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Sofía Camacho esculpe vidas en el Británico

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Un niño que conoce y sabe gestionar sus emociones no solo tendrá mejores resultados académicos, sino que estará más preparado para el mundo laboral. Esa certeza, del tamaño de una catedral, la tiene muy cimentada Sofía Camacho.

La directora del Colegio Británico de Cartagena entiende que se pueden educar las emociones y el comportamiento de los 710 estudiantes, de entre 18 meses y 18 años de vida, que componen esta institución. Más allá de las teorías que se reevalúan constantemente, en el plantel adquieren un nuevo matiz las habilidades y destrezas sociales, emocionales y éticas, que a su vez complementan y optimizan las cognitivas e intelectuales.

Aproximarse al macrocosmos de un colegio resulta tan evocador como regresar a la infancia propia. Eso lo sabe Sofía. Por eso supone un compromiso inevitable y crucial, la pedagogía y, sobre todo, el direccionamiento responsable de tantos alumnos que día a día descubren un mundo al que deben aproximarse sin miedos ni ansiedades.

Hace ocho años es la headmistress (directora) de este colegio bilingüe internacional. Se trata de una mujer que rebasa la academia e innova en conocimientos y posturas, para esculpir ciudadanos de mundo, porque todos los vientos son favorables para el barco que conoce el puerto a donde va.

Venir al colegio, ya en calidad de adulto, es como volver a la niñez, o al menos contemplarla, ¿Cómo se desarrolló la suya?

- Tuve la dicha de tener una feliz infancia porque vengo de un hogar bien habido. Tuve un papá y una mamá muy amorosos. Mi padre, Miguel Camacho, fue un médico dermatólogo, historiador, escritor, una persona que dedicó su vida a la Universidad de Cartagena. Tuve un padre y una madre muy dedicados. Vivíamos en Castillogrande, un vecindario agradable. En ese momento no había muchos carros, el barrio era pequeño, tampoco había muchas casas. Teníamos el mar detrás. Era muy fácil ir a la playa... Jugábamos en la calle, la cuadra, el parque. No era el barrio elitista y elegante que es hoy. Fuimos de los primeros que llegamos a vivir allí. La calle se volvía el patio de todos y podíamos jugar y correr y nos conocíamos todos. Habían pocos edificios, estaban el Club Naval y el Club Unión, pero no habían muchas casas. Teníamos un kiosco grande donde hacíamos los asados los domingos. La playa era más íntima, no había tantos visitantes.

¿Y qué escena de su infancia cree que determinó la académica que es ahora?

- La verdad cuando uno es niño juega a roles, yo siempre era la profesora. Luego me di cuenta, cuando estaba en el colegio, que me gustaba explicarle a las compañeras que llegaban tarde. Estudiaba en un colegio bilingüe y ayudaba a algunas amigas a prepararlas para el calendario del año escolar entrante que desde el principio estaban un poco débiles en inglés. Me dediqué a ayudarles.
Cuando me gradué me asusté un poco porque ninguna de mis compañeras pensaba en ser maestra como yo. Se veía como un perfil bajo, para gente menos formada o que no tenía opciones de estudiar otras carreras. Pensé psicología y sociología. Tenía unos 17 años. Mi padre no me dejó ir a estudiar a Medellín. Era muy radical en sus cosas y cuando le dije que quería estudiar sociología en la Javeriana me dijo que con curas y monjas no se estudiaba eso. Pero en el fondo, creo, él no quería me fuera porque soy la única mujer entre mis hermanos. Tengo dos hermanos varones. Mi padre quiso que me presentara en la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena y pasé, pero yo, llorando, le dije que había pasado. Me preguntó por qué lloraba y es que yo no me veía, ni me veo, de médico. No era eso lo que quería. No me imagino en un hospital.

Claro, ¿Qué sucedió entonces?

- Existía la posibilidad de estudiar en el Colegio Mayor de Bolívar por lo menos Licenciatura en Educación Preescolar. Después me fui para la Universidad de São Paulo, en Brasil, e hice una licenciatura, especialización y maestría en artes plásticas, que era lo que a mí más me gustaba. Fui profesora de artes plásticas durante 20 años. Pero también fui profesora de inglés en varios colegios.

¿Y qué disciplina artística le gusta más?

- Ante todo la escultura. Lo que más me gusta es esculpir y modelar. Pero ahora me dedico más a escribir porque me encanta, pero el día a día es muy ocupado, casi que no tengo tiempo para almorzar. Me envío trabajo para la casa y sigo allí trabajando. Escribir lo hago porque lo puedes hacer en todas partes. El trabajo me absorbe tanto que me deja poco tiempo para hacer otra cosa. Además tengo que dedicarle tiempo a mi madre, a los hijos, a mi marido. Tengo un compendio de cuentos infantiles que hago en los raticos así que me permite la vida, como disciplina me siento y escribo.

Entre otros asuntos, usted escribe también poesía erótica pero no desde la perspectiva quizá más explícita o soez de otros autores...

- A mí no me gusta nada explícito porque se raya en la vulgaridad. El lenguaje y las artes deben dejar el espacio para que el sujeto desarrolle cosas. De ahí que, por ejemplo, sea tan difícil llevar una obra literaria al cine. La literatura te permite esa magia de que tú te lo imagines como te venga en gana y lo que el lector interprete. Pero es cierto que hay quienes rayan en la vulgaridad y el atropello a la imaginación y así se pierde el encanto literario.

Y hablando de cine, usted tiene un hijo cineasta.

- Sí, mi hijo mayor estudió en San Antonio de Los Baños (Cuba). Tengo tres hijos, el mayor es David Covo. Él organizó el Tornado Cartagena (Competencia y festival audiovisual) y tiene un trabajo muy interesante en cine. El otro es Pedro Miguel. Estudió artes plásticas y diseño gráfico en la Javeriana e ilustra para Semana, El Tiempo y la revista del domingo, es el heredero de su tío Javier Covo. Él trabaja a distancia y le da igual vivir en cualquier lugar. La menor estudia Medicina en el Rosario, en Bogotá, y tiene 21 años.

¿Qué se siente al trabajar hace tanto y todo el tiempo con niños y jóvenes?

- Cuando uno trabaja con niños y se familiariza con este tipo de ambientes laborales los otros ambientes te pueden parecer agresivos. Porque en los adultos hay mentiras e hipocresías. Los niños son sinceros por crueles que puedan parecer. Son sinceros, espontáneos, verdaderos, sin tantos prejuicios. Cuando trabajas en un escenario como este uno se abre a eso. Tanto, que es difícil trabajar entre adultos y entender la gente, cómo los adultos actúan y piensan. Me comunico todo el día con niños. Muchas veces lo más banal es hablar con un adulto.

¿Cuál es su visión de la educación, hacia dónde va este plantel?

- La idea de educar es mirar cómo debe ser un ciudadano de este nuevo milenio. Cuáles pueden ser los atributos para que pueda ser exitoso en cumplimiento con sus funciones de ciudadano. El colegio debe formar hombres y mujeres para el mundo. No hablamos de localidades. Donde estén deben poder impactar de forma adecuada el mundo que los circunda. Formar ciudadanos que entiendan su compromiso y que son responsables con su entorno social y ambiental. Muchos de estos niños van a hacer jefes, gerentes, alcaldes, ministros y hasta presidentes. Entonces deben ser responsables para no seguir perpetuando estos niveles de desigualdad, no como ahora que hay tantos abismos sociales y económicos.

¿Resulta muy importante el aprendizaje tecnológico, no?

- Hay que enseñarle al niño el buen manejo de las herramientas electrónicas para aprender y hacer de ellas una fuente de conocimiento permanente. Tenemos que educar un sujeto que tenga buenas habilidades tecnológicas. El año entrante vamos a implementar el francés para que cuando ellos se gradúen hablen por lo menos tres idiomas. Se trata de formar sujetos que puedan trabajar en grupos, que trabajen con personas diferentes, que sean incluyentes, que no haya barreras de ningún tipo que impidan que un sujeto pueda trabajar con otros. El principio de inclusión es el primero que tenemos en cuenta y eso lo particulariza. No hay una clase social ni de religión determinada, y eso te acerca mucho a lo que es el mundo. Trabajamos habilidades y competencias, no teorías que son reevaluadas constantemente.

¿En ocho años al frente de esta institución qué anécdota personal la ha conmovido?

- ¡Tantas! Aquí cada niño es conocido, de cada uno conocemos su historia, sus problemas. He tenido vivencias aquí de estudiantes que te cuentan sus historias de vida. Desde la niña que va a tener un bebé y todavía no se ha casado y su familia no sabe y la primera persona soy yo en enterarme. O de un niño que entiende que su orientación sexual no es la que su padre hubiera deseado. Me acuerdo de la llegada al colegio de un estudiante que había a perdido a su madre recientemente y la sentía muy presente y la sentía a su lado y soñaba con ella. Un niño que se encontraba indefenso súbitamente. En el colegio no se fabrican carritos ni bolitas de caucho, se trabaja con la vida de la gente, las emociones y los afectos de los seres humanos.

Eduard Punset, un divulgador científico español, coincide con eso. Dice que hay que incluir el aprendizaje emocional en la paleta de enseñanzas, sobre todo en la infancia.

- Tenemos una asignatura. Nosotros no damos religión. Se llama Desarrollo de la inteligencia emocional. Una asignatura en convenio con el Instituto Alberto Merani, de Bogotá. Se pretende que el niño identifique eso que le genera conflicto intra e interpersonal, y aprenda asertivamente a resolverlo para evitar que se acumulen las emociones negativas, nervios, angustias o ansiedades. Es una signatura desde primero a noveno grado. Hay que fortalecer las emociones. 

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Comentarios

Es una gran persona

Una mujer muy humana, comprensiva y excelente profesional.

Esa cuchita gordita es la hija de Miguel Camacho, el brujo?

Cuando yo ensenaba en la facultad de derecho de la U.de C., conoci a un doctor Camacho que era microbiologo o algo asi, tambien ensenaba en la facultad de quimica y medicina. Le decíamos el brujo porque el hombre sabia brujería, y era mas ateo que nadie. Le mostrábamos un crucifijo y se alteraba. No sabia que tenia un hija. Que se hizo ese doctor?

Espiritista brazileno

Ya recuerdo que un día nos invito a ver a un espiritista que trajo del Brazil a la casa masónica. Ese espiritista echaba espuma por la boca y con la espuma se formaban figuras humanas. Algo bien raro, ya recuerdo, en la casa masónica por la iglesia de san pedro.