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Tico, entre perros, gatos y un amor eterno

El día de Rafael Peña Poilov, Tico, tiene más de veinticuatro horas. Se dobla por amor a sus perros y gatos.
Treinta y cuatro años en el Centro Histórico como “todero” viendo a los animales, sobre todo perros, padecer hambre, sed y malos tratos de la gente, lo han llevado a desarrollar con más fuerza su vocación por cuidarlos.

Tico es uno de los celadores de carros que está en la parte de atrás del parque de Las Flores. Y junto a su puesto, que no es más que una vieja y rota silla, ha construido un hogar a cinco perros y a cuanto gato se le aparezca. Un hogar en la propia calle.
Con cajas, almohadas y colchonetas armó las camas hace más de nueve años. Todos los días les sirve agua, concentrado, carne selecta y granos y los baña con los mejores productos de aseo.

Y si hablamos de cómo los recibió, ¡jummm! Lloraríamos. Aunque a dos los tomó desde pequeños, los tres restantes llegaron con heridas y demás marcas provocadas por la calle.

SUS GUARDIANES

Es lunes, son las once de mañana y Tico fuma un cigarro mientras llegan sus clientes a pagarle la cuota diaria de la cuidada de los carros. Desde las 8 de la noche del día anterior está despierto y no piensa irse sin plata porque debe alimentar a sus animales antes y porque no puede llegar con las manos vacías a su casa.

Al pie de él, como una guardiana, está Cosita, su perra más fiel. Se la regalaron a los pocos días de nacida. “Era una chiquitica hermosa”, dice. Ya tiene unos diez años y está pasada de kilos. A todo el que represente una “amenaza” para Tico, ella lo espanta sin piedad. “Pero también es dócil” -aclara su amo-. Como me detengo a su lado para saludarlo y hablar las siguientes dos horas, la canina me huele, y se tranquiliza. Parece que todo está bien. Se va.

Zacha o la Negrita, la más cariñosa según Tico, permanece bajo los carros, ella prefiere cuidarlos desde allí. Rebosa de cariño. Rafael la llama y corre agitada, llega, lame mis dedos y retoma su lugar. Su pelaje negro brilla como ónix, irradia vida. Se nota el esfuerzo de su “papá” por mantenerla bien cuidada. Corocito, de un año; Pipe, de seis, y Aparecido, de diez, son los otros tres.

La historia del último es particular. Perro que se respete abandona todo por una hembra en calor. Hace diez años, cuando Aparecido cruzó por el frente de Tico, se quedó con él porque se enamoró de Zorrilla. Ella murió atropellada y desde entonces el canino le rindió fidelidad a Tico. A su aparición repentina debe su nombre. “Aparecido anda con los perros de la India Catalina y hace tres días le dieron como siete ‘puñaladas’. Así le llamamos nosotros a las mordidas de los otros perros. Me tocó curarlo”.

Ya son las 11:30 y Pipe y Corocito duermen. Los dos perros permanecen despiertos toda la noche y durante el día descansan en las acolchonadas y humildes camas que Tico hizo para ellos. Este hombre es uno de esos luchadores invisibles por la causa de los animales. Aunque ampara cinco, le da comida  a todo el que puede. Gana entre 15 y 20 mil pesos al día, pero cinco mil son para el alimento diario de sus animales.

Sus perros han cumplido la edad límite de vida. Con la excepción de Corocito, todos están jugando tiempo extra y Rafael no quiere que llegue el día de verlos morir. Dice que llorará por ellos hasta el cansancio, pero es consciente de que a la muerte vamos todos.

Tico ya camina lento, tiene 61 años, en sus ojos se ve el trasnocho de más de la mitad de su vida. Sufre el infortunio de no haber tenido un trabajo estable y el no haber salido nunca de la informalidad. Pero a la vez se siente motivado por su esposa y por sus seis hijos que lo esperan todos los días en su casa, en el barrio El Nazareno, al suroriente de Cartagena. También allá lo esperan otros dos perros que rescató: un pitbull y un criollo.

Cuando las mascotas se enferman o no tiene para la comida, acude a personas generosas, animalistas, veterinarios, toca todas las puertas hasta conseguir ayuda. Wilmer, Julio, Patricia, Eva y Alma, son solo cinco de los ángeles que así como Aparecido, llegaron un día, se enamoraron de su historia y son contribuyentes fieles al cuidado de los animales.

También ha vivido el lado opuesto de la generosidad “Hay gente de mala ley”, advierte. “Me han dicho de frente: ‘Te mato a ti y a tus cinco perros’, porque los animales por instinto ladran, sin siquiera acercarse a morder. En estos días casi me doy trompadas con un indigente porque quería pegarle una puñalada a un perro y yo por ellos me hago matar”, agrega.
Suena fuerte, pero este no es más que el relato fiel de un hombre al que el cariño genuino de un animal lo abraza todos los días.

Son las 12:30 de la tarde y vuelve Cosita, la grosera. Se sienta otra vez al pie de Tico y esta vez lo hace por hambre. Piensa en sus animales más que en sí mismo, tanto que suspende el diálogo conmigo y va por cuatro mil pesos de bofe para dividirlo entre los cinco perros y los tres gatos que ya tiene a quien regalarlos…

LA LUCHA APENAS COMIENZA
Tico sueña una casa para sus perros y para otros animales callejeros. Él, en su pasión infinita, dice: “si me dan la casa yo me encargo de lo otro”. No es tan fácil.
Quién le va a dar esa casa si en Cartagena hay un olvido absoluto de los animales. La realidad es cruel. Ni siquiera hay una cifra oficial o un censo que permita determinar, por lo menos, cuántos perros callejeros tiene la ciudad. Las estadísticas mundiales dicen que hay uno por cada cuatro habitantes.

El Departamento Administrativo Distrital de Salud, Dadis, ha realizado campañas antirrábicas junto con la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales, UDCA, y por eso se ha podido determinar mínimamente que hay unos 270 mil perros y gatos en la calle, concentrados en la localidad dos, más que todo en la zona suroriental, en barrios como Olaya Herrera, El Líbano y La María.

El abogado Sergio Díaz, uno de los que ha batallado por hacer cumplir la Ley de protección animal, confirma que en Cartagena las políticas públicas en favor de los animales callejeros son precarias. “No hay intención política por contrarrestar la fauna callejera y según la Ley 1774 de 2016 (Ley de Protección Animal), los perros o cualquier animal que habita la calle, son seres sintientes y eso los convierte en sujetos de derecho, por tanto, el Distrito de Cartagena debe velar por el cumplimiento de su derecho”, explica Díaz.

En un Gobierno como el local, toca a la brava, con tutelas, demandas y derechos de petición hasta que se cumpla la ley y se hagan esfuerzos por preservar la salud física de los caninos. Para el habitante heroico es común ver al perro con sarna, con moquillo y asumirlo como un hecho normal. Se necesita compromiso económico del mismo gobierno y conciencia ciudadana para no mirar de lejos el dolor de un animal.

La animalista Eva Durán considera que la esterilización es una de las soluciones más significativas para mitigar el aumento de perros en la calle sin necesidad de matarlos, porque si un perro se esteriliza, en un año dejan de ser 16, en dos 128, en tres 512 y en seis hasta 67.000.

Se necesitan ciudadanos como Tico, que sueñen genuinamente con la casa para los animales de la calle. Que pongan ejemplo a la desfachatez de un Estado que olvida que “la grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la forma en que sus animales son tratados”, como decía Mahatma Gandhi.



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