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Tres en la parranda del cielo

Un capuchón contra la muerte. Jorge García Usta sacó su capuchón de colores para la última fiesta de noviembre en 2005, en una batalla vertiginosa contra el designio invisible de la muerte. Tenía la claridad alucinante de quien tenía los días contados, y se burlaba con sabia ironía de una frase consoladora y vacía, y la contrariaba recordando que en verdad nadie tiene toda la vida por delante.

“Profesor, hay que estar creando todo el tiempo. Uno no sabe cuándo lo sorprenderá la muerte”. No sabía que desde mucho antes de sus veinte años, Jorge batallaba contra los sordos y traicioneros poderes de las hipertensiones. Desde antes de sus veinte años empezó a desentrañar varias memorias culturales de la ciudad, una de ellas, la musical, la literaria, la periodística, la ambiental, la inmigración árabe en América, y la de la vida de los médicos y la historia de las enfermedades. Jorge era una multitud de sueños agolpados.

No satisfecho con esa tarea descomunal, hizo el inventario crítico periodístico y literario de Héctor Rojas Herazo, la génesis de García Márquez en Cartagena, tesis pionera de la cual han bebido otros investigadores; y tuvo tiempo también para recopilar las columnas periodísticas de Antonio J. Olier y publicarlas en un libro: Cincuenta años en cuartillas. Pero junto a toda esa obra desmesurada y titánica, construyó su obra periodística, poética y ensayística, le editó a sus amigos y promovió sin tregua los talentos invisibles.

Al final de su breve pero intensa existencia, Jorge delineó el destino del Comité de Revitalización de las Fiestas de la Independencia de Cartagena, de la cual es uno de sus sabios artífices. Nos dejó a sus 45 años muchas obras para seguir conversando con él y con ese tiempo que fluye guardado entre sus páginas. Uno de esos libros clásicos es su reportaje escrito a dos manos con Alberto Salcedo Ramos: Diez juglares en su patio. Como poeta escribió libros hermosos como El reino errante,  Monteadentro, La tribu interior. La crónica sobre Clímaco Sarmiento es un clásico de nuestro periodismo.

Su amigo Émery Barrios Badel (Sincé, Sucre, 1953- Cartagena 2012), guardián de estas fiestas, le puso porros en su lecho de muerte. Émery partiría siete años después. Una madrugada de 2012 a sus 59 años. Había vivido intensamente varias pasiones estéticas: era un coleccionista musical, de los pocos que aún quedaban en el mundo que conservaba acetatos y reclamaba para sí mismo el recuerdo visual de las portadas.

Era un historiador de la música que empezó desde niño como un melómano de lo ancestral, lo popular, la salsa y las tradiciones sonoras del Caribe y del universo. Hasta convertirse en un sistemático estudioso del fenómeno musical. Le apasionaban por igual Pacho Galán y Lucho Bermúdez, Pedro Laza y sus Pelayeros, los Gaiteros de San Jacinto, el son cubano y el porro sinuano, la salsa, el bolero, el jazz. En la maleta de Émery había siempre una novedad seleccionada o una reliquia redescubierta, una buena película y un buen libro de literatura. Pero también guardaba con sigilo unos cigarrillos de Malasia que sabían a clavo de olor y fumaba con lentitud casi acariciando cada palabra, con la paciencia del ser que siempre fue.

Édgar Gutiérrez Sierra (1959-2014), falleció después de las fiestas, a sus 55 años. Fue uno de los grandes investigadores y catedráticos  de la Universidad de Cartagena, dos de sus  libros  son de obligada consulta sobre el origen y desarrollo de las Fiestas de la Independencia de Cartagena y sobre el contexto social y cultural de las celebraciones de la Independencia. Los tres eran los más intensos e iluminados guardianes de estas fiestas. Ahora bailan en la enigmática parranda del cielo.

Un solo destino

Los tres unidos por el destino común de la cultura musical de Cartagena: Jorge García Usta (1960-2005), Émery Barrios Badel (1953-2012) y Édgar Gutiérrez (1959-2014). Los tres vinculados de manera decisiva al Comité de Revitalización de las Fiestas de la Independencia. Cada uno aportó visiones, criterios, propuestas, en el desarrollo, evolución y esplendor de estas fiestas. Sus frutos enriquecen las huellas colectivas. La ciudad honra cada año a través del Festival Jorge García Usta, el legado del periodista y escritor. Cada uno dejó una memoria y un sentimiento inolvidable en la comunidad cartagenera.

Los libros de Édgar Gutiérrez: “Fiestas: Once de Noviembre en Cartagena de Indias. Manifestaciones artísticas, Cultura popular: 1910 –1930. (2000)”, “Fiestas y Carnavales en Colombia, son una referencia obligada.

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