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Satoko Tamura vive en Macondo

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Satoko Tamura  tiene los ojos grandes y serenos, y el dulce misterio de los japoneses para descifrar lo que les encanta.  No solo es la traductora japonesa de García Márquez, Vargas Llosa, Juan Gelman, Pablo Neruda, Gabriela Mistral y otros escritores de América Latina, sino que además, es una poeta y ensayista consagrada, que tardó muchos para escribir su libro Caminar por Cien años de soledad, un cuarto de siglo con Gabriel García Márquez.

Nació en Wakayama, Japón, en 1947, y ha recorrido cada uno de los paisajes recónditos de los puntos cardinales del Caribe colombiano, para conocer de cerca a Macondo.

Los dos paisajes más impresionantes para ella, además de la alta Guajira de las rancherías de los wayúus en donde están los ancestros maternos de García Márquez,  fue descubrir La Mojana sucreña de los ancestros paternos del escritor. También le impactó Palenque porque llegó en  los funerales de un campesino, y en pleno entierro, se desgajó un aguacero. La acompañó Lucho Colombia, y Satoko entró a la casa del muerto y vio bailar a los palenqueros ante el ataúd, cumpliendo el ritual del lumbalú. Aquel lamento de las mujeres no parecía un llanto secreto sino el canto finísimo de un pájaro que se prolongaba en el horizonte palenquero de la tribu. Satoko entró al pueblo en una mototaxi, era la primera vez en su vida en que se subía a una mototaxi y se agarró en la cintura del conductor. “Agárrese duro”, le dijo el muchacho mulato, cuando vio que Satoko, con su delicadeza japonesa, se agarraba con timidez. No intuía el conductor que entre los japoneses no es común los agarres y los abrazos del Caribe. Y mucho menos, los abrazos quiebracostillas que suelen darse los compadres y las comadres. “No”, me dice Satoko.

“Tocar a las personas no es común entre nosotros. Hay una distancia que delinea la cultura”. “Tocaba al muchacho como si se fuera a quebrar”, dice riéndose Lucho Colombia. Pero al regresar de Palenque hasta la carretera, Satoko había aprendido la lección de agarrarse fuerte en un camino enlodado en pleno invierno. La carretera estaba destapada en ese entonces. Así que ella  probó la comida palenquera, y vino impactada por el lumbalú. En cada viaje a Colombia, recorría los lugares aludidos por García Márquez.

Viajó a Barranquilla y fue tras los burdeles de la Negra Eufemia y el viejo edificio El Rascacielo, en donde el escritor convivió con las prostitutas. Fue a Valledupar a conocer el río Guatapurí y las historias de los juglares vallenatos. Fue a la tumba de Cayetano Gentile Chimento, en Sucre, Sucre, para conocer la tragedia contada por Isidro Álvarez y descubrir intimidades de la muerte de Santiago Nasar. Hoy la casa donde fue acuchillado se mantiene intacta  y el letrero suplantó al ser real por el de la ficción: Casa donde vivió Santiago Nasar.

“Soy la primera japonesa en llegar a La Mojana”. Cuando se bajó de la lancha, vio que a la entrada del pueblo habían puesto letreros y cruzacalles que decían; “Bienvenida Satoko Tamura, a  La Mojana”. La bienvenida con flores que le lanzaban, había sido preparada por el profesor Isidro, su mejor guía. Y Jaime García Márquez, comparó aquel recibimiento con la llegada del obispo en Crónica de una muerte anunciada. “Eres una obispa”, dijo riéndose Jaime. Recorrió la vieja casa El Castillo, donde vivieron los García Márqueza antes de establecerse en Cartagena en 1951.

Satoko dice que quiso traducir Cien años de soledad, pero se le adelantó en 1972 el profesor japonés Tadashi Tsuzumi, quien según ella, hizo una pésima traducción, y luego hizo una segunda y más tarde, una tercera. Pero la traducción no tuvo los lectores esperados sino en la tercera edición. “Él no tenía conciencia de la grandeza de García Márquez cuando empezó a traducirlo”.

Satoko ha aprendido a comer todo lo que aparece en las novelas y cuentos de García Márquez, le encantan los sancochos, los patacones, las empanadas con huevo, y los ajiacos santafereños.  Dice que para traducir a  Jorge Franco, El mundo de afuera, tuvo que ir a Medellín a conocer los dialectos antioqueños. También traduce a Juan Gabriel Vásquez, al que considera uno de los mejores de Colombia. Y traduce Cinco esquinas, y El paraíso en la otra esquina, de Mario Vargas Llosa. Junto a Margarita, la esposa de Jaime García Márquez, recuerdan que cuando nació Patricia, el escritor les pidió que la bautizaran con el nombre de Amaranta.

Satoko dice que se despierta muy temprano,  y empieza a escribir a las 7 de la mañana, ahora que está jubilada como profesora emérita de la Universidad de Teikyo. “Lo que más quiero ahora es sentarme a escribir los poemas del corazón, seguir haciendo traducciones y escribir ensayos”. Escribe sus poemas en japonés, y me regala la antología de sus poemas traducidos por Juan Gelman y Jorge Boccanera. Hay uno que está dedicado a Borges, a quien conoció en Japón.  Satoko dice que no le tiene miedo a nada, y mucho menos a la muerte. Hace poco murió su esposo. “La muerte puede ser una amiga”, dice sonriendo.  Luego de varios meses de trabajo excesivo, de viajes y conferencias por el mundo, fue donde el médico, y el médico le dijo que debía revisar su corazón. Encontró algo en una válvula, pero ya todo parece estar bajo control.

Satoko sale a pasear bajo el cielo japonés con su enorme perro, un labrador de color negro que ella bautizó como Guapo. Nunca le falta el café en la mañana. Almuerza y prosigue con la escritura o la lectura, de 3 a 6 de la tarde.  En la noche mira los noticieros. Se acuesta a las 11 de la noche. Va dos veces a la semana al gimnasio.

casi vegetariana, pero come pescados y mariscos. “Necesitaba tiempo para dedicarme a escribir”, vuelve a decir. Viajará a España a investigar al poeta Miguel Hernández. Cree, como la religión japonesa shintoísta, que la divinidad está en la naturaleza que para todos los japoneses es sagrada. En todos los árboles y flores está Dios multiplicado para ella. Y precisa que la poesía contemporánea del Japón no solo sigue la tradición de los haikús, sino que incorpora nuevos mundos a su poética. 

Ahora recuerda sus viajes al Cabo de la Vela, en donde reposan los espíritus de los muertos. Y el mundo sobrenatural de La Mojana que nutrió a García Márquez. Satoko vive en Macondo.

Satoko Tamura junto a la escultura de García Márquez,realizada por Óscar Noriega. Kailline Giraldo
Satoko Tamura junto a la escultura de García Márquez,realizada por Óscar Noriega. Kailline Giraldo
La escritora japonesa Satoko Tamura, ha traducido a García Márquez, Borges, Cortázar, Vargas Llosa. Kailline Giraldo
La escritora japonesa Satoko Tamura, ha traducido a García Márquez, Borges, Cortázar, Vargas Llosa. Kailline Giraldo
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