Turbaco: ya no habrá sangre en la arena

09 de diciembre de 2018 12:00 AM

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Esa tarde de toros, el 2 de enero de 2018, hubo sangre en la arena. El aficionado a las corridas Rafael González Niño no sería primero en dejar su vida en el ruedo turbaquero, pero quizá sí sea el último. Este año, en Turbaco no se harán las corralejas, que en su génesis eran la atracción principal de las fiestas del pueblo.

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“Las hacía prácticamente el pueblo”, recuerda Luis Felipe Morales Ibáñez, sobre las corralejas de Turbaco. Había ‘procuradores’ en los distintos barrios, que recolectaban las donaciones o préstamos de familias que aportaban la caña, los postes, láminas de zinc y el bejuco, y la misma población se encargaba de construir el ruedo que, entonces, no era redondo, más bien rectangular, la misma forma de la Plaza Principal. Allí, frente a la parroquia del municipio, se levantaban cada año.

Para celebrar las fiestas en honor a Santa Catalina de Alejandría, una tradición de más de cien años en el pueblo, la Alcaldía de Turbaco nombraba a una junta organizadora que, a su vez, delegaba a los ‘procuradores’ (líderes) la tarea de recolectar los materiales para edificar las corralejas. “Hice parte de esa junta unas 15 veces, fui presidente una vez”, recuerda don Luis Felipe, miembro de una de las familias más prestantes y tradicionales del municipio bolivarense.

Y alrededor del corral se instalaban los palcos, unos ‘privados’, sobre predios circundantes y otros para el público. “En principio eran de dos pisos, pero desde que sucedió la tragedia en las corralejas de Sincelejo, en 1980, se cambiaron y se hacían en forma escalonada, en forma de tribuna”, recuerda Julio Miguel Quintana Puello, quien ha sido tres veces presidente de la misma junta y siempre está muy cercano a las celebraciones.

“Muchas veces, quienes no tenían para aportar los palos o el zinc, daban comida para quienes construían la corraleja. Ya después de las fiestas, cada quien se llevaba para su casa lo que había prestado. Lo importante es que las fiestas eran la integración del pueblo.

“Los toros eran criollos, bueyes, inclusive no se metían caballos, eso vino después. Los toros eran cedidos por ganaderos de la región, como los Elles y los Devoz, y eran para el jolgorio y distracción, nada comercial”, detalla el mismo Quintana.

Catalina, la santa

“Catalina, virgen y mártir, nació en Alejandría, ciudad egipcia, muy famosa en la antigüedad, asentada en el delta del río Nilo, fundada por Alejandro Magno en el año 331 ADC. De Catalina, joven de grandes dotes intelectuales, se dice que convirtió al cristianismo a la mujer del emperador Máximo II, quien la condenó a muerte”, se lee en el libro Turbaco en la historia, de Alberto Zabaleta Lombana. Por décadas los turbaqueros han venerado a esta santa, con las festividades en su honor, el 25 de noviembre. En el mismo libro se menciona: “Tiempos atrás se solemnizaba la fecha con una procesión que recorría varias calles del pueblo portando en andas la imagen sagrada”. Y los turbaqueros hacían otras actividades, con juegos pirotécnicos, música y jolgorios hasta el amanecer.

Julio Quintana explica que, si bien existían otras actividades en torno a las fiestas, sobre las corralejas se volcaba gran parte de la atención del pueblo, que se unía para que cada año se convirtieran en realidad. “Todos se integraban alrededor de eso. Escuchar los voladores, a partir del 25 de noviembre, era sinónimo de alegría porque se estaban acercando las fiestas, la gente compraba su ropa y sus sombreros. Extrañamos mucho ese calor humano y esa integración”, menciona.

Y recuerda a uno de esos pintorescos personajes que aún está fresco en las memorias de muchos turbaqueros, el popular Meneco, un hombre sobre quien recaía la responsabilidad de lanzar voladores, anunciando la llegada de las celebraciones.

El periodista Osmil Ortiz Cardona afirma que, a mediados de los 70, hubo cierto distanciamiento de la Iglesia Católica, que reprochaba el hecho de vincular a una festividad religiosa con algo sangriento, como las corralejas con toros. Luego se trasladó de fecha el festejo y empezó celebrarse entre finales de diciembre y principios de enero.

Dentro del ruedo

En este “ruedo”, la piedra en honor a Juan de la Cosa, servía de salvavidas. Juan de la Cosa fue un importante navegante y cartógrafo español, dueño de la carabela Santa María. En esa embarcación vino como segundo al mando de Cristóbal Colón, en su viaje de descubrimiento de América. Bosquejó los primeros mapas del nuevo continente y también se dice que murió en Turbaco, flechado por los indios, en 1509. En su honor, su ciudad natal (Santoña, España) en 1949 donó la piedra como especie de conmemoración que se puede ver en la plaza de Turbaco.

Dicen que cuando se armaban las corralejas, la piedra de Juan de la Cosa quedaba encerrada, en las corridas. Para escapar de los toros algunos osados se montaban en ella, con más de dos metros de altura, dejando a la bestia dando vueltas. Luis Felipe Morales Ibáñez menciona que “eran toros cebú, tumbaban al torero, pero no lo perseguían en el suelo. Eran menos peligrosos que los de ahora”.

Algunos de los más recordados entre la afición son Fidel Castro, Pambelé, El Balay y el Chibolo, de la ganadería de Reginaldo ‘Regino’ Devoz. Dicen que Chibolo fue tan popular por su bravura, que el maestro Alejandro Durán, quien hacia una famosa parranda anual con Regino Devoz, el viejo, le hizo una canción. No es el único tema musical en torno a las fiestas, el más conocido es ‘Fiesta en Turbaco’, de más de 30 años, de Alberto Morales. Es el himno de las celebraciones.

“Da algo de nostalgia esas fiestas de antes. Recuerdo que siendo presidente de la junta organizadora, en una oportunidad inventé las cabalgatas, por lo menos en Turbaco. En esa ocasión, el artista Rafael Baena dijo que donaría una carroza para que saliera una reina en un desfile. Elegimos a Rebequita Del Río como la reina. Y ese año, no recuerdo bien cuál era, salieron como 16 caballos y unos 30 carros, la carroza y unas comparsas. Las cabalgatas se armaban en Calle Nueva bajo el auspicio de los Lombana y los Del Río. Al siguiente año la reina fue Luz Marina Elles”, menciona el mismo Luis Felipe Morales Ibáñez.

Fuera de la plaza principal

“Julio Zárate y el ‘Tigre’ Zárate, padre e hijo, eran los que amarraban los toros y los traían de donde estuviesen, y también de cualquier lugar de la plaza hasta el corral que servía de chiquero de toros frente a la roca de Juan de la Cosa. Lo hicieron por mucho tiempo”, prosigue Morales. Con el tiempo el papel de los ‘procuradores’ desapareció, al igual las corralejas ya no se hicieron en la Plaza Principal, con la llegada de empresarios que patrocinaban las corridas y se encargaron de los montajes, más o menos en los años 80.

Paralelo a las corralejas, entre esa cantidad de actividades festivas, se destacaban el concurso de la vara de premio, las ruletas, el reinado y los fandangos. “El día anterior a la primera tarde de toros, uno de los juegos era que soltaban a las vaquillas en las verbenas. De eso recuerdo a un vendedor de loterías, que se llamaba Pedro Pablo Puello Puello, el Pelli, le decían. Una vez, de maldad, tiró una botella hacia la multitud, y gritó: ‘Ya llevó el que fue’. Vamos a ver que cuando llegó a su casa se encontró con que su papá tenía un botellazo en el ojo”, rememora Quintana.

De la Plaza Principal, pasó a construirse un ruedo en el barrio La Cruz, que en ese entonces era un sector enmontado. Luego se trasladó a la zona del estadio, barrio San Pedro, después a Villa Campo. El año pasado se construyó en el sector de Coco Frío, en la vía a Arjona, bastante alejada del casco urbano y con una asistencia más bien decadente.

Sin corralejas

El mismo escritor Alberto Zabaleta menciona que en las festividades populares, el evento “se ha convertido en un espectáculo grotesco, donde cientos de gentes alicoradas se divierten con alevosía. Infieren a la res crueles maltratos con piedras, palos, botellas y cuanto instrumento ofensivo tengan a la mano. Es decepcionante ver cómo los ocultos instintos de la agresión humana se ponen de presente en las torturas a estos pobres seres, amedrentados e indefensos ante la multitud. Más que diversión, mucho menos que arte, nuestras corralejas son, a la inversa, una moderna versión del circo romano”.

Este año, por primera vez en la historia de estas fiestas, no habrá corralejas y no han sido ni los muchos muertos, como Rafael González Niño, ni los cientos de corneados en tantos años de tardes de toros, ni las protestas de animalistas las que las han interrumpido, consideradas por muchos como una tradición. La simple razón es que Turbaco ha crecido tanto que ya no hay sitio donde montar el ruedo y muchos de sus habitantes no quieren tenerlo cerca. “El año pasado la verdad es que hubo mucha improvisación y yo soy partidario de que para hacer algo mal, mejor no hacerlo. Ya no hay terrenos por las construcciones que hay, donde montar la tribuna. Sin embargo, las fiestas no son solo corralejas, hay una cantidad de actividades para que la gente venga. Porque, por su posición privilegiada las de Turbaco son unas de las fiestas más importantes de toda Colombia, aquí viene gente de todo el país”, afirma Julio Quintana.

Por lo pronto, por lo menos por este año, la sangre no correrá en la arena.

Lo que traen este año las fiestas:

7, 8 y 9 de diciembre: se realizará el I Festival del Frito y de Gaitas en la plaza principal.

15 de diciembre: se coronará a la reina y a la capitana de las festividades en el Reinado de la Simpatía.

22 de diciembre: Cabalgata para adultos

23 de diciembre: Desfile de comparsas por las calles principales.

25 de diciembre: Cabalgata de caballitos de palo.

29 y 30 de diciembre: Festival de Voces y Versos de La Colina (vallenato). Se presentará Silvio Brito y la Orquesta del Negrito Madrid y el cantante vallenato Marcos Díaz y la orquesta de Fernando Mena.

Escanee para ver video sobre las corralejas.
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