abstraen de todo lo que sucede a su alrededor. Para nuestro santo no podía haber otra razón para dedicar su tiempo y su atención a su Dios y Señor, que el inmenso amor que sentía por Él.
Pero el amor a Dios no podía separarse del amor al prójimo, y en especial del amor al hermano enfermo. Son muchos los testimonios que nos hablan de su afán por visitar a los enfermos de lepra y de viruela, sin demostrar escrúpulos ni rechazos de ninguna clase. Antes por el contrario, lo hacía con arriesgados gestos de ternura y compasión que hoy nos pueden parecen exagerados y peligrosos. Sin embargo, para Claver, primaba la relación paternal y hasta maternal que lo unía a estos hijos de Dios confinados a un lecho de enfermo, al que muchos ni se atrevían a acercarse.
En la obra citada, encontramos al respecto lo siguiente: “Asolaba a Cartagena una epidemia de viruelas (pústulas), a causa de la cual morían los que se contagiaban. Y padeciendo una negra esta enfermedad, su ama llamó al venerable siervo de Dios, quien al llegar al lugar, encontró a la enferma en la habitación más alta de la casa, encerrada en un cuartico debajo del techo y acostada sobre unos costales. Al abrir la celda, salió un tan grande hedor que ninguno de los mortales habría podido tolerar… El hombre de Dios, sin manifestar repugnancia alguna, se inclinó al lado de la enferma y repugnándole más la suciedad del alma que la del cuerpo, tratándola con extraordinaria caridad, mostrando el crucifijo, la exhortó a confesarle sus pecados. Después, conmovido por sus dolores, colocó a la enferma sobre el manteo extendido en el suelo, limpió las llagas y arregló mejor los sacos sobre los que estaba acostado para que estuviera más cómoda, y enseguida volvió a ponerse con naturalidad el mismo manteo, lleno de costras y maloliente por la podredumbre”.
Más impresionante aún, es la narración sobre el contacto de su boca con las llagas de los enfermos. En este caso no sólo se sometió a las consecuencias de un contagio, sino más aún, a posibles interpretaciones ambiguas de sus actos. No es difícil suponer que hoy en día nadie se atreva a realizar algo parecido, no solamente porque no se juzgue necesario sino por los terribles miedos que conlleva el verse contagiado de terribles enfermedades.
Veamos la narración del hecho: “Adán Lobo, doctor en medicina, cuando entraba a casa de Francisco Manuel, oyó la voz de una mujer que decía “Déjeme padre, no haga eso”. Concebida una siniestra idea, a causa de esas palabras, pasó adelante para poder averiguar el misterioso hecho y vio que el venerable siervo de Dios lamía las horrendas llagas de la negra. Después, fue al colegio y pidió disculpas al padre Claver por la sospecha que había tenido. Él lo abrazó con benevolencia y al mismo tiempo le pidió que no contara aquello a ninguna persona. Y afirman los testigos que ésta y acciones similares de extraordinaria caridad con frecuencia las ejercitaba con otros enfermos”.
Siguen así los numerosos testimonios que son recibidos bajo la gravedad de juramento y que son estudiados para promover la causa, por la cual fue canonizado Pedro Claver por el Papa León XIII en 1888.
Hoy, a 121 años de este acontecimiento, podemos decir que la misión de este gran santo sigue despertando conciencias que se abren para leer en la sociedad actual, diferentes maneras de esclavitud y de dominación que arrasan la libertad de los seres humanos. Con sólo mirar la explotación sexual a la que son sometidas las mujeres y los niños a causa de un turismo, donde el dinero lo compra todo, urge el compromiso con la causa de Claver, en nuestra atractiva y contradictoria ciudad.
Afortunadamente, ya existe en muchas conciencias la idea de igualdad y de trato digno para los trabajadores y empleados. Sin embargo, el afán de lucro sigue en muchos casos dominando la relación patrono-trabajador. No solamente esto se ve en los bajos salarios que se pagan, sino también, en la demora en el pago.
La realidad pluriétnica y multicultural de nuestro país es otro tema que se ajusta a la búsqueda de igualdad y respeto por la diversidad y la dignidad humana. En esto todavía tenemos mucho por hacer para seguir la tarea de Claver. Quizá las leyes ayudan a defender los derechos de los más débiles y toda la jurisprudencia que se pueda proponer para este fin, debe ser siempre bienvenida. Pero no se puede perder de vista que la cultura dominante termina por absorber a las pequeñas. La pregunta puede estar en ¿cómo fortalecer nuestra identidad regional sin perder de vista los aportes que ayudan a ganar en humanidad y en crecimiento de una mejor calidad de vida? En el fondo el tema vuelve a lo básico: la justicia en un mundo desigual donde sólo unos pocos son los privilegiados. ¿No sería este punto la inquietud fundamental de Claver que lo motivó a dedicarse con pasión a reconocer en estos despreciados y excluidos seres humanos, sujetos de un trato digno, respetuoso y cercano?

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Aristizábal Tulio, S.J.: “RETAZOS DE HISTORIA, Los jesuitas en Cartagena de Indias”. Cartagena: Antropos, 1995. Pág. 79-80.
Anna María Splendiani, Tulio Aristizábal, S.J. “Proceso de beatificación y canonización de san Pedro Claver”. Bogotá: CEJA, 2002.
Ibidem, pág. 8
Ibidem, pág. 16 (Cfr. Págs. 232 y 233)
Ibidem, pág. 17

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