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Tabio, en el corazón de un cerro sagrado

Los niños de Tabio suben hasta el cerro de Juaica, antiguo remanso sagrado de los ancestros muiscas, a las ocho de la mañana y bajan cuatro o cinco horas después, luego de ver la piedra labrada por el tiempo que semeja el rostro envejecido de un dios meditabundo. He pasado un día entero disfrutando de este paisaje, a solo cuarenta minutos de Bogotá, y me he encontrado con los niños de la escuela La Peña, que estudian bajo la luz de todos los matices de verdes que tiene la montaña.

Los he visto bajar de la montaña con sus asientos de colores rumbo a este encuentro, y allí he conocido a los mellizos David y Samuel Mendoza, nietos del escritor Jairo Aníbal Niño, que se pusieron a llorar cuando les dije que conocí a su abuelo, y un día viajando juntos contemplamos un viaje de caballos que iban en enormes camiones, y en un instante Jairo Aníbal descubrió que dos de los caballos tenían borlas de colores en las crines y se acariciaban con sus cabezas fuera de la jaula. El escritor gritó: “¡Esos caballos se van a casar!”. Jairo Aníbal era lo más parecido a su apellido, un niño con una imaginación suelta de madrina.

Vine a Tabio a leerle cuentos a ese grupo de niños de la escuela de La Peña, invitado por el Festival de Literatura que rindió homenaje a Jairo Aníbal Niño a los seis años de su partida, y a hacer esta crónica sobre la Peña de Juaica,  que buscadores de misterios dicen que es visitada por extraterrestres. Al margen de que esa creencia sea compartida por miles de sus habitantes, lo cierto es que la Peña de Juaica, de forma piramidal, tiene una luz propia en el paisaje. A veces, en las noches neblinosas, la peña tiene un resplandor que compite con el de la luna llena.

Es una luz intensa, vibrante, hipnótica. El más desprevenido habitante de Tabio, en el antiguo Valle de Río Frío, tiene versiones propias del impacto que tiene la peña sagrada de Juaica en la vida de sus habitantes, como la creencia mítica de que en sus aguas termales se sumergía y regocijaba el Zipa con sus doscientas doncellas.

En esa travesía, conocí al errante fotógrafo Daniel Villegas, que ha fotografiado a la Peña de Juaica por todos sus lados, y afirma con ironía que los extraterrestres no son los que llegan sino los que están en el pueblo que aún no descubren la belleza de su propio jardín. Daniel ha recorrido el mundo como un peregrino insaciable y ha regresado a su aldea natal de Tabio, y decidió quedarse a vivir para siempre, muy cerca del cerro sagrado.

El encantamiento de siglos perdió sus estribos con la llegada de los españoles en 1603. Intenté subir al cerro que está a 3.300 metros de altura, el mismo día de mi llegada, pero el escritor Edgar Sandino y la profesora Olga Díaz, rectora de la escuela La Peña, me aconsejaron que debía estar como mínimo tres días allí antes de emprender ese viaje. Mi amigo Luis Germán Porras, que llegó después, vio en lo alto del cerro un árbol que los esotéricos del mundo abrazan al llegar para recibir “sus energías electromagnéticas que sanan, y dan alegría al espíritu”.

Rubén Darío Acero, el alcalde de Tabio, un especialista en radios comunitarias que dirigió durante ocho años el Instituto de Cultura de Tabio, me contó que en el sendero del Zipa hay tanta energía que a veces el caminante se siente abrumado por el brillo luminoso que sale de las piedras. Él mismo ha emprendido ese recorrido y se ha paralizado ante la vibración. A veces ese resplandor parece “un avión estático en lo alto del cerro”, me dice Rubén Dario Acero. La luz atrae otras luces que entran y salen de la peña. Cazadores de mitos pero también testigos del pueblo, aseveran que son ovnis que mantienen una relación con la peña sagrada. El alcalde piensa convertir el cerro en un punto de encuentro cultural de Colombia para el mundo, delimitando el Sendero de los Ancestros. Me mira eufórico y me propone que en 2017 suba hasta allá a leer poemas en lo alto, en el mismo corazón intocable de los muiscas.

Epílogo

Llegué en plena apertura del Festival Nacional del Torbellino, que convoca desde hace veinticinco años no solo la música andina sino de todo el país. Allí me impactó escuchar versiones sinfónicas de Lucho Bermúdez y Pablito Flórez. La plaza es una ebullición de músicos que llevan el ritmo de la música ancestral andina. Me sorprende ver que centenares de niños de todo el país participan en este festival tradicional. La niña Amanda Agular Zubieta, de 9 años, que en lengua muisca se llama Qujuma Kagui, me cuenta que la bautizaron en la Laguna de Guatavita. Me alienta a subir al cerro ceremonial de los muiscas.



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